En Córdoba con la Playa, en Medellín, hay un bello edificio que es ejemplo admirable de art–déco, donde desde hace años funciona el Instituto de Bellas Artes, al cual debe tanto Medellín. Allí apareció, hace cerca de sesenta años, un cesto con una niña. Como la historia se repite, la imagen nos lleva a Moisés salvado de las aguas. La madre de Teresa Gómez, Cristina González, viendo el precario futuro de su hija, parece que le pidió a unas amigas que la dejaran al cuidado de Valerio y Teresa Gómez, los guardianes del Instituto.
La niña comenzó a dar vueltas alrededor del piano, donde enseñaban a muchos discípulos Pietro Mascheroni y Ana María Penella, músicos italianos que trabajaron en Medellín con tanto éxito y dedicación en los años 40 y 50. La niña se interesó de tal manera en lo que veía y oía que decidió sentarse al piano y ensayar acordes. Mascheroni y Ana María le dijeron que le iban a enseñar a tocar el piano. Tenía talento, tenía vocación y vivía en una casa llena de música. Fue una alumna aprovechada: a los diez años dio su primer concierto.
Teresa pasó después al Conservatorio de Música de la Universidad de Antioquia, donde fue recibida con un summa cum laude. Tocaba de todo: Mozart, Beethoven, Chopin, música colombiana. En 1983 Bernardo Ramírez, Ministro de Comunicaciones del presidente Betancur, la escuchó en Medellín en una noche de música improvisada y le dijo al Presidente que Teresa debía ir a Europa. Como siempre, haciendo eco de todas las posibilidades del enriquecimiento espiritual de los colombianos, Betancur la envió como Consejera Cultural al Berlín Oriental. Teresa Gómez oyó música, estudió y aprovechó ese puente espiritual para cerrar la brecha con tiempos aciagos de su vida personal, que se repitieron después y que fueron superados por la vocación de trabajo y por la capacidad del magisterio, es decir, de comunicar a los demás el poder de sanación de la música, bien sea ejecutada o escuchada.
En Medellín reside desde hace años, dedicada por completo al magisterio y a presentaciones en conciertos. Ha grabado varios discos. Este cronista la entrevistó en 1983 para la televisión, en su casa de la Candelaria, después de un bello concierto en el Teatro Colón, el Nº 4 de Beethoven, con la Sinfónica Nacional. El Colombiano de Medellín la reconoció como “El Colombiano Ejemplar, 1999” y el año pasado la Filarmónica de Bogotá le entregó el galardón “Orden al Mérito Filarmónico.” Tocó un concierto de Mozart con envidiable musicalidad y seguridad técnica en el Auditorio de la Tadeo Lozano.
Teresa Gómez conversa con voz grave y no oculta su preferencia por los modismos antioqueños. Es cordial, domina un aparente impulso emocional y es muy consciente de que el oficio y el problema de la vida son manejables a través de una concepción de la vocación artística que corrija el desequilibrio emocional. Rafael Vega, el distinguido crítico musical antioqueño —que ha orientado y observado la vida musical de Medellín desde hace más de sesenta años— nos decía hace poco de Teresa que es “una artista madura, equilibrada, capaz de magisterio y que ha revelado, en las numerosas interpretaciones que me ha sido posible escuchar, una visión serena y nada superficial del arte del piano.
Es además un ejemplo humano que ha servido a varias generaciones, sobre todo en un país marcado por los prejuicios raciales y donde, para comenzar, se establecía un límite insalvable entre la posibilidad de tocar música clásica para alguien que debiera dedicarse a la música popular.” Es cierto lo que dice Vega, tanto en el juicio humano como en el juicio musical. Al escuchar a Teresa Gómez interpretar Vino tinto, de Fulgencio García —una de las grabaciones dedicadas a la música colombiana más logradas— el oyente percibe que aparte la vivacidad del ritmo, el sentido del contratiempo y del contrapunto musical, la pieza está animada por un intérprete que conoce a fondo la factura y el lenguaje de la mejor música popular, pero que no podría tocarse así si no tuviese a su disposición un bagaje técnico y un control estilístico, que llega a las manos del pianista después de muchas horas de practicar los estudios de Chopin.
Vladimir Horowitz decía que nunca dejaría de asombrarse ante la mano izquierda de Art Tatum, el legendario pianista de jazz. Tatum confesaba, con una cierta humildad, que para tocar como tocaba era necesario dedicar muchas horas secretas a la música de Chopin. Aunque no pudiese transcribir la partitura, la inventaba agregando dificultades. Teresa, como Moisés, se salvó de las aguas y no se dejó ni sumergir ni llevar por la corriente de la vida. Ella ha sabido controlar el impulso del cauce y ha orientado su ritmo y su destino.