Teníamos seis peones que nos cortaban las ramas y los árboles que tapaban la vista.
F. E. Church (1853)
El pintor y «explorador» F. E. Church que vino a Colombia era un jovencito ambicioso que desde lo más profundo de su viaje mantenía correspondencia con su madre. Viaja con su «patrocinador », un precoz magnate de 34 años, constructor del primer cable transoceánico del mundo. Vienen «en busca de la tierra prometida»: futuro, fama y fortuna. El «paisaje en alguna parte de los Andes es grandioso y de indescriptible belleza», declaran a un periódico de Panamá, mientras esperan el vapor que los regresará a su verdadero hogar. «Los señores Cyrus W. Field y F. E. Church de Nueva York [...] han quedado tan encantados con el viaje que esperan volver pronto a la tierra de las flores [...] al continente por el cual el Altísimo ha hecho tanto y el hombre tan poco». No se sabe si se refieren al hombre blanco, al hombre a secas, o a los naturales, a los indígenas, nativos y criollos, que acaban de firmar su Independencia. Pero eso del «continente donde el hombre ha hecho tan poco», según nuestros viajeros, pronto tendrá remedio, pues el hombre sí hará algo, y pronto, por este paraíso natural, este Edén donde el Altísimo ha hecho tanto, esta tierra «prometida»... ¡a los norteamericanos, al hombre blanco y rico, al mesías del progreso y la civilización! Y comenzará por México, Nicaragua, Haití, República Dominicana, Honduras, Panamá...
Curiosamente, en el libro sobre Church (apenas se menciona a su acompañante) Panamá ya aparece ¡en 1853! en el mapa como país «independiente », no sabemos si por un lapsus editorial o por un rapto visionario. Lo primero que se hará en esta tierra prometida —para ellos todas lo son— será un canal interoceánico, para iniciar la carrera hacia el calentamiento global.
Escena en el río Magdalena
De la grandiosidad y belleza de los paisajes «americanos» pintados por Church en su lujoso estudio de Nueva York, dice Navas Sanz de Santamaría, el autor de la investigación, que «la mayoría [...] no son composiciones fidedignas», y llama la atención que a este pintor, el más destacado de los pintores norteamericanos de todo el siglo XIX, nos dice el ingeniero Navas Sanz de Santamaría —y no lo dudamos, aunque personalmente propondría a Whistler—, no le interesaba la gente, a diferencia de los pintores que fueron sus enterradores, los impresionistas, acusados de hedonismo. «Sus intereses [...] estaban definitivamente en el paisaje», o mejor, digamos, en el territorio. Y agrega graciosamente: «Con excepción del burro y de la cabra que pintó en Pandi, tampoco se interesó en los animales». No, Church y su multimillonario amigo son más ambiciosos. No tienen inocencia. En el increíble Edén americano —Puerto Rico, El Salvador, Jamaica, Ecuador, Colombia, Cuba—... no se trata, en el exaltado Church, sólo de amor al arte, o al hombre, sino de la millonaria empresa que está montando con su deslumbrante y grandilocuente pintura: la ambición de éxito, expansión y riqueza se ha desatado en Estados Unidos, donde se discute, a tiros, si la esclavitud de los negros es conveniente o no para la economía de la Unión; están exterminando a los indios, confinados ya a unas reservas de hambre, a las que los ha condenado el progreso ajeno de quienes los desterraron de su «tierra prometida »; comienzan la fiebre del oro, la industrialización, los ferrocarriles, los grandes proyectos del progreso, los canales interoceánicos... y la vigorosa decisión de hacer efectivo el deseo explícito de «América para los (norte)americanos». Pensadores como Emerson y Thoreau serán leídos y hechos a un lado, elogiados y silenciados, citados y traicionados, utilizados y... destruidos por la tromba «civilizadora » y el «destino manifiesto».
Irónicamente, el estruendo de la riqueza olvidará a Church y a sus magníficos maestros, de manera que diez o más paisajistas entrarán en silencio a la lluvia de polvo de los anticuarios de lujo, y por la puerta de atrás al nuevo siglo y a los deliciosos y nunca visitados museos «de pintura americana».
Los sepultó la propia riqueza que ayudaron a hacer brillar, sí, pero también Francia, que salía de su letargo académico, y después de cruzar la luz de los campos se internaba, por primera vez, en el alma humana; algo que la habilidad y el virtuosismo de Church desconocieron por completo. Entonces aparecieron en el mundo artístico desheredados del progreso como Cézanne, Gauguin, Toulouse-Lautrec... Y aquella paradójica academia al aire libre —la Escuela del Río Hudson— se hundió en las luminosas mansiones, lejos de la realidad, de espaldas al hombre, desdeñada por el nuevo arte.
La Colombia paradisíaca con la que Church se enriqueció, hoy es un paisaje luminoso pero sembrado de tumbas anónimas, de miles de tumbas enterradas en la oscuridad y en la luz de las hermanas, esposas y madres que llaman a sus muertos, arrojados de la vida por quienes han codiciado estos paisajes, estos bosques, estas aguas, estas montañas, estos «valles ubérrimos», estas bellas palmeras al viento... Noches rojas que no vio nuestro pintor y empresario en su paraíso fantástico, en su Edén privado, en su tierra prometida, a donde no entró ningún indio, ningún negro, negra o despreciado mulato...
Como dijo otro pintor viajero de nuestro siglo XIX, menos majestuoso pero más sincero ante el progreso de los hombres, Léon Gauthier: «Colombia es un árbol dorado, que da frutos venenosos».
Cyrus W. Field (patrocinador del pintor F. E. Church), y el artista mismo, dijeron: Esperamos volver pronto a la tierra de las flores, al continente por el cual el Altísimo ha hecho tanto y el hombre tan poco.
Las fotos de los cuadros son de Matt Flynn —cortesía de Villegas Editores
y aparecen en el libro de Pedro Navas Sanz de Santamaría El viaje de Frederic Edwin Church por Colombia y Ecuador, de abril a octubre de 1853.
Universidad de los Andes,Thomas Greg & Sons y Villegas Editores
Dibujo de paisaje cercano a Popayán, que incluye el Cauca y el volcán Puracé.
En el trópico
Salto del Tequendama, en las cercanías de Bogotá, Nueva Granada.