Lucho ha sumado ingredientes de equidad y humanidad indispensables. En todos los balances que se han hecho en las últimas semanas sobre los dos primeros años de la gestión de Lucho Garzón en Bogotá ha faltado, a mi modo de ver, dar en el clavo de lo que ha significado que un hombre de izquierda esté al frente del gobierno de la capital. Le han sabido reconocer su impacto en temas que históricamente han parecido ajenos a la izquierda, como fortalecer las finanzas del Estado. Y le han dado merecidos aplausos por su descollante gestión en otros sí afines como la educación.
Pero en lo que no han atinado es en descubrir el papel que él está jugando en la consolidación de ese modelo de ciudad que Antanas Mockus y Enrique Peñalosa crearon: me atrevería a decir que Lucho lo está reinventando y le está dando el impulso que requiere, nueve años después de su arranque, para que el esfuerzo no se diluya. Si el uno abrió el apetito de ciudad con cartilla de cultura en mano y diseñó unas primeras maquetas; y el otro le metió gerencia y dejó el entable montado; Lucho le ha sumado los ingredientes de equidad y de humanidad indispensables en una metrópoli que pretende ser moderna.
¿Qué ha hecho Lucho? La ciudad tal vez no se ha dado cuenta de que los colegios privados, de garaje, que pululaban en los barrios populares comenzaron a perder terreno. Por primera vez en décadas, más de la mitad de los bogotanos están matriculados en escuelas o colegios públicos. Por eso, también es relevante que Garzón, contra viento y marea, haya decidido que los 38 colegios de alta calidad que están en construcción no se entreguen a los privados, como en administraciones anteriores, sino al Estado. Es un convencido de que la enseñanza gratuita también tiene derecho a la calidad. Y eso es un giro radical en el tema. Con un programa audaz, 26 000 muchachos a los que el sistema escolar había expulsado, han sido reconquistados y no van a servir de carne de cañón a ningún ejército de ilegales para seguir reproduciendo la barbarie. Como este tipo de logros no son visibles, habría que decir que la reforma que está llevando Lucho a las escuelas tendrá tanto impacto en términos de capital humano para Bogotá como lo ha tenido TransMilenio para la movilidad.
Bajo ese mismo principio —que no se trata de depositar en los particulares la responsabilidad de misiones estratégicas para el Estado— el Alcalde le apostó al programa Salud a su Hogar, que es apenas la punta del iceberg de toda una estrategia novedosa que no pretende llegar a curar sino madrugarles a las enfermedades, vacunar y enseñarles a más de 140.000 familias que viven en esas laderas cómo utilizar los derechos que les da el Sisbén. Asimismo, a diferencia de sus antecesores, Garzón ha demostrado que la política en su mejor sentido no es para hacerla a un lado con cierto fastidio sino para ponerla al servicio de la ciudad.
En vez de enfrascarse en batallas sin sentido, logró que el Concejo aprobara recursos críticos para garantizar que la ciudad siga por buen camino. Y desde la política ha dado también las peleas necesarias con la Nación para defender bienes preciados de Bogotá como el espacio público en Villa Adelaida, las reservas naturales en los cerros orientales y el futuro del nuevo aeropuerto.
En resumen, Lucho ha puesto en Bogotá los temas más preciados de la agenda de la izquierda moderna en el mundo. Una izquierda que quiere un Estado, como diría Felipe González, con más músculo y menos grasa. Una izquierda con un alto contenido de humanismo, que tiene en cuenta a la gente y les abre espacio a las minorías, para enfrentar los retos de la globalización.
Y todo esto es apenas un abrebocas de lo que puede hacer esta nueva izquierda progresista en el poder (un Carlos Gaviria, por ejemplo). Porque no se nos olvide que aquí lo que nos está matando no es la guerra; nos está matando la inequidad y la incapacidad de encontrarles una salida dialogada a los conflictos.
Columna publicada en el diario El Tiempo, cedida gentilmente por su autora.
DIBUJO DE MARTÍN GONZÁLEZ
Decálogo del derecho a elegir y ser elegido - Usted es quien decide: elija sin indiferencia
Una gran fortaleza de la democracia es el voto como expresión del poder político de los ciudadanos.
El voto es un derecho fundamental que expresa la voluntad política de las personas, con autonomía, igualdad, libertad y responsabilidad.
Al ejercer el derecho al voto se es sujeto verdaderamente democrático; votar es afirmar la persona como tal.
La dignidad del voto consiste en el derecho y en la libertad de decidir y la libertad no se vende ni admite presiones ni amenazas.
Votar es expresar lo público como propio y manifestar lo propio como público.
Sufragar es ser consciente de uno de los actos más importantes de la vida personal en una sociedad democrática.
Acudir a las urnas es una cita que hay que cumplirle a la democracia.
Para que su voto sea válido, elija con los cinco sentidos. No improvise: ¡Exija programas!
Cuando el voto se convierte en mercancía, se ofende la dignidad de los ciudadanos.
No permita que su preciado derecho al voto se someta a una oferta diferente al intercambio de ideas.