Secretaría de Cultura, Recreación y Deporte Carrera 8ª Nº 9-83
Teléfono 2428380
Dirección electrónica: ciudadviva@scrd.gov.co
Los poetas de la generación de Piedra y Cielo
Por Harold Alvarado Tenorio
«A Jorge Rojas se le ocurrió promover los
Cuadernos de Piedra y Cielo, santo y seña
tomado de un libro de Juan Ramón Jiménez
(1881-1958), un andaluz amante de los
asnos, neurótico y depresivo».
Financiados en su totalidad por Jorge Rojas (Santa
Rosa de Viterbo, 1911-1995), un acaudalado terrateniente
aficionado al tenis, agente de licores de caña,
bachiller bartolino y abogado javeriano –apenas titular
del Instituto Colombiano de Cultura–, fueron dados
a la imprenta, entre septiembre de 1939 y marzo
de 1940, siete cuadernos de Piedra y Cielo, del mismo
Jorge Rojas, Carlos Martín, Arturo Camacho Ramírez,
Eduardo Carranza, Tomás Vargas Osorio, Gerardo
Valencia y Darío Samper.
Colombia acababa de inaugurar el gobierno de la
Gran Pausa (1938-1942) de Eduardo Santos, antítesis
de la Revolución en Marcha de Alfonso López Pumarejo,
quien durante el primero de los suyos (1934-1938)
quiso situar el país a tono con las conquistas democráticas
de la constitución republicana española del
31, mudando el estatuto colombiano del siglo XIX en
un instrumento del Estado Social de Derecho con las
teorías intervencionistas en boga, la obligatoriedad de
las grandes empresas para pagar impuestos ajustados
a sus ganancias, la utilidad pública de los bienes ociosos,
la reforma a la tenencia de la tierra, el impulso a
la universidad estatal y la educación laica y obligatoria,
el derecho de la mujer a la educación, etc.
Si López Pumarejo había sido simpatizante del crecimiento
de los sindicatos y defensor de la industria
nacional, Santos se declaró contrario a las masivas
confusiones de liberales y comunistas, partidario irrestricto
del presidente F. D. Roosevelt y el Vaticano, y por
supuesto de la jerarquía colombiana. Un gobierno típicamente
liberal, alejado de las doctrinas socialdemócratas
del lopismo, equidistante de los ismos (fascismo,
franquismo, comunismo), pero apoyando,
como gran burgués afrancesado que era, la educación
de las elites y las iniciativas de Gerardo Molina como
rector de la Universidad Nacional; el marxista Luis
Eduardo Nieto Arteta, autor de Economía y cultura
en la historia de Colombia; José Francisco Socarrás,
médico y psicoanalista, ideólogo de la Escuela Normal
Superior de Colombia; o Luis López de Mesa, al
tiempo que acogía a un buen número de intelectuales
republicanos que huían de la España de los nacionales
franquistas.
Ésas eran las circunstancias sociales cuando a Jorge
Rojas se le ocurrió promover los Cuadernos de Piedra
y Cielo, santo y seña tomado de un libro de Juan
Ramón Jiménez (1881-1958),
un andaluz amante de
los asnos, neurótico y depresivo, atribulado
por la
búsqueda de «la belleza» con el ejercicio de una
posible
perfección
de estilo, vacío de aquellos decorados
de los epígonos del Rubén
Darío que triunfaba en Buenos
Aires, la metrópoli por excelencia del
mundo hispánico,
y de las catástrofes de cuerpo y alma del surrealismo
y las otras vanguardias. Una poesía de
equilibrio, helada, equidistante
de la misma existencia
por situarse entre la tierra y el firmamento,
entre
la piedra y el cielo. La «estética», «sencillez de los espíritus
cultivados», un decir sin decir que, como en este
poema de
Juan Ramón, nadie supo nunca qué era:
Esparce octubre, al blando movimiento
del sur, las hojas áureas y las rojas,
y, en la caída clara de sus hojas,
se lleva al infinito el pensamiento.
Qué noble paz en este alejamiento
de todo; oh prado bello que deshojas
tus flores; oh agua fría ya, que mojas
con tu cristal estremecido el viento.
¡Encantamiento de oro! Cárcel pura,
en que el cuerpo, hecho alma, se enternece,
echado en el verdor de una colina.
En una decadencia de hermosura,
la vida se desnuda, y resplandece
la excelsitud de su verdad divina.
Caligrafía Mariela Agudelo
Nada es mayor que tú: sólo la rosa
tiene tu edad suspensa, ilimitada:
A.C.R.
Hoy sabemos que poco tuvo que ver Juan Ramón Jiménez
y su poesía con las circunstancias y aparición
de los piedracielistas. Lo cierto es que Eduardo Carranza,
publicista del grupo, luego de haber cortejado
por años a Guillermo Valencia sin obtener recompensa
alguna, optó por privilegiar la poésie maudite de
Eduardo Castillo, «bañada de una tierna luz cordial, [...]
temblando suavemente sobre nuestro espíritu» ante
las «recreaciones arqueológicas» del parnasiano de Popayán.
Valencia era, para el Carranza santista, modelo
1941, un poeta deshumanizado, un impasible arquitecto
de la lengua, de espaldas a su tiempo.
El Carranza
que afanosamente quería congraciarse con Pablo
Neruda sin acercase a Lorca, Alberti, ni a Cernuda, y
menos a su ideología, ni compartir sus luchas; que
apenas conocía la nueva poesía española a través de la
antología del Gerardo Diego de antes del estallido de
la Guerra Civil Española, no encontró mejor camino
que hacer evidente su incapacidad para comprender
la grandeza de una obra que era sustancia de la gran
renovación de la lengua desde el mismo Cervantes, y
que su propio autor menoscababa con sus ambiciones
políticas retardatarias, puestas en circulación desde
el mismo cambio de siglo. Hacía cuarenta o más
años que Valencia había publicado Ritos y nadie, ni
Barba Jacob, Castillo o Leopoldo de la Rosa, habían
podido remplazarle. Como los nadaístas de los sesenta
cubriendo de lodo la obra de Mito, Carranza se dispuso,
con la ayuda de El Tiempo, no a borrar del mapa
a Valencia sino a sepultar al gran Aurelio Arturo, su
verdadero dolor de cabeza, haciendo fulgurar, día y
noche, año tras año, hasta la misma hora de su muerte
unas canciones que, a la par del bolero, aspiraban a
conquistar en vespertinas una muchacha, rica y sumisa,
que les sacara con su herencia de la miseria y
tristeza del mundo.
Arturo Camacho Ramírez, el más simpático, muy amigo de Neruda.
El carrancismo, más que piedracielismo juanramoniano,
fue un asunto de higiene sexual, como lo
entendió la lucidez de Antonio García, para quien la
«nueva poesía era un documento social de primer
orden pues reflejaba un estado de insensibilidad nacional
frente a los grandes conflictos humanos y un
estado de hiperestesia frente a las cuestiones de índole
amorosa». Carranza, dice García, creía sus libros de
versos «breviarios de amor» pues eran testimonio del
hambre de sexo que imponía la dieta religiosa y sólo
en la poesía todo podía darse y llevarse a cabo. «El
predominio de la literatura erótica demuestra que
nuestro erotismo es anormal», concluye. Lo que explica
por qué el adolescente Gabriel García Márquez,
recién graduado de bachiller en Zipaquirá, viese la
poesía por todas partes, como ha dejado consignado
en Vivir para contarla. Dice Gabito:
Es difícil imaginar hasta qué punto se vivía entonces
a la sombra de la poesía. Era una pasión frenética,
otro modo de ser, una bola de candela que andaba
de su cuenta por todas partes. Abríamos el periódico,
aun en la sección económica o en la página judicial, o
leíamos el asiento del café en el fondo de una taza, y
allí estaba esperándonos la poesía para hacerse cargo
de nuestros sueños. De modo que para nosotros,
los aborígenes de todas las provincias, Bogotá era la
capital del país y la sede del gobierno, pero sobre
todo era la ciudad donde vivían los poetas.
Juan Lozano y Lozano dijo entonces que los poetas
de Piedra y Cielo eran el «síntoma disociador, débil,
morboso, extraviado, decadente y erostrático» de una
tropa cachaca y banal, desinformada y acrítica, que
se daba cita en cientos de saraos de frac y disfraz, en
una «arcadia de fiestas y doncellas al margen del planeta
mundo», según Jorge Child.
Juan Gustavo Cobo Borda, cuarenta y dos años
después, sostuvo que los piedracielistas confundieron
la poesía con el elogio a las reinas de belleza y «el conocimiento
de nuestra situación con el fascismo». Y
agregó:
Lo verdaderamente grave fue su cobardía, su temor
verbal, sus temores insípidos. No atreverse a ir nunca
más allá de lo prefijado, no por la Academia, que jamás
ha existido, sino por su propia conciencia conservadora.
No ser capaces de combatir un enemigo que
diariamente les hería. Se hablaba de realidad vital,
de la huella profunda de la sangre, pero los versos
jamás dijeron nada distinto a su nostalgia desvaída.
Siguieron desgranando un paraíso perdido, sus
doncellas demasiado esbeltas y como de humo; siguieron
agitando la bandera, los ríos y el cielo de la
patria porque al fin y al cabo tenían otra, pero todos
estos elementos se evaporaron en una atmósfera excesivamente
azul.
Bibliografía sobre Piedra y Cielo
Antonio García, «De Valencia a Carranza», en El Tiempo,
Bogotá, 24 de agosto de 1941. Carlos Martín, «Piedra y
Cielo: ¿qué se hicieron las llamas de los fuegos encendidos?
», en Manual de literatura colombiana, Bogotá,1988.
Fernando Charry Lara, «Piedra y Cielo», en Historia de la
poesía colombiana, Bogotá, 2001. Juan Gustavo Cobo
Borda, Piedra y Cielo: la poesía como sucedáneo de la propaganda
conformista, en Lecturas Dominicales de El
Tiempo, Bogotá, mayo 21 de 1972, . Jorge Child Vélez,
«Desinformación y lirismo», en El Espectador, Bogotá 19
de febrero de 1985. Juan Lozano y Lozano, «Los poetas
de Piedra y Cielo», en El Tiempo, Bogotá, 25 de febrero -
3 de marzo de 1940.