EL PINTOR GUILLERMO WIEDEMANN EN SU ESTUDIO. - FOTO DE HERNÁN DÍAZ
Tal vez el primer negro que conocí fue un hombre joven que me señaló algo lejano desde una colina, sonriendo, en medio de la brisa, con unos dientes blancos y grandes que daban ganas de reírse con él; algo señalaba y después me miraba, a mí y a lo que señalaba: ¡Era el mar, y yo tenía 5 años! Estábamos en México, recién llegados a Acapulco, después de un larguísimo día de carreteras, montañas, bosques y valles, en donde el ruido de la oscuridad me despertó.
Yo viajaba acostado contra el parabrisas trasero del automóvil, y el extraño oleaje de la noche me hizo abrir los ojos, pero no vi nada, ¡NADA! Abrí la ventana y sentí la brisa, cálida, viva, suave, y olí el mar, pero no se veía, sólo estrellas, millares y millares de estrellas que reventaban sus aguas contra los acantilados invisibles. Al día siguiente ese negro jovial y rebosante de simpatía me mostró alegre lo que yo había sentido, olido y oído pero no había podido ver, y hasta ese momento seguía creyendo que se trataba de la sonora cercanía de la gran noche, abierta como el Pacífico.
De manera que cuando aún siendo un niño vi el primer cuadro de Wiedemann en Bogotá, una negra azul (profundo) y verde (nocturno) con los pechos descubiertos, le sonreí de amistad, por aquella simpatía marina, por aquellos días en que conocí los erizos, los pulpos, el caballito de mar, el vuelo mágico de las manos negras–y–blancas de las mujeres del mercado, la transparencia, los micos, el pez espada, la noche verdadera... y el poder del espanto, porque días después de conocer la gente más bella del mundo sucedió el maremoto que entró hasta Ciudad de México como un gran terremoto, hizo añicos su ángel de la independencia y dejó la ciudad en ruinas.
La grandeza de un oficio está acaso,
ante todo, en unir a los hombres:
no hay más que un lujo verdadero
y es el de las relaciones humanas.
Antoine de Saint–Exupéry Citado por el poeta Gabriel Jaime Franco
Esa madrugada mi padre me tuvo que sacar a rastras de debajo de la cama, en donde me escondía del temible rugido del viento, de las paredes crepitantes, de las cosas que tambaleaban extraviadas de sí mismas, y de algo aún más poderoso que sacudía la tierra y desesperaba a ese mar del mundo que acababa de admirar. Todo este cuento desperdiciado sobre tánta transparencia que guardo en lo mejor de mí, es para decir dos cosas: una, abreviando, que ese encantamiento me llevó a casarme a mis 20 años con una mulata; y dos, que el tema de las pinturas de Wiedemann, los negros, siempre me fascinó, por su dulce grandeza, por la forma misteriosa en que hace flotar en sus cuadros las más nobles virtudes humanas, por las noches estrelladas que respiran sus árboles silenciosos, por la secreta presencia del agua, por esa dignidad, belleza y natural altivez de su gente, por esa tierra hermosa en penumbras y por tan fecunda riqueza en la visión, incluso cuando a veces una insondable tristeza empaña como vapor de lluvia tanta vida.
Cuando en 1994 preparaba yo un libro sobre Wiedemann, conversé con don Enrique Grau, quien me sorprendió con su doble filo: uno, maravillándome (pero no es hoy el momento de contarlo); y el otro, diciéndome algo inaceptable y que para mí explica, en parte, la lentitud conque Wiedemann ha sido aceptado como pintor colombiano. En la Historia abierta del arte colombiano, publicado por Marta Traba en 1974, Wiedemann no aparece mencionado sino tres veces, y una de ellas para decir que Guillermo Wiedemann no ha sido incluido aquí porque es un pintor europeo; lo cual es cierto, pero no tanto como para ser excluido —él y Juan Antonio Roda— de la historia ABIERTA del arte colombiano.
Cuando le pregunté a Grau si la pintura de Wiedemann había tenido algún impacto en él (hablábamos de los primeros años de la década de los 40) me contestó, con sabia gentileza pero desafiando mis ya confesados entusiasmos: Nooó, niiingúno; era un ¡pintor de negritas! Ahora que acaban de celebrarse en el Museo Nacional los 100 años del nacimiento de Wiedemann con la exposición Apuntes de un Viajero..., termino de entender todo este malentendido con la “nacionalidad” de Wiedemann: no es que se le considere extranjero por su escuela, ni mucho menos por haber nacido en Alemania y ser europeo, lo cual es para nosotros como si hubiera nacido con corona (no para él, que renunció a su país y a sus compatriotas por las ideas que tenían, por sus odios, su rigidez, su superioridad sobre el resto de la humanidad, por sus progresos y matanzas), sino por haberse dedicado a un tema que casi ningún otro colombiano tenía como importante: los negros.
Basta ver su situación en el país para tener que aceptarlo; sólo un extranjero puede amar a los negros, y el que ama a los negros se convierte de inmediato en extranjero. Por eso Wiedemann no ha podido entrar del todo al arte colombiano; lo hemos dejado en la puerta, con mucha admiración, eso sí, llamándolo “europeo,” “maestro,” “viajero...” al mismo tiempo que secreta o inconscientemente lo rechazamos por ser un “pintor de negritas,” la gente más extraordinaria que tiene Colombia. Me parece que en vez de volver a celebrar los 100 años de su nacimiento podríamos celebrar hoy los 60 de haberse nacionalizado colombiano: “Pertenezco a Colombia,” dijo Wiedemann. Es pues el momento de tomarlo en serio, y de respetar sus decisiones y su pintura y, sobre todo, ¡sus temas!
Esbeltas constelaciones que callaban rojas como luciérnagas en las noches transparentes y tibias, en donde más tarde Wiedemann
descubriría el azul más azul entre los mas bellos azules, al fondo del cielo nocturno y de la piel de las mujeres del Chocó. Santiago Mutis Durán
PINTURAS TOMADAS DEL LIBRO GUILLERMO WIEDEMANN
DE VILLEGAS EDITORES,
POR AMABLE AUTORIZACIÓN
DE BENJAMÍN VILLEGAS.
FOTOS DE PILAR GÓMEZ