La noche antes de Navidad, el tacaño viejo Ebenezer Scrooge es visitado por tres fantasmas: el de las navidades pasadas, el de las presentes y el de las futuras. Las tres presencias le mostrarán, reflejadas en su niñez, en sus parientes, en la familia de su empleado, en el enfermizo Tim, que sólo la conversión de su espíritu lo hará un hombre feliz. Sobre Canción de Navidad anotó Chesterton: «La belleza y la verdadera bendición de la historia residen en aquel gran horno de la felicidad que resplandece a través de Scrooge y todo lo que le rodea; aquel gran horno, el corazón de Dickens». Hoy, 150 años después de haber sido escrito, seguimos leyendo este relato con la misma emoción, porque sus páginas logran un delicado equilibrio entre la fantasía y la condición humana.
Cubiertos por la bruma se distinguen los sombreros de copa, las filas de casas, los faroles amarillentos, las mujeres de largos vestidos envueltas en chales, los hambrientos niños con gorras de paño. Pocos escritores describieron tan profundamente los barrios humildes de la Inglaterra victoriana y los contrastes sociales de mediados del siglo XIX.
El argumento de Canción de Navidad y sus personajes no se agotan. Muchos hemos visto la historia en las pantallas, en versiones de la BBC, de Hollywood, e incluso representada por los Muppets. Pero lo mejor es leerla y deleitarse con anotaciones que nos muestran, por ejemplo, que Scrooge es solitario como una ostra, o aquel aldabón que le sonríe macabramente. Observar al viejo Scrooge caminando entre la bruma o asustado por las apariciones, imaginar al pequeño Tim y al buen Bob constituyen siempre una felicidad. En palabras de Nabokov: «Sencillamente debéis rendiros ante la voz de Dickens».