Arista por Aristarco, una leyenda viva del Pacífico
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Cuando en el colegio de su natal Quibdó lo llamaban a dar una lección, aquel niño taciturno oía que le decían: “Perea Copete Aristarco, pase al tablero”. Su nombre de pila fue abreviándose en la misma medida en la que fue creciendo su nombre artístico y terminó simplificado en un familiar Arista, con el que lo conocemos muchos de los seguidores de su voz y de sus composiciones. Cuando Arista y Aristarco Perea Copete se encuentran, es decir, cuando este cantante de culto que es también una leyenda del Pacífico y el hombre corriente que evoca sus ancestros chocoanos y la génesis de sus canciones se confrontan, se revela alguien de una sencillez natural, mezcla de serena alegría y de nostalgia. Frente a este encuentro caemos en la cuenta de que los dos habitan el mismo pellejo, la misma andadura elegante –es una suerte de dandy del Pacífico– que lo lleva a transitar con sobriedad por el mundo. Arista habla para Ciudad Viva de Aristarco y Aristarco narra su relación estrecha con Arista. Estas son sus serenas apreciaciones sobre uno y otro, desde la pequeña tienda-bar que tiene en un pasaje de la calle 19 con carrera 5a, donde su voz calienta tantas noches bogotanas.
Con su música a otra parte Mi familia es de Yuto, un paraje cercano a Quibdó fundado en buena parte por mi parentela de Pereas, Copetes, Palacios e Hinestrosas, casi todos dedicados al folclor chocoano. Arrullos, alabaos, jotas, y otros aires. Mi padre llegó a ser, muy joven, el primer clarinetista de la banda de San Francisco, pero los celos de otros músicos, por ser muy aplaudido, le amargaron la vida y decidió dejar la música con dolor. La banda tocaba entre, otras músicas, aires religiosos. Cuando decidió abandonarla se dedicó a la sastrería, llegó a ser un sastre de primera, pero se resintió con el medio musical. Nos prohibió a sus hijos que hiciéramos música pero eso me vino por vena y no fue posible que me dejara de interesar. Si veía a alguno de sus hijos con un instrumento musical en la mano, de inmediato quería destruirlo. Cuando tenía 6 años insistí en cantar: no se puede matar el instrumento. Mi abuela, María Pía Hinestrosa, que era pudiente pues tenía oro y platino, lo envió a Quibdó a estudiar sastrería y se lo entregó a una familia que le tenía cariño por ser de la casta primera, es decir, de los blancos del pueblo. Era la familia Mosquera. Para mi padre fue muy molesto que me encontrara una vez, tras volarme de la casa y quitar las trancas que ponía en la puerta, buscando amigos para hacer música, para cantar. Yo ya escuchaba al Trío Matamoros y en general la música campesina cubana y sentía un gusto por los aires que se oían en las emisoras y en las vitrolas de quienes tenían modo de adquirirlas. La prohibición paterna no hizo efecto, era como si yo hubiera estado sordo para esa orden pero despierto para la música.
El jazz de Borromeo
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Yo fui autodidacta pues no había maestros, por lo menos yo sólo conocía a Víctor Dueñas, un gran guitarrista que nunca pisó un Conservatorio, pero que era incomparable con su instrumento. Él ayudó a mi formación. Yo canté por primera vez en público en su agrupación, La Timba, siendo muy niño. El trío Matamoros era de virtuosos, pero nada que ver con las ejecuciones de Víctor Dueñas. Yo ya había escrito, a los 8 años, mi primera canción. Se titulaba El Rosal y estaba dedicada a un amor platónico, a una muchacha que estudiaba en el internado en el que trabajaba mi hermana. El ambiente musical de esa época, la gente de caché, de la jai, los negros de primera, se reunían alrededor del Jazz de Borromeo, una agrupación de chirimías, que además tocaba porro, merecumbé y bolero, con la influencia de Lucho Bermúdez y de Pacho Galán. La música iba de Cuba a Panamá. Allí se formaron escuelas musicales a través de la radio. Esa música nos vino a Quibdó desde las emisoras de Cartagena. También oíamos los valle-natos de Buitrago y de Viloria. Yo, de muchacho, era buen bailarín. Entraba a los llamados bailes peseteros donde alimenté mis gustos musicales. Pagábamos veinte centavos y entrábamos a bailar. Luego me impactaría sobre manera la voz de Daniel Santos.
Coda: Son muchos los momentos que Arista revela a Ciudad Viva en estos testimonios alegres y duros. De su deseo juvenil de vestirse bien. De la memoria de los metros de paño inglés que trabajaba con metro y tiza su padre, o de cuando se fue a Panamá a charanguear y a jugar fútbol. De su regreso a Buenaventura y de su evocación del Atrato y otros ríos del Pacífico. De su trabajo en la misión antimalárica y de su regreso a Quibdó en 1962 a saludar a su padre y a su hermana. De la época cuando creó Los negros del Ritmo y la creación posterior de Arista y sus Estrellas, sexteto que fundó en un sótano de Quibdó. De la vez en que visitó a Colombia Pablo VI y él le cantó Chocoanita tras besarle el anillo (¿a qué diablos sabrá el anillo babeado de un Papa?, le preguntamos mientras se sonreía.) De cuando lo invitó a Bogotá el poeta Jotamario para cantar en La Herradura en los años setentas. De cuando fundé el capricho de seguir adelante. Del misterioso incendio de su Casa Folclórica en vecindades de la Masonería. De sus confrontaciones con los curas del barrio Capellanía que quieren desalojarlo con métodos no santos, dejamos estos trazos que darán para un libro basado en los testimonios del propio Arista narrados en cálidas conversaciones con Juan Manuel Roca y Mariela Agudelo.