Antonio Samudio ha escogido un «raro» formato para sus cuadros y, a veces, también un «raro»
tema, como el de las naturalezas muertas (o cosas en reposo), considerado el género de más baja jerarquía en la pintura, pues no se cree que los objetos reflexionen, se ensimismen, sonrían, se carguen de silencio como la gente o se hagan livianos con el humor sutil de quien los pinta, o que puedan incluso engullir a su autor. Es obvio que el humor no se toma en serio.
El formato de un cuadro no es capricho, y si lo fuera, los caprichos serían cosa muy importante. El formato —o el capricho— es una manera de ver, y de hacer ver. Como dice la letra de un viejo bolero (todo bolero es viejo): «En la luz de sus ojos brillaron todos mis caprichos». Vertical, horizontal, cuadrado, grande, pequeño... o esa rendija por la que a veces nos mira Samudio, es la máxima expresividad que él se permite. Su manera de incomodar la realidad.
Lúcidamente el escritor Samuel Vásquez nos ha hecho ver que en la obra de Samudio «no hay dramatismo», que él «desdeña el claroscuro de la tragedia», porque en Samudio «no hay sombras»: «aquí no existe el más mínimo interés por la incidencia de la luz sobre las formas. Y sin luz y sombra no hay tragedia...». Samudio rehuye lo dramático, «la tragedia», sí, pero no por ello elude la cuerda floja por la que llevamos nuestras vidas. Cuántas tragedias suceden calladamente en eso que llamamos vida cotidiana.
El afásico Borges nos ha hecho creer en la sabia justicia del tiempo, el destino y la historia. Tres ciegos que pasan por la vida como jinetes del Apocalipsis. Pero a la terrible «justicia» del tiempo y la historia hay que estarle arrancando de las fauces los nombres que devora. Hay quienes rehúsan su pasarela —que toda actualidad les tiende a sus vanidosas víctimas—, quienes no prestan su cabeza a la corona del laurel ni están aquí y allá y en todas partes al mismo tiempo, sino que van tranquilos por su arduo camino, sin luces de espectáculo, entre sombras, dulces o amargas. Asunto de asco o temperamento. Si se trata de esa supuesta justicia del tiempo, tendríamos que echar abajo muchas estatuas y monumentos: «no vendrían mal algunas sustituciones». Y esto es válido para nuestra poesía, nuestra narrativa... y nuestra pintura. El orden del mundo no es el de la justicia; el tiempo no es sabio; nada está en manos del azar, y hay quienes prefieren su propia vida, y preservar cierta libertad.
Este «reclamo», o mejor, esta advertencia, es porque la actitud de Samudio —arrancarse la etiqueta de lujo de pintor exitoso, tan codiciada, y que ha hecho lucrativos estragos en nuestras artes y en nuestras letras— tiene que ver con el mundo que pinta. No se trata, pues, de pedir reflectores para nuestros artistas en la sombra; ésta ha sido su elección. Hay que aceptar que no a todos el mundo les parece un triunfo, menos aún el presente, esa capa de sangre que brilla en la superficie y se hunde en silencio hacia el fondo como oscuras lágrimas.
Digámoslo de otra manera: Cervantes decía que los concursos literarios siempre los ganaba el hijo del gobernador, y que los segundos puestos eran para los verdaderos escritores. No queremos disputarle ese primer puesto al gobernador, sino saber que esto pasa también con la vida. Hay gentes de primera, muebles, opiniones y autos de primera, casas, rostros... y hasta políticos de primera. Y también hay gente verdadera. Digamos que la mentira mueve al mundo, y Samudio observa cómo actúa.
La obra de Samudio es como una moneda que al girar en el aire funde en una sola sus dos caras: el supuesto candor de su forma y la aguda observación de la vida.
Pensar también es sentir. Un pensar, o suceder, que Samudio en cierta forma oculta, y muy a su manera revela. Digamos que Samudio nos susurra al oído, sin voz, como si tratara un secreto, porque nos habla desde nuestra propia intimidad. Pareciera a veces que nos preparara un acertijo, sólo para los ojos:
El juego. El cuadro es largo, como un tren, como una calle. Está dividido por un muro gris: de un lado, los hombres; del otro, las mujeres. Las dos del centro parecen más jóvenes, deben ser las hijas. A cada extremo, las esposas, de pie, con vestidos de colores casi luminosos. Tras el pequeño muro, despreocupadamente apoyados en él, están sus respectivos maridos, en traje de calle. Todo es común y corriente, y sin embargo absorbe y encandila. La composición y los colores construyen las relaciones que hay entre ellos, las relaciones que los unen, y también las que se han agotado. Seis personas quietas, en silencio, representando sus propias vidas, en una obra de teatro de un solo e instantáneo acto, que fluye y se estanca ante nosotros. Samudio nos cuenta algo sobre esta gente común, que en esto de vivir es el género humano. No podemos desprender nuestra mirada. En un abrir y cerrar de ojos nos revela la savia que maneja sus vidas.
Samudio no expresa, cuenta, y para ello ordena los elementos del cuadro como un adivinador que echa las cartas, y hace visible el secreto. Figuras llanas e historias sutiles, en bellas atmósferas creadas por su paciente malicia de pintor... y a veces una cierta ironía —o libertad—, velada y serena, un extraordinario equilibrio (en peligro), una oculta complejidad, un espacio en donde se ve la intimidad: Samudio «moja su pincel en la niebla» (dice Juan Manuel Roca), crea la transparencia del silencio, y un buscado, sensual y hermoso tono menor, para que no nos escandalicemos con la enormidad de lo que nos cuenta.
Samudio no expresa, cuenta, y para ello ordena los elementos del cuadro como un adivinador que echa las cartas, y hace visible el secreto.
Armonía 1
Armonía II
Diálogo
Madonna
Acoso
Lealtad
Estas imágenes del
pintor Antonio
Samudio fueron
gentilmente
cedidas por María
Eugenia Niño y
Luis Ángel Parra,
Arte Dos Gráfico
para Ciudad Viva