No se trata de una metáfora aunque
ha dado lugar a memorables
páginas de la literatura: las flores
son órganos sexuales. En el siglo XVIII,
Linneo se ganó enemigos por proponer
el sexo de las plantas como eje de la clasificación
de su Systema Naturae, y la polémica
fue tan popular que incluso personajes
como Goethe dijeron detestar
«esas perpetuas historias de maridaje».
Aun hoy en día parece sobrevivir esa extraña
resistencia, y las flores siguen siendo
símbolo de paz, pureza, perfección espiritual,
armonía.
El escritor belga Maurice Maeterlinck
(1862-1949), ganador del premio Nobel
en 1911, y el francés Marcel Proust
(1871-1922) escribieron por la misma
época, respectivamente, La inteligencia
de las flores, en 1907, y En busca del tiempo
perdido, ese monumental tratado de
las pasiones humanas, entre 1905 y 1912.
Se trata de un período muy fecundo de
la literatura, entre otras cosas por su especial
aporte al conocimiento.
Si, como dice Maeterlinck, las flores
tienen la ambición de conquistar toda la
superficie del planeta, se trata de una
ambición admirable y conmovedora
dada la silenciosa quietud que las caracteriza.
A lo largo de sus 130 millones de
años en la Tierra han ideado mecanismos
para alcanzar, como dice el autor, «el beso
del amante lejano».
Complejas —porque
lo son, y mucho—, parecen aspirar a todas
las posibilidades de reproducirse:
muchas tendrán en últimas la opción de
autopolinizarse, pues la mayoría son hermafroditas;
algunas han encontrado mecanismos para autoesterilizarse,
en otras palabras, en una misma flor los estambres
(órganos masculinos) no podrán hacer llegar
el polen al pistilo (órgano femenino), bien sea porque
su tamaño y disposición difieren mucho y no se alcanzan
el uno al otro, bien sea porque maduran en tiempos
distintos; otras, menos del 10%, han separado sus
sexos, es decir que tienen flores femeninas y flores
masculinas.
Porque, tal como en los humanos, su ideal
es no reproducirse en familia, y por ello han inventado
la polinización cruzada, que se vale del viento, de
los insectos, de las aves, todo para que dos flores distantes
la una de la otra se fecunden.
Maeterlinck partió de una facultad atribuida a los seres
humanos, como la inteligencia, para estudiar el
comportamiento de las flores. Quería mostrar que
tienen una inteligencia que no difiere mucho de la
nuestra, salvo porque han descubierto primero lo
que nosotros creemos haber inventado. Proust hizo
lo contrario: partió de la observación de las flores
para hablar del fenómeno de la seducción, el sexo,
el amor entre los humanos. Ninguno de los dos era
científico, sino más bien agudos voyeurs de la naturaleza.
Parece que Samuel Beckett escribió: «Las flores
y plantas no poseen voluntad. Son descaradas,
exponen sus genitales. Y así, en cierto sentido, son
los hombres y mujeres de Proust… Descarados».
La inteligencia de las flores
[Fragmentos]
Por Maurice Maeterlinck
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Sería superfluo trazar el cuadro de los grandes
sistemas de fecundación floral: el juego
de los estambres y del pistilo, la seducción
de los perfumes, la atracción de los colores
armoniosos y brillantes, la elaboración del
néctar, absolutamente inútil para la flor y
que ésta no fabrica sino para atraer y retener
al libertador extraño, al mensajero de
amor, abejorro, abeja, mosca, mariposa o
falena que debe traerle el beso del amante
lejano, invisible… […]
El tipo del sistema [reproductivo] es bastante
conocido: los estambres u órganos
masculinos, generalmente débiles y numerosos,
están colocados en torno del pistilo
robusto y paciente. Mariti et uxores uno eodemque
thalamo gaudent los maridos y las
esposas disfrutan de un único y mismo tálamo],
dice deliciosamente el gran Linneo. […]
¿En virtud de qué experiencias innumerables
e inmemorables han reconocido que
la autofecundación del estigma por el polen
caído de las anteras que lo rodean en la misma
corola ocasiona rápidamente la degeneración
de la especie? Se nos dice que no han
reconocido nada, ni se han aprovechado de
ninguna experiencia. La fuerza de las cosas
eliminó simplemente y poco a poco las semillas
y las plantas debilitadas por la autofecundación.
Pronto no subsistieron más que
aquellas a quienes una anomalía cualquiera,
por ejemplo la longitud exagerada del
pistilo inaccesible a las anteras, impedía que
se fecundasen a sí mismas. No sobreviviendo más que
esas excepciones, a través de mil peripecias, la herencia
fijó finalmente la obra del azar, y el tipo normal
desapareció. […]
La abeja, como todo lo que lucha contra la muerte
en este mundo, no existe más que para sí y para su
especie, y no cuida de prestar servicio alguno a las
flores que la alimentan. ¿Cómo obligarla a cumplir
contra su voluntad o al menos inconscientemente su
oficio matrimonial? He aquí el maravilloso lazo de
amor imaginado por la salvia: en el fondo de su tienda
de seda violácea destila algunas gotas de néctar; es
el cebo. Pero, cortando el acceso del líquido azucarado,
se alzan dos tallos paralelos, bastante parecidos a los ejes de un puente levadizo holandés. En lo
alto de cada tallo hay una gruesa vesícula, la antera,
que oculta el polen; abajo, dos vesículas más pequeñas
sirven de contrapeso. Cuando la abeja penetra
en la flor, para llegar al néctar, debe empujar con la
cabeza las pequeñas vesículas. Los dos tallos, que giran
sobre un eje, hacen un movimiento de báscula y las
anteras superiores tocan los costados del insecto cubriéndolos
de polvo fecundante. […]
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La vallisneria es una hierba bastante insignificante,
que no tiene nada de la gracia extraña del nenúfar
o de ciertas cabelleras submarinas. Pero se diría que
la naturaleza se ha complacido en poner en ella una
hermosa idea. Toda la existencia de la pequeña planta
transcurre en el fondo del agua, en una especie de
semisueño, hasta la hora nupcial en que aspira a una
vida nueva. Entonces la flor hembra desarrolla lentamente
la larga espiral de su pedúnculo, sube, emerge,
domina y se abre en la superficie del estanque. De un
tronco vecino, las flores masculinas que la vislumbran
a través del agua iluminada por el sol se elevan a su
vez, llenas de esperanza, hacia la que se balancea, las
espera y las llama en un mundo mágico. Pero a medio
camino se sienten bruscamente retenidas; su tallo,
manantial de su vida, es demasiado corto; no alcanzarán
jamás la mansión de luz, la única en que pueda
realizarse la unión de los estambres y el pistilo.
¿Hay en la naturaleza una inadvertencia o prueba más
cruel? ¡Imaginen el drama de ese deseo, lo inaccesible
que se toca, la fatalidad transparente, lo imposible
sin obstáculo visible!...
Sería insoluble como nuestro propio drama en
esta tierra; pero interviene un elemento inesperado.
¿Tenían los machos el presentimiento de su decepción?
Lo cierto es que han encerrado en su corazón
una burbuja de aire, como se encierra en el alma un
pensamiento de liberación desesperada.
Se diría que
vacilan un instante; luego, con un esfuerzo magnífico
—el más sobrenatural que yo sepa en los fastos de
los insectos y de las flores—, para elevarse hasta la
felicidad, rompen deliberadamente el lazo que los une
a la existencia. Se arrancan de su pedúnculo y, con un
incomparable impulso, entre perlas de alegría, sus pétalos
van a romper la superficie del agua. Heridos de
muerte, pero radiantes y libres, flotan un momento
al lado de sus indolentes prometidas; se verifica la unión, después de lo cual los sacrificados van a perecer
a merced de la corriente, mientras que la esposa,
ya madre, cierra su corola en la que vive su último soplo,
arrolla su espiral y vuelve a bajar a las profundidades
para madurar en ellas el fruto del beso heroico.
En busca del tiempo perdido, Sodoma y Gomorra
[Fragmento]
Por Marcel Proust
A falta de la mirada del geólogo, yo al menos tenía la
del botánico y contemplaba por los postigos de la
escalera el pequeño arbusto de la duquesa y la preciosa
planta, expuestos en el patio con esa insistencia
que se usa para hacer salir a los jóvenes casaderos, y
me preguntaba si el improbable insecto vendría, por
un azar providencial, a visitar los pistilos ofrecidos y
abandonados. […]
Luego, dándome cuenta de que nadie podía verme,
resolví no moverme más por temor a perderme,
si se producía, el milagro de la llegada casi improbable
(venciendo obstáculos, distancias, adversidades,
peligros) del insecto, enviado desde tan lejos como
embajador a la virgen que desde hacía tiempo prolongaba
su espera. Yo sabía que esta espera no sería
más pasiva que la de la flor macho, cuyos estambres
se habían volteado espontáneamente para que el insecto
pudiera recibir [el polen] con más facilidad; así
mismo la flor-mujer que se encontraba allí, si llegaba
el insecto, arquearía coquetamente los pistilos y, para
que la penetrara mejor, recorrería imperceptiblemente,
como una jovencita hipócrita pero ardiente,
la mitad del camino.
Las leyes del mundo vegetal son
gobernadas a su vez por leyes cada vez más altas. Si la
visita de un insecto, es decir, el aporte del semen de
otra flor, es habitualmente necesaria para fecundar
una flor, es porque la autofecundación, la fecundación
de la flor por ella misma, como los matrimonios
repetidos en una misma familia, conduciría a la degeneración
y la esterilidad, mientras que el cruce operado
por los insectos da a las generaciones siguientes
un vigor desconocido por sus antepasados.
Sin embargo,
este despliegue podría ser excesivo y la especie
se desarrollaría desmesuradamente: entonces, así
como una antitoxina defiende de la enfermedad,
como la tiroides regula nuestro peso, como la derrota
viene a castigar el orgullo y la fatiga el placer, y como
el sueño a su vez nos permite descansar de la fatiga,
así, un acto excepcional de autofecundación termina
por dar su vuelta de tuerca, su frenazo, haciendo retornar
a la norma la flor que se había salido exageradamente
de ella.