Álvaro Calvo y Leonor Mendoza hicieron parte de la serie de conversatorios organizados por el Museo de Bogotá alrededor de la exposición Bogotá Retroactiva, que rescató historias personales de abuelos de 90 años. Ellos hacen parte del patrimonio cultural vivo de nuestra ciudad.
Álvaro Calvo y Leonor Mendoza cuando eran novios, en el hotel del papá de Leonor, que quedaba en Choachí.
En noviembre cumplen 67 años de casados, y todavía tienen intactos los recuerdos de su historia de amor. Álvaro Calvo y Leonor Mendoza, dos bogotanos de pura cepa, cada uno con 90 años de edad, han vivido y sentido a Bogotá en sus muchas facetas: recuerdan bien la ardiente ciudad del Bogotazo, la del 9 de abril de 1948, cuando la muchedumbre enardecida que protestaba por el asesinato de su amado líder, Jorge Eliécer Gaitán, asaltó el tranvía en que viajaba Álvaro, justo cuando pasaba frente a Bavaria (que quedaba en la calle 28 con carrera 13), y él volvía de almorzar de su casa en la calle 67. Hoy, la pareja se asombra de los cambios que han convertido a la ciudad en la que nacieron (que era casi un pueblo) en una bella metrópoli, que ya no les cabe en los ojos por cuenta del desarrollo urbanístico que la ha convertido en una de las más grandes y modernas ciudades del continente.
Esta pareja de esposos hace parte, como muchos otros de su edad, del patrimonio cultural vivo de la ciudad. Son la riqueza humana que conforma a esta Bogotá en pleno siglo XXI, de la cual han visto cambiar sus costumbres, sus esquinas, sus calles, la manera de desplazarse y de saludar a los vecinos, e incluso hasta la forma de hablar. Ellos participaron el mes pasado en el conversatorio organizado por el Museo de Bogotá en el marco del cierre de Bogotá Retroactiva, para rescatar historias, relatos y anécdotas de los habitantes de la ciudad de antaño.
La ciudad junto al campo
Leonor Mendoza y Álvaro Calvo, en su casa de Chapinero, calle 63 con carrera 17.
Álvaro posee una memoria envidiable, en donde navegan recuerdos que tal vez muchos olvidan, con lugares, sucesos y fechas exactas que marcaron su vida. Una vida que comenzó en el barrio Belén, el 8 de julio de 1918, en esa Bogotá que todavía viajaba en tranvía de mulas —muy lejos del veloz TransMilenio—, cuando la ciudad, al llegar a la calle 67, en Chapinero, de repente se convertía en campo.
Siendo muy pequeño, sus padres se mudaron unas cuadras más abajo de Belén, a Las Aguas, junto con sus once hermanos —Álvaro fue el menor, la «raspadura», como dice él con típico humor bogotano. Su cuadra fue la calle 17 con carrera 2ª, donde creció y vivió hasta 1942, el año de su matrimonio. Aunque ha cambiado mucho, el centro es para él un lugar entrañable: «Por ahí en cualquier calle resultaba uno jugando con los amigos a la pelota, las canicas, los patines o la coca, ese juguete cuyo nombre ahora significa otra cosa no amable», dice. «Pero nuestro lugar favorito era sin duda el Parque de la Independencia, donde había muchos juegos, como el carrusel del señor Peinado, con unos bellísimos caballos tallados en madera». Allí asegura haber gozado tardes enteras de su tranquila niñez, mucho antes de que el parque fuera cercenado por el alcalde Mazuera, para construir los llamados puentes de la 26 y la avenida a El Dorado.
Álvaro estudió en un colegio de hermanos cristianos, vecino de la Catedral Primada, detrás de la Plaza de Bolívar. Y aunque no terminó sus estudios, interrumpidos en cuarto de bachillerato, se hizo relojero de la prestigiosa firma Mido, cuyo almacén quedaba en la calle 17. «Yo y mis hijos pertenecemos a la sexta generación de relojeros de la familia», afirma. Y así, reparando relojes, vio con tranquilidad cómo pasaba el tiempo: permaneció 20 años en Mido, 10 más en Omega, y otros más en diversas firmas, hasta que finalmente se independizó y montó su propio local.
Foto de las bodas de oro, hace 17 años.
En Las Aguas tenía fama de fiestero. Su casa era un lugar de encuentro, y con el auspicio de sus padres daba grandes fiestas, a las que llegaban todos sus amigos del barrio y también de afuera. «Desde Chapinero llegaba yo, con mi amiga Beatriz y su hermano José María Lasprilla, que era muy amigo de la familia», cuenta Leonor, que en una de esas idas resultó ennoviada con Álvaro, quien hace 66 años es su esposo y con quien tuvo siete hijos. Eso sí, Álvaro deja en claro que esas sí eran fiestas alegres y con buena música: pasillos y boleros, «no como esa música alborotada de ahora». Al ritmo de Vereda tropical, Dos gardenias o Noche de ronda, ellos dos bailaban hasta el amanecer.
Para poder conquistar el corazón de su amada, Álvaro tuvo que viajar dos veces por semana hasta Chapinero. La estación de salida quedaba en la calle 18 con Séptima, y la meta era la calle 45. Bien valió la pena esa inversión de 5 centavos por pasaje, cada jueves y cada sábado. Al igual que las invitaciones al Monte Blanco, al teatro Olimpia y a bailar. Se entendieron tan bien, que el tiempo no ha podido acabar con este amor que ya dura 66 años. «Y la noche que llega...»