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Y tú, ¿qué sabes de Bogotá? Una visión histórico - humorística de San Victorino
San Victorino, la otra «casa de todos» Lo que no encuentre en San Victorino
simplemente no existe. Así de simple.
Por Óscar Domínguez G.
Fotos de Germán Izquierdo
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A lo largo de su extensa historia, San Victorino, el
populoso centro comercial del centro bogotano,
donde compran barato todos los estratos sociales, ha
vivido épocas de invierno, verano, primavera y otoño.
Miseria y esplendor han desfilado por su agitado prontuario
que envidiaría una actriz del cine porno.
Hay drama en sus predios desde el bautizo. Quien
le dio su nombre pensaba, sin duda, en el cristiano
Victorino, obispo de Amiterno que vivió en tiempos
de Trajano. Durante tres días, sus enemigos lo sumergieron
de cabeza en las aguas calientes y sulfurosas de
Contigliano.
En pequeñas dosis, las aguas termales
prolongan salud y vida. En exceso, ocasionan la muerte.
Victorino fue mártir.
Fray Pedro Simón (1623), cronista de Indias, nos
cuenta que en San Victorino quedaba una de las tres
parroquias donde los fieles iban a tutearse con Dios,
«en las cuales está siempre el Santísimo Sacramento»,
recuerda con fidelidad de notario.
Los otros dos oratorios
eran Las Nieves y Santa Bárbara.
Con «dolor de patria» hay que consignar que en San
Victorino se levantó, entre mayo y junio de 1816, un
patíbulo donde decenas de criollos que participaron
en el big bang de Independencia de 1810 fueron colgados
por orden del Pacificador Morillo. Patíbulos similares
se levantaron en la Plaza de Bolívar, el Parque
Santander y el Parque de los Mártires, por supuesto.
Que no falte la fiesta brava en el sector, legado hispano.
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Y si es con toros afeitados mejor. Lo atestigua el
viajero escocés John Steuart (1835) en uno de sus relatos.
En ellos cuenta que en San Victorino se levantaba
«una sólida corraleja circular […], dentro de la cual se
lidian toros, rodeada de un corral». Cordovez Moure
(1891), otra pluma que narró la letra menuda de la ciudad,
precisa que nuestro San Vitoco —para sus íntimos—
era escenario de las fiestas religiosas de la época,
incluidas la del Corpus y las Octavas. La gente se
podía extrovertir teológicamente también en las ya
mentadas, Las Nieves y Santa Bárbara.
El tiempo pasa y vienen mejores días para San Victorino.
En Mi gente, Alberto Lleras narra que «la ciudad
en 1915, cuando volvimos a ella, era pequeñita.
Quién sabe por qué razón todo lo nuestro estaba al
lado de San Victorino».
Quede claro que en sus épocas
de vacas gordas —que también las tuvo— San Victorino
fue obligado y aristocrático vividero.
Hoteles de escasas estrellas alojaron en alguna
época aves de paso (turistas) y parroquianos. Otros
historiadores le meten política al asunto y lo mencionan
como foco de alteración de la seguridad democrática,
para decirlo en la jerga actual.
Luego, con el crecimiento de la ciudad, siguió la
evolución. Un día, San Victorino se acostó aliviado y se
levantó convertido en ruidoso centro comercial. Lo
sigue siendo, al amparo de la escultura del maestro
Negret, La mariposa, ubicada al lado de la estación de
TransMilenio.
Allí tienen su exquisita clientela vendedores de todos
los pelambres.
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El sector es una babel de oficios,
epicentro del rebusque, un deporte nacional que ayuda
a sobrevivir a millones. Es obligada casa de citas
(encuentros variopintos, para evitar equívocos) de un
exótico casting: vagos, ocupados, soñadores, redentores
del mundo, detractores del statu quo, mendigos,
anónimos ilustres, aristócratas en decadencia… Si
quiere quedar de otorrino, vaya al lugar donde encontrará
todos los ruidos habidos y por haber.
Culebreros, que tienen la contra para los achaques que
Dios en su bondad nos dio, despliegan en el suelo toda
clase de brebajes. Enciman lo mejor de su abigarrada
prosa de cuenteros, un deleite que no paga IVA.
Enamorados desinhibidos intercambian microbios
(besos) en su jurisdicción, casi siempre con algún acompañamiento
musical. Si está de buenas, escuchará un
conjunto indígena que trata de ofrecer en CD las bondades
de la nostálgica música andina que esparce el viento.
Mejor si tiene los ojos abiertos. Si no, le tocará compartir
su bolsa o joyas con raponeros de manos fáciles,
de pianista, veloces Aquiles que pagan arriendo, y cuyos
hijos van a la escuela o juegan a las muñecas.
Si sus oídos están despiertos escuchará, sólo para
usted y su ángel de la guarda, que le ofrecen CD o libros
que han tenido el dudoso privilegio de ser pirateados.
Por su hambre no se preocupe que allí se la vuelven
hilachas. Eso sí, ojalá tenga estómago de mendigo
para sobrevivir al menú. Si el almuerzo lo sorprendió
fuera del fogón casero, cariñosas mamás del mediodía
le tienen el golpe preciso, a tono con su bolsillo.
Sin querer queriendo, San Victorino es un Harrods,
un centro Andino disfrazado.
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Clientes de todas las
cuentas bancarias, o sin ellas, van a templar allí. Los
del gajo de arriba se disfrazan de estrato uno o dos
para que los comerciantes no les arranquen esta vida
y la otra. Pero los vendedores han aprendido a descifrar
saldos bancarios en el semblante o en el habla de sus clientes. Nunca fallan y suelen salirse con la suya: el
cliente se va debidamente desplumado. Pero satisfecho.
Lo que no encuentre en San Victorino simplemente
no existe. Así de simple. Si no está visible el producto,
pregunte por él. Y oculte las ganas. En centésimas
de segundo se lo conseguirán en alguno de sus jijuemil laberintos. El sector parece un queso gruyer
de tantos huecos que se disputan sus entrañas.
A veces
San Victorino se convierte en obligada y fugaz Cartagena
de presos que pasan en horribles papamóviles
de hierro, rumbo a algún juzgado.
Si la montaña no viene a usted, la montaña (el vendedor)
le caerá encima. Si ofrece algo por algún artículo
está perdido (o ganado): lo acosarán hasta embutírselo
a la fuerza.
En San Victorino, la otra «casa de todos», encontrará
a Bogotá en unas cuadras. Una Bogotá viva, dinámica,
loca, estridente, gritona, barriobajera, anárquica,
negociante.
Se aconseja ir ligero de equipaje, con zapatos cómodos,
mucha paciencia y tiempo para dilapidar. El
camino en San Vitoco es culebrero.
Deje el miedo en casa. Es más la fama. Allí no comen
gente.
Si es de los de carro, déjelo también en
casa. TransMilenio moviliza sus huesos. Compradores compulsivos del mundo: uníos para
gastar allí. Y que el santo patrono, el mártir Victorino,
los proteja.