En tinta negra: Algunos escritores y músicos afrocolombianos
Jorge Artel (seudónimo de Agapito de Arcos).
Nació en Cartagena el 27 de abril de 1909. En 1945 se tituló de abogado en la Universidad de Cartagena, aunque se dedicó más al periodismo y a la poesía. Es uno de los más importantes representantes de la cultura afrocolombiana. Publicó libros de poemas, entre los que se destacan Tambores en la noche (1940), Poesía negra (1950), Poemas con botas y banderas (1972), Sinú, riberas de asombro jubiloso (1972)y Cantos y poemas (1983.) Falleció en 1994.
Manuel Zapata Olivella, nacido en Lorica en 1920, estudió medicina en la Universidad Nacional. Fue, además de médico, antropólogo, novelista, dramaturgo,
líder de las negritudes, y un
gran contador de cuentos.
Cuando se le preguntaba que cómo
había llegado hasta aquí, daba esta
sorprendente explicación: “Mi semilla
fue transportada en el único lugar húmedo
pero seguro de los barcos negreros:
la vagina de una esclava.”
Entre sus obras están: Hotel de vagabundos (1954), Los pasos del indio (1960), La calle 10 (1960), sobre sus vivencias
en Bogotá; Caronte liberado (1961), En Chimá nace un santo, Segundo
Premio Esso (1961), Chambacú,
corral de negros, Premio Casa de las
Américas (1963), Changó, el gran putas,
(1983.) Murió en Bogotá el 19 de
noviembre de 2004.
Arnoldo Palacios nació en Cértegui,
Chocó, en 1924. En 1949 publicó Las
estrellas son negras, novela testimonio.
Como el personaje de su obra, se evadió
a Quibdó y más tarde intentó estudiar
derecho en Bogotá.
Precursor de la novelística de reivindicación
social, que surgiría con fuerza
en los años sesenta, ya vinculada a fenómenos
más concretos de violencia
política.
Una de sus primeras novelas es La selva
y la lluvia. Le siguen El duende y la
guitarra, leyendas chocoanas, y Panorama
de la literatura negra, que han sido
publicadas en ediciones italiana y francesa.
Su más reciente trabajo literario
es Buscando mi madredios. Actualmente vive en París, pero nunca
ha dejado de sentirse parte de su tierra
chocoana.
AmaliaLú Posso Figueroa nacida en
Quibdo, es sicóloga, profesora universitaria,
cuentista y cuentera e intérprete
de sus propios monólogos, en los
que habla de las nanas negras, con la
picardía de un doble sentido transparente
y con humor preciso e inteligente.
Su libro Vean, vé, mis nanas negras contiene
sus más populares y eróticos relatos.
En la antología, Cuentos y relatos de la
literatura colombiana, hecha por Luz
Mary Giraldo, se incluyó uno suyo:
Honoria Lozano, la que tenía el ritmo en
el sentar.
Foto, Carlos Mario Lema
Totó, la momposina
Lo primero que uno recuerda es el sonido
de los tambores, los vestidos de
colores, su larga melena y, sobre todo,
su voz. Una voz melodiosa y potente
que ha hecho bailar al teutón más tieso,
y que se ha hecho sentir en América
y Europa, donde es reconocida como
una de las más importantes artistas de
música popular en el mundo. Totó, nacida
en Taguaila, Bolívar, en 1940, ha
cantado en la entrega del Nobel a García
Márquez; ha grabado con el sello
Putumayo Records y con Realworld,
del consagrado músico inglés Peter
Gabriel. Sus cumbias, bullerengues,
chalupas, garabatos y guarachas, entre
otros ritmos que componen su repertorio,
constituyen un invaluable patrimonio
cultural para Colombia.
Petrona Martínez La reina del Bullerengue nació en San
Cayetano, Bolívar, en un hogar de cantadoras. Su música, natural de la costa
Caribe, se originó en los cantos de fecundidad
de los esclavos africanos.
Esta mujer de pañoleta y sonrisa limpia
ha cantado toda la vida: En el Folk
Festival de Vancouver, en Ciudad de
México o meciéndose en una hamaca
en Malagana, Bolívar.
Batata III, rey del lumbalú
Paulino Salgado, Batata, fue el rey de
los tambores. Este hijo de Palenque fue
el tamborero mayor de Totó, la Momposina,
y recorrió varios países del
mundo con sus cantos, sus composiciones
y sus tambores. En Europa deslumbró
tanto con su talento, que fue
calificado como el coloso afrocolombiano.
Este genial músico, que sólo
grabó el disco Radio Bakongo, realizado
en Francia, rescató del olvido el son
palenquero y le pegó como pocos al
cuero del tambor. Murió en el mes de
febrero de 2004.
Billy
Todos le dicen simplemente Billy —su
nombre artístico— y al hablar de su voz
la comparan con la de aquel negro magnífico
que era Paul Robeson. Era muy,
pero muy amigo del escritor antioqueño
desaparecido, Manuel Mejía Vallejo. Su
casa de campo, Ziruma (El Cielo, para los
guajiros y para Billy), era el refugio de
este gran amigo afrocolombiano. Ya es
mítica su actuación en el funeral del escritor:
con los ojos humedecidos y la voz
más cálida y profunda que nunca cantó
un negro spiritual que conmovió a todos
los amigos de Manuel, que lo estaban
despidiendo.
Joe Arroyo En los años 1600, cuando el tirano
mandó, las calles de Cartagena... Todo
el mundo recuerda esta frase con la
que empieza la canción Rebelión, que
trata de un esclavo que rompe las cadenas
de la esclavitud. El sonido del
Joe, como lo conoce todo el mundo, es único. Este cartagenero, que inició su
carrera con la orquesta Fruko y sus
Tesos como vocalista líder, se ha
posicionado como uno de los músicos
de salsa más importantes del continente.
Con frecuencia aparece en el New
York Times. Además de la salsa, ha experimentado
con la cumbia y otros ritmos
colombianos.
Delia Zapata Olivella
Fue bailarina, folklorista, profesora y difusora
de las danzas del Caribe y el Pacífico
colombiano y profesora de las
Universidades Nacional y Central.
Su hija, Edelmira Massa Zapata, sigue la
tradición de su madre, quien desde 1954
se radicó en Bogotá. Ella, como pocos,
logró llevar el folklore a los grandes centros
urbanos. Murió en 2001, luego de
contraer una enfermedad en África
donde se encontraba buscando las raíces
africanas del folklore Colombiano.