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Debate inteligente en una ciudad inteligente
Por Otty Patiño
Gaitán en el hospital el Guavio.
Foto Germán Izquierdo Manrique
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Cada 9 de abril recordamos la explosión
de ira popular que se
desencadenó en 1948, en la capital
de la república, por el asesinato de
Jorge Eliécer Gaitán, y que marcó el día
cero del nefasto período conocido
como la Violencia. Muchos ensayos,
muchas crónicas, muchos testimonios
se han escrito sobre este trágico episodio
y sobre el sangriento período ulterior.
El escritor Arturo Alape, cuyo nombre
original era Carlos Arturo Ruiz,
fallecido el año pasado, recreó mediante
la palabra escrita muchos de estos
acontecimientos. Su libro de ensayo histórico El Bogotazo: memorias del olvido y su novela El cadáver insepulto constituyen
un importante legado para la
reconstrucción de este vergonzoso capítulo
de nuestra historia.
Lo que ocurrió ese 9 de abril fue
producto de la acumulación de odios
propiciados por unas costumbres políticas
atrasadas, generadas desde unos
partidos premodernos nacidos en las
guerras civiles del siglo antepasado. El
partido conservador del siglo XX promovió
y capitalizó entonces los miedos
a las ideas democráticas y socialistas que
se habían abierto paso en el mundo desde
la segunda mitad del siglo XIX, y el
partido liberal, cuando pudo llegar al
poder, no supo liderar ni consolidar los
avances hacia una república moderna.
Hoy, 59 años después, el aire que aún se
respira en Colombia no nos permite,
desafortunadamente, afirmar que hemos
superado los odios entre los colombianos.
Aunque es también imposible
negar que hemos avanzado. El
pacto del Frente Nacional canceló las
rencillas entre liberales y conservadores.
La Constitución de 1991 abrió las
puertas hacia un país diverso e incluyente.
Pero todavía permanecen los nubarrones
del miedo y de la ira, estamos
aún en la transición hacia una Colombia
pacífica, verdaderamente pluralista,
con pleno reconocimiento y total respeto
de la diversidad.
Eso lo ha hecho
presente el debate sobre la llamada parapolítica,
en el cual lo que está en juego,
además de la verdad, la justicia y la
reparación a las víctimas, es la reconstrucción
de la política como inteligente
y limpia lucha entre distintas opciones
de poder.
Podemos decir, sin vanidad, que
Bogotá está en la vanguardia de tal reconstrucción.
Ya una gran cantidad de
población se guía, a la hora de las decisiones
políticas, por programas, razones
y valores. Atrás quedaron las ciegas, fanáticas
e inamovibles adhesiones personales.
Bogotá es una ciudad donde los
actores armados no han podido incrustarse
en las esferas del poder político y
administrativo; ni el narcotráfico, ni las
guerrillas, ni los paramilitares controlan
hoy ninguna institución del gobierno
bogotano. Y es que la ciudadanía bogotana
se apropió de la Constitución del
91; desde su promulgación la empezó a
usar como poderosa herramienta para
la reconstrucción de una institucionalidad
y una convivencia basadas en la vigencia
real de los derechos humanos.
Gaitán en el barrio la Perseverancia.
Foto Germán Izquierdo Manrique
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El
Estatuto Orgánico dotó a Bogotá de un
formidable instrumento para que su alcalde,
según la expresión de Luis Eduardo
Garzón, se convirtiese en un par del
presidente de la República y le pudiese
exigir la corresponsabilidad que les
compete a ambos en los temas fundamentales
de gobierno.
Esta especial situación
ha permitido que Bogotá, antes
que ninguna otra ciudad o región colombiana,
se vea obligada a pensarse a
sí misma; que muchos de sus ciudadanos
se conviertan en actores políticamente
activos sin pedirle permiso a ninguna
jerarquía partidaria, y que la capital
desarrolle una inteligencia propia para
enfrentar y superar sus problemas, cualidad
que ya fue reconocida mundialmente
en la Bienal de Venecia y exaltada
con el otorgamiento del León de Oro.
Ello no quiere decir que Bogotá sea ya
inmune a los odios que todavía ciegan a
muchos compatriotas. El fantasma de la
violencia que padecen muchas regiones
del país todavía ronda en las mentes y en
los corazones de sus habitantes, muchos
de ellos recién llegados y todavía con las
heridas abiertas por la guerra de la cual
han sido víctimas o victimarios, o han
estado en ambas condiciones.
Pero lo
que sí es evidente es que en Bogotá, aun
con la precariedad política que todavía
padece Colombia, se pueden ventilar los
problemas de la ciudad sin que las cargas
ideológicas empañen o impidan el
debate inteligente.
Esta virtud alcanzada hay que fortalecerla.
Este país necesita cimentar
una cultura política en la que el debate
sea una hermosa y edificante confrontación
de proyectos concebidos en el
compromiso honesto, con la información
necesaria para hacerlos factibles y
con las alas desplegadas para que trasciendan
a sus propios gestores. Por ello,
contribuir a que el debate para las próximas
elecciones sea inteligente es tarea
de todos los bogotanos. Porque la cultura
no sólo se hereda, se construye.
Estamos en un buen año para construir
una nueva cultura política y para que el
Bogotazo sea esta vez una explosión de
inteligencia, de generosidad, de imaginación,
de convivencia, que llegue a
todos los rincones de Colombia como
un suave mensaje de sosiego y de esperanza.