Jesús Betz nació sin piernas ni brazos: por eso cuando creció le decían el hombre tronco. Su limitación física, sin embargo, no le impidió viajar por el mundo, conquistar puertos lejanos y conocer muchas personas y culturas; en parte, su extraordinaria voz reemplazó la falta de sus extremidades. Las aventuras de este singular personaje fueron el deleite de una docena de personas que pertenecen al Club de Lectores del hospital Santa Clara (ubicado en La Hortúa, centro de Bogotá).
El libro, que escribió François Roca, identificó a más de un socio del club, como al manizaleño Javier Holguín. “Toda mi vida fui ladrón… Viví algunos años en Holanda y allá le hurtaba las cosas a los demás,” dice quien a sus 58 años decidió internarse en la Unidad de Atención a las Conductas Adictivas (Uaica) de este hospital, para controlar su adicción a las drogas. “Me sentía mal, atrofiado psíquica y corporalmente, hecho una nada… Pero aquí me refugié en la lectura, que para mí es un escape y una introspección a la vez. Me siento nuevo cada vez que leo,” reconoce. Mientras tanto, busca entre la biblioteca del club algún texto que leer.
Hace siete meses, en la Uaica del hospital Santa Clara, funciona este especial Club de Lectura en el que todos los martes y viernes, a las siete de la mañana, se reúne un promedio de 15 personas que luchan por acabar con su incontrolable necesidad por consumir marihuana, basuco o cocaína.
En las entrañables historias de personajes como Jesús Betz o en los poemas de Baudelaire, Neruda o Barba Jacob, muchos de ellos ni se acuerdan de prender un bareto (cigarrillo de marihuana.) Ahora sólo quieren encaminar su vida, cambiar su rumbo para mejorar. “En los 39 días que llevo interno tengo el objetivo de rehabilitarme, capacitarme y buscar un trabajo. Domino la ebanistería y también he sido comerciante,” explica José Triviño, de 41 años, que prefiere leer cuentos y relatos bíblicos.
Café literario
Los martes y los viernes son especiales para muchos de los 100 internos de la Uaica. Son los días escogidos en esta institución para hacer las lecturas acompañadas en el Club, actividad que coordina y dirige Paola Roa (de Asolectura), quien a pesar de su juventud —21 años— guía a sus discípulos con la seriedad y madurez de quien ha pasado su vida dentro de una biblioteca.
No es para menos: trabajó durante varios años en una librería, donde dirigió un programa de lectura para niños. Esa experiencia le bastó para llegar a Santa Clara y darle un uso apropiado a la improvisada biblioteca que reposaba en un cuarto, casi abandonada. Con la ayuda de algunos internos con inquietudes literarias, como Javier Holguín, empezó a gestionar la donación de textos por parte de instituciones públicas y privadas.
Poco a poco llegaron los apoyos, por parte del Instituto Distrital de Cultura y Turismo, la Universidad de los Andes, la Academia Colombiana de Historia y bibliotecas, como la Luis Ángel Arango y la del Restrepo, que donaron libros. “De 50 libros que había antes, ahora tenemos como 500. Creo que este año nos podremos dar el lujo de leer unos 30 libros semanales, sin repetir alguno,” asegura Holguín, con su pelo canoso y su mirada de sabio longevo.
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Es viernes, y el reloj marca las siete de la mañana. A esa hora llegan 15 internos a recibir su ración de literatura semanal, de manos de Paola, su cómplice del café literario —como llaman a la actividad—. “Aquí nadie viene obligado, todos llegan por iniciativa propia,” afirma. Cuando le preguntan si el club es una terapia, responde: “Esto no hace parte de las actividades médicas para salir de la droga. Cuando les leo no espero nada a cambio. Yo les narro una historia, y si me cuentan sus anécdotas es porque se identifican con un cuento y me quieren compartir dicha reflexión,” agrega.
Es entonces cuando se ha cumplido la misión del Club. Un recinto sagrado para los libros, que ahora tiene un hijo: un taller nuevo, pero de redacción. Allí, los internos mejoran su escritura, y se comprometen a escribir en Huellas, el periódico de Uaica, en el que plasman sus mejores poesías y cuentos, así como pensamientos frente a temas que viven a diario, como la muerte, la libertad, el sexo, el amor y la droga, esa que llega a veces pero que con algo de lectura se esfuma y se convierte en sueños, en esperanzas de cambio.
TEMPLOS DE LA LECTURA: Los Clubes de Lectura —programa del IDCT con Asolectura— están ubicados en instituciones, bibliotecas, fundaciones y parques de la ciudad. Su objetivo es convertirse en lugares de reposo y esparcimiento para niños, jóvenes, adultos y ancianos, especialmente de estratos bajos, para que encuentren en la lectura un espacio de reflexión. En Bogotá existen 80 clubes, concentrados en las localidades más vulnerables: Suba, Kennedy, San Cristóbal sur, Ciudad Bolívar, Usme y Bosa. El listado completo de clubes de lectura se puede consultar en www.culturayturismo.gov.co
Informes: 3274900 Ext. 153 – 2458495 Ext. 5.