Convocatorias de la SCRD
Los artistas ponen a prueba su talento
Bogotá es el centro nacional de los
artistas, sabios y eruditos. En sus
calles deambulan a diario, y en silencio,
personajes que a punta de talento y trabajo
han hecho de la ciudad un universo
ideológico donde confluyen todo
tipo de pensamientos, tendencias y propuestas.
Son cientos de artistas y gestores
culturales anónimos que están ahí,
en medio de los ocho millones de almas
que habitan la sabana, esperando silenciosos
por una pequeña dosis de reconocimiento.
Tal vez lo que más necesitan
es un golpe de suerte que les regale
un espacio u oportunidad para dar a
conocer su trabajo al público.
Ansiedades, obra de Antonio Samudio, a quien dedicamos las páginas centrales del magazín.
Para eso están las Convocatorias Artísticas
de la Secretaría de Cultura, Recreación
y Deporte: gracias a las becas, premios
y apoyos que se adjudican a través
de estos concursos, muchas propuestas
artísticas salen a la luz pública e incluso
catapultan a la fama a sus creadores.
Pero a diferencia de años anteriores,
cuando cientos de personas se agolpaban
en la entrada de la Oficina de Convocatorias,
en el antiguo Instituto Distrital
de Cultura y Turismo -hoy SCRD-,
con los cambios que se formularon a
través de la Reforma Administrativa
Distrital y que entraron en vigencia este
año, los artistas participantes deben acudir
ahora a las demás entidades que hacen
parte del Sector Cultural para entregar
sus trabajos. Por supuesto, todo bajo
la supervisión de la SCRD.
Así, aquellos escritores que tengan
debajo del brazo sus cuentos, novelas o
ensayos y deseen participar en los concursos
nacionales de literatura, deben
dirigirse a la sede de la Fundación Gilberto
Alzate Avendaño (Cl 10 3-16) para
la radicación de sus papeles y, por supuesto,
de sus escritos.
Lo mismo deben
hacer los artistas plásticos que quieran
exponer sus obras de arte en la Galería
Santa Fe o en el Callejón de Exposiciones
del Teatro Jorge Eliécer Gaitán. Por
su parte, también los cineastas, videógrafos
y creadores audiovisuales deben
acudir a tal escenario, que es el encargado
de ejecutar los programas en las
áreas artísticas de literatura, artes plásticas
y audiovisuales.
Y en cuanto al arte dramático, la música
y la danza, los artistas que quieran
aplicar a dichas áreas deben hacerlo en la
Orquesta Filarmónica de Bogotá (Cl 39 bis
14-57), donde se estarán recibiendo estas
propuestas. Finalmente, en el Instituto de
Patrimonio (Cl 13 2-58) se podrán radicar
los trabajos que se desarrollen en torno al
patrimonio cultural de la ciudad.
La imagen de cinco anillos de colores
entrelazados sobre un fondo
blanco, símbolo de los Juegos Olímpicos,
es inconfundible. Este año, cuando
en el mes de agosto se realicen los
juegos en Beijing, la volveremos a ver
en una bandera, en una valla, en el pecho
de un atleta. Pero, ¿qué significa
ese símbolo? Significa la unión entre los
pueblos y las banderas de los países.
Cada cuatro años, durante un mes,
ciudadanos de todo el mundo, en un
mismo instante —en la madrugada de
Colombia, en la mañana de Europa y
en el atardecer del día siguiente en
Australia—, fijan su mirada en las piruetas
que hace una gimnasta rumana,
en las zancadas de un velocista canadiense
o en la puntería de un arquero
coreano.
Los Juegos Olímpicos, que
reúnen a deportistas de lugares tan disímiles
como Kirguistán y Mongolia,
Estados Unidos y Benín, las Islas Marshall
y Colombia, no cabe duda, están
entre las expresiones culturales más
tradicionales y son casi un refugio para
la humanidad.
Eran tan importantes los juegos en
la antigua Grecia, donde se originaron,
que durante muchos años se ajustó a
ellos la cronología. Cada cuatro años
llegaban a Olimpia atletas de todas las
provincias, y durante esta fecha se declaraba
la tregua a la guerra; nadie podía
entrar al estadio, al hipódromo u
otro escenario portando armas. Además,
a los peregrinos se les otorgaba un
salvoconducto que los protegía durante
sus viajes de ida y regreso.
Desde esa época, ya se reconocía el deporte
como una parte fundamental de la
cultura que estrechaba los lazos de nacionalidad.
De hecho, en aquellos tiempos
las Olimpiadas no eran únicamente
una competencia física: también tenían
lugar las manifestaciones artísticas como
la danza, la música y la poesía. Además,
se convirtieron en un espacio propicio
para platicar sobre literatura, arte y filosofía,
entre otros campos.
Tuvieron que pasar muchos siglos,
muchas guerras, para que el mundo recuperara
las Olimpiadas y aquello que conocemos
como espíritu olímpico, definido
por el francés Pierre de Coubertin al
expresar que «lo esencial en la vida no es
vencer sino luchar bien». Fue precisamente
De Coubertin quien recuperó los juegos
para el mundo. En 1896, catorce naciones
formaron parte de la primera
edición de los olímpicos modernos, celebrada
en Atenas. Desde entonces, en más
de un siglo, el número de países participantes
ha aumentado significativamente:
en Beijing competirán 203 naciones.
En todos estos años, las competencias
han dejado lecciones de lucha, de
igualdad y de honestidad que son un referente
para toda la humanidad. En la
mente de muchos está la imagen del atleta
negro Jesse Owens coronado de laureles
luego de vencer, en Berlín, a la Alemania
nazi en varias de las pruebas
atléticas.
El triunfo de Owens fue un certero
golpe a los prejuicios racistas de
Hitler.
Muchos de los preceptos que orientan
a los Juegos Olímpicos trascienden
la competencia física. Según De Coubertin,
una de sus finalidades es «posibilitar
y consolidar deportes, para asegurar
su independencia y duración y, de
este modo, permitirles cumplir mejor
con el papel educativo que les corresponde
en el mundo moderno». El lema
mismo de los juegos, Citius, altus, fortus, que traduce «más lejos, más alto,
más fuerte», tiene más de un significado.
Así, por ejemplo, citius no significa
correr más rápido sino ver más lejos, o
sea fijar la mente en la meta que nos
proponemos.
En Ciudad Viva nos adelantamos
pues a agosto, cuando en todas partes
se hablará de los olímpicos, para contar
una historia diferente a la del cuadro de
medallas, las posiciones, las marcas, el
oro, la plata, el bronce o el tiempo récord,
y narrar cómo el deporte forma
parte determinante de la cultura de los
pueblos. Cómo los juegos rompen las
barreras del idioma, las creencias religiosas
y los modos de vida, cuando los
atletas se encuentran en la línea de salida
de la pista, frente a frente en el cuadrilátero
o en la cancha de baloncesto.
Y cómo, históricamente, han logrado
incluso detener la guerra para competir
en paz, que es el premio mayor en
toda justa.
Catalina Ramírez
Secretaria de Cultura, Recreación y Deporte
CARTAS DE LOS LECTORES
Señor director:
Del cuento «Hierro viejo», que publicaron en
la edición correspondiente a abril (y que se
demoró mucho en salir, casi que no la
consigo), me gustaron muchas cosas: el
cuento en sí mismo, de un pacifismo sutil,
sin alharacas. Muy bueno para publicarlo
en Colombia y precisamente ahora.
También me gustó que publiquen a
escritores que no son muy conocidos entre
nosotros, como el cubano Onelio Jorge
Cardoso, del que no había leído nada y ni
siquiera lo había oído mentar.
Y me falta elogiar las ilustraciones, del
señor Rosero, muy apropiadas, bellas y
llenas de óxido, como el arado del protagonista.
¡Sigan por ahí!
Roberto Álvarez Suárez
Señor director:
Los franceses no tienen vergüenza. Leí
una frase de Rodín, el escultor de El
pensador y se ve que él mismo no
pensaba mucho. La frase dice: «Para un
artista, la cosa más importante no es
soñar o conversar, sino trabajar, trabajar
y trabajar».
Todo el mundo sabe, menos el tal Rodín,
que esa frase de trabajar y trabajar es
original de nuestro gran presidente, el
doctor Álvaro Uribe Vélez. Pero él con
seguridad ni se preocupó de registrarla y
por eso se la están robando descaradamente.
Muy bueno el artículo sobre Bolívar de
Harold Alvarado Tenorio.
Atentamente,
Bernardo de Jesús Restrepo
Señor director:
Bolívar ha sido muy de malas: o se lo roban
las academias y lo acartonan, o Chávez se
apropia de él para ponerlo a trabajar en su
revolución bolivariana.
Dicen que Tenerani, el de la estatua que se la
pasa mirando palomas en la Plaza de Bolívar,
nunca conoció al Libertador y dizque tenía
una fábrica de estatuas de próceres, a las que
iba atornillando distintas cabezas, según el
pedido de cada país.
Por eso me gustó el artículo de Harold
Alvarado Tenorio, ya que nos habla de un
Bolívar distinto, y la mayoría de los cuadros
que ilustran su artículo nos muestran a
Bolívar como seguramente fue, vestido casi
como un campesino, de sombrero de paja y
en camisa.