A Jorge Artel, en los vientos de Santa Helena (Recuerdos del poeta en 1979)
Por Manuel Mejía Vallejo
El poeta Jorge Artel. Dibujo de Grau.
A veces querer puede convertirse en rutina del amor, en vicio cotidiano, en aquella «servidumbre de los afectos» de la que hablara Roger Caillois en algún libro inolvidable. A veces puede ser una ausencia sin nombrar o la repetición de un nombre amable para los desvelos. A veces la rabia y la ternura hacen entender hasta qué punto son las horas limitadas. A veces una simple mirada esperadora, una sonrisa al azar, un sueño perdido. O cuando dan ganas bastantes de acariciar un perro, de sobar la crin de un caballo o de apretar la cabeza de un niño. O mirar el vuelo de un pájaro blanco. O ver desnuda a la mujer que nos ama. En las palabras no cabe el amor, lo invaden para destruirlo. El amor, de pronto, es coincidencia. Como la amistad cuando no pone condiciones. Se acepta al amigo lo que es o regresan las huellas al punto de partida, aunque perdonamos con mayor facilidad al enemigo que al amigo, de este aguardamos su correspondencia.
Estoy divagando, otra manera de empezar. Hoy quiero hablar de Jorge Artel, poeta negro o mulato pero poeta de todas las horas en su brega. Ese tipo respirador, de sonrisa callada, elemental y suya, tan llena de esencias claras, ese camarada de noches y días para el recuerdo intemporal en las horas del hombre. Por los lados de La Habana me dijo Nicolás Guillén su admiración, una noche en que recordaba versos ligados a mi pequeña historia de queredor empedernido.
Yo soy como este puerto que el crepúsculo baña, extraño y triste: Sólo tu recuerdo me reconoce y me habla [...].
O si recitaba su Velorio del boga adolescente, o remataba aquel «Y antes que sean versos / me duelen las palabras».
Yo quiero a Jorge Artel por vagabundo y poeta, por amigo, por leal a su vida y a su obra, por generoso y desinteresado. Recuerdo cuando fundamos la «Casa de la Cultura», donde yo fungía de presidente y Pedro Nel Gómez y Fernando González de segundones... Insolencias de juventud, con otros muchachos que se llamaban Carlos Castro Saavedra, Alberto Aguirre, Balmore Álvarez, Gilma y Rocío. Y Luis Martel, animador de todo, poeta y editor, que se rajaba en dos la cabeza con sus carcajadas, hasta el maestro Solís, un obrero entusiasta y viejo que tocaba la flauta, quien hizo un himno al libro porque fundamos e instalamos veintitantas bibliotecas en los barrios populares, y hubo discursos de coronación y reinas del libro y candidatas que iban de casa en casa pidiendo viejos mamotretos o volúmenes recientes para llenar anaqueles en sitios antes deshabitados para la cultura. Fue una época romántica donde hasta Bélico —el hoy superado Belisario Betancur— nos insinuó como peligrosos comunistas: siempre ha sido un peligro la cultura.
Jorge Artel hablaba con su voz inconfundible, con su fe y su presencia varonil en aquellas reuniones llenas de miradas expectantes, un pueblo bueno que pensaba en salir de su analfabetismo, charlábamos, reíamos, sufríamos entregados a una hermosa tarea con la audacia y la bondad que dan los primeros veinte años, siempre irrecuperables. «Desde esta noche a las siete / están prendidas las espermas: / cuatro estrellas temblorosas / que alumbran su sonrisa muerta».
Decía Jorge Artel, y la gente se estremecía y gozaba su poesía. Y ese pueblo numeroso le hacía repetir «cuando tiraba su grito / como una atarraya abierta».
O su canto de «Cumbia» o «En Medellín te pienso » o «Cartagena», en aire suficiente para el canto de amanecidas recordadoras.
O cuando escuchábamos a Lucho Bermúdez y a Matilde Díaz en «yo quiero pegar un grito vagabundo, yo quiero pegar un grito y no me dejan»; cuando en «Salsipuedes», de Jorge Marín, cantaban Balmore Álvarez y Dófora, su hermana, y las entusiasmábamos contra esas noches de copas sonámbulas; cuando amábamos con fuerza que empujaba desde dentro: exprimíamos la vida y le sacábamos sus jugos mejores y le sacábamos también sus jugos amargos que nos mostraban el otro lado de la embriaguez.
Hoy tengo presente la figura de este hombre, y me llena de ternura su voz también recordada. Sigue de Inspector en Santa Helena, una vereda fría, compensada aquella temperatura en su calor humano y en su compañera Ligia Alcázar, igualmente poeta y cuentista, y sus pequeños hijos, por fortuna ligeramente salvajes al viento de los cerros.
Sólo quería decir cómo me hace falta de pronto Jorge Artel, cómo me da alegría saberlo vivo y cantando poemas que tanto favor hacen a la poesía en este país olvidador. Decirle, simplemente, que lo quiero mucho en sus versos, en su rebeldía y en sus soledades.
(Santa Helena es un caserío cercano a Medellín, en donde Artel, en una de sus varadas, fue inspector de policía).
Velorio del boga adolescente
Desde esta noche a las siete
están prendidas las espermas:
cuatro estrellas temblorosas
que alumbran su sonrisa muerta.
Ya le lavaron la cara,
le pusieron la franela
y el pañuelo de cuatro pintas
que llevaba los días de fiesta.
Hace recordar un domingo
lleno de tambores y décimas.
O una tarde de gallos,
o una noche de plazuela.
Hace pensar en los sábados
trémulos de ron y de juerga,
en que tiraba su grito
como una atarraya abierta.
Pero está rígido y frío
y una corona de besos
ponen en su frente negra.
(Las mujeres lo lloran en el patio,
aromando el café con su tristeza.
¡Hasta parece que la brisa tiene
un leve llanto de palmera!)
Murió el boga adolescente
de ágil brazo y mano férrea:
nadie clavará los arpones
como él, ¡con tanta destreza!
Nadie alegrará con sus voces
las turbias horas de la pesca...
¡Quién cantará el bullerengue!
¡Quién animará el fandango!
¡Quién tocará la gaita
en las cumbias de Marbella!
Lloran en llanto de cera
las estrellas temblorosas
que alumbran su sonrisa muerta.
¡Mañana van a dejarlo
bajo cuatro golpes de tierra!