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Dos reseñas por SMD
Tríptico rojo
Conversaciones con Rogelio Salmona
Claudia Antonia Arcila, con prólogo de
Juan Manuel Roca
Taurus, Bogotá, 2007
Esta entrevista de 180 páginas, ilustrada con dibujos
de los cuadernos de Salmona, nos permite
oírlo pensar en su inteligente pasión por la arquitectura,
por modernizar una ciudad que sólo habla del
transporte, pero que debe crear más espacios públicos,
mejorar la arborización, salvar el entorno de la
cordillera, rescatar el río, tener más plazas... Que para
su clima soleado y lluvioso «haya espacios que protejan
a sus habitantes tanto de la lluvia como del sol.
Lugares más abiertos, más cerrados. Bogotá es una
montaña, es un río, es una altiplanicie con 24 quebradas
y toda una amalgama de paisajes, ríos, montañas,
arquitectura y luminosidad. Bogotá tiene que
ponerse de acuerdo para evitar el caos». El libro está
dividido en tres partes: la casa, la ciudad y el paisaje.
La guerra toca a nuestra puerta
La casa sin sosiego, la violencia y los poetas
colombianos del siglo XX
Antología de Juan Manuel Roca
Taller de Edición, Bogotá, 2007
La casa: para darle albergue a nuestra intimidad, que
con el tiempo se poblará de recuerdos que le darán
sentido, seguridad, resonancia y arraigo a nuestra
psiquis («sin raíces no hay vida»). Allí se pondrá a salvo
nuestra atesorada experiencia: «luminosidades, sonoridades,
penumbras...».
El tiempo la hará «el lugar
de lo inconmensurable».
La ciudad: «Tenía los ojos claros, el pelo rizado,
el blondo veneciano. Me dijo que vivía cerca, frente
a la iglesia de Santa María y Cosme. Le pregunté qué
hacía. Me miró extrañada: “¿Qué hago? Vivo en Venecia”,
me dijo. Algo normal, claro. Me ruboricé con
mi pregunta. Se dio cuenta y agregó: “También muero
con ella”». Salmona habla de París, Barcelona, Florencia,
Roma, de ciudades árabes, de Bogotá. «Cartagena
permite una estrecha relación entre la casa y
los escenarios de la vida colectiva». En muchos lugares
«las ciudades se están volviendo idénticas. Los
edificios, las casas y, peor aún, los centros comerciales.
Las ciudades ya no responden a esa fraternidad
con el paisaje», sino a urgencias puramente «económicas
y especulativas».
El paisaje: se dice que el templo griego —morada
de los dioses—, más que un bello recinto, «era el centro
desde donde se podía abarcar, con la mirada, la
plenitud vibrante del paisaje; que su grandeza consistía
en permitir la contemplación del lugar y de todos
los lugares» (como en la antigua ciudad oaxaqueña de
Monte Albán). «De modo que la función del templo,
el alcance esencial de su arte, era la revelación del lugar.
» Lo demás es dogmatismo, dice Salmona, «un
dogmatismo vacío de contenidos emocionales».
Un libro sereno, importante, amoroso y cuidadosamente
diseñado por Paolo Angulo Brandestini.
Luminoso como Bogotá, íntimo y sabio.
La guerra toca a nuestra puerta La casa sin sosiego, la violencia y los poetas
colombianos del siglo XX
Antología de Juan Manuel Roca
Taller de Edición, Bogotá, 2007r
Es una antología inteligente y empapada de nobleza.
No solían ser éstas las virtudes de las antologías
de nuestra poesía. La herencia de una crítica sagaz
pero reductora —y sobre todo mal leída, y peor
asimilada— escrita por Marta Traba, Valencia Goelkel
o Gutiérrez Girardot, dejó una estela de desdén y pobreza.
Gente fustigada por la lucidez, pero no siempre
a la altura de tan terrible condena.
Con frecuencia
el hombre es inferior a su talento.
Cobo Borda habla de su generación como de «la
más sosa», tilda a la siguiente de «insípida» y lamenta
no haberse dedicado a cosas útiles; Darío Jaramillo
se refiere a la poesía como a un «consuelo de bobos
»; Caballero aporrea a Giovanni Quessep acusándolo
de habitar «un país de princesitas»; Alvarado
Tenorio insulta... (véase la mal editada antología de
la Universidad Nacional, de 1985). Nos deshicimos
de la retórica para caer en el desprecio y en el tedio.
Esta «contribución» de la crítica, más la mudez académica,
ha entregado las letras colombianas a la
banalidad y ha llevado a solicitar prólogos al presidente
—de una cuestionable república—. Lo más
opuesto a la poesía. Pero esta crítica panfletaria hace
bien en desconfiar de la poesía, como también el
silencio académico y los esfuerzos oficiales por
marginarla o domesticarla. Y todos contentos, en la
larga noche del terror, ¡a pleno día!
Roca contraría toda esta negación, que más parece
eufórica rapiña, imposición autoritaria, estampida,
una renuncia a ser hombres cabales, con sentidos
lúcidos e inteligencia humana.
El prólogo de León
Valencia lamenta aquí la ausencia de una epopeya
trágica de la guerra, como en la Ilíada, que hace la
apología de la fuerza, donde se eclipsa al hombre, su
humanidad, convirtiéndolo en cadáver: «Toda desgracia
no es más que el efecto del despliegue de la
fuerza […] todo desaparece ante la perspectiva brutal
». La guerra derriba los cimientos de la Cultura, que
es de lo que trata esta antología. «Una civilización que
tenga presentes la guerra y la desgracia desarrollará
un instinto para captar la debilidad y evitar aprovecharse
de ella.»
Los 51 poetas en La casa sin sosiego —en tiempos
sombríos, en «un medio ilegítimo e intolerable
»— tratan de alcanzar «un lenguaje que no sea una
cortina de humo», recobrar el poder de la palabra y
no «ignorar lo que nos ocurre en el otro». Como advierte
Roca: «La masacre de hoy borra la masacre de
ayer pero anuncia la de mañana».