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Aguilera Garramuño sobre Álvarez Gardeazábal
Por Marco Tulio Aguilera Garramuño
Después de muchos años de abandonar las lides
literarias y tras haber abominado de la literatura como asunto inútil e intrascendente en un mundo lleno de otras urgencias; después de haberse ocupado por muchos años de la política, en la cual llegó a ser dos veces alcalde de su ciudad natal, Tuluá —y no cualquier alcalde, sino el más popular y extravagante que haya tenido esa ciudad, bastante particular por cierto, del Valle del Cauca, Colombia—; tras ser gobernador del Valle del Cauca, enjuiciado en un proceso lleno de ambigüedades y encarcelado durante varios años... Después de todo este periplo, y tras estar varios años voluntariamente sometido al ostracismo en su finca El Porce, cuidando orquídeas, perros y gansos, saliendo solamente a trabajar en su programa radiofónico La Luciérnaga, el más polémico, más crítico y más escuchado del cuadrante radiofónico colom- biano, después de todo esto el escritor colombiano Gustavo Álvarez Gardeazábal nos resulta con una novela llamada La resurrección de los malditos (edición no comercial de Editorial Luna Nueva, sólo asequible de manos del autor).
En primera instancia hay que decir que Gustavo recuperó el aliento de sus primeras novelas, el vigor narrativo, el estilo torrencial y a la vez diáfano —con ciertas incorrecciones que se pasan por alto en el vértigo de los sucesos que relata—. Antes de abandonar las lides literarias Gustavo fue uno de los autores más poderosos de la literatura colombiana tras el consabido trauma publicitario. Cómo olvidar Cóndores no entierran todos los días, Dabeiba, El bazar de los idiotas, El Divino y otras obras que lo hicieron conocido no sólo en Colombia sino en otros países y en la academia estadounidense, donde es uno de los íconos.
Ahora nos viene a contar la historia del traqueto Ramsés Cruz, hijo de Martiniano Cruz, miembro de la chusma de pájaros del Cóndor. Para los no iniciados hay que decir que el Cóndor fue uno de los más violentos, legendarios y sanguinarios matones políticos que asolaron la región de Tuluá y quien se convirtió en el protagonista de la novela de Gustavo Álvarez, Cóndores no entierran todos los días, auténtico clásico de la literatura colombiana, que tuvo también amplia acogida en España. Hasta donde entiendo el lenguaje drogo colombiano, un traqueto es un traficante de cocaína que se convierte en un personaje con poderes casi divinos sobre la vida y la muerte, y con suficientes dólares como para comprar, no sólo fincas y edificios, también ciudades enteras y flotas de barcos. La novela se lee no con el espanto que causan los retratos de personajes siniestros sino con el encantamiento que suscitan las particularidades de estos personajes, que terminan por convertirse en auténticas caricaturas de seres humanos.
Foto Alonso Carcerá
Ramsés Cruz, el protagonista, después de muchos años de éxito en sus labores de comercio blanco, es encarcelado. Para escapar —y de paso evitar la temida extradición a Estados Unidos— urde una trama novelesca que tiene tintes bíblicos: toma mandrágora y, como la Julieta de Shakespeare, cae en un letargo que se asemeja a la muerte. En este punto Gardeazábal hace una fundamentación evangélica que ha levantado polvo en Colombia. Cuestiona la muerte y la vida de Cristo, cuestiona su sexualidad. Como anécdota vale la pena mencionar el hecho de que el obispo de Buga ordenó a sus sacerdotes descalificar la novela de Gustavo, que ahora se califica como el nuevo anticristo.
Ésta es no sólo una novela agradable de leer. Es una obra que encierra también una crítica frontal, con nombres propios, a personas como el presidente Álvaro Uribe y el ex presidente Gaviria, cuyas intimidades son ventiladas con total despojo de pudor o temor. Novela ésta muy colombiana y muy actual, se transforma en una radiografía esperpéntica del país; novela llena de verdades sobre Colombia... que por otra parte es un país donde todo se sabe de todos... y no pasa nada. El que roba sigue robando, etcétera ad infinitum.
Novela sobre los capos de la droga, es también sobre un país que ha caído en el estupor causado por la presencia casi omnipotente de la muerte, de la inseguridad; novela sobre políticos y políticas corruptas y obstinadas, novela sobre la vida apresurada y sin sentido que ocasiona el dinero fácil. Mientras Gardeazábal estaba en la lucha, abandonó la literatura; ahora que sabe que la lucha es inútil, regresa a aquélla. Por eso el narrador dice:
[...] no hay nada más certero como bombazo que una novela sobre la historia que los demás no quieren contar. Y como de estos malditos nadie se atreverá a escribir nada porque sólo se aceptarán las versiones deformadas de las lenguas bochincheras, cualquier fusil de esos o cualquier bomba [...] no podrán jamás tener el efecto que tiene la letra escrita para que usted y todos los lectores sepan y divulguen la magnitud de todo el proceso tan mal entendido, tan mal diagnosticado y tan imbécilmente perseguido por los gringos.
Los «malditos» son los narcotraficantes, que han transformado un país como Colombia en un imperio de crimen, de corrupción, en el que sin embargo todavía hay personas que siguen luchando. Gustavo es una de ellas, aunque sus armas parezcan inocuas: la palabra radiofónica y la literatura. Entre la novela y el testimonio, lo escrito por Gustavo es un ensayo de suicidio. Un ensayo más, diría yo, pues Gustavo lleva décadas enfrentando con un lapicero a un dragón que no termina por derrotarlo. Contra Gustavo ya se levantó la iglesia, se levantarán los narcotraficantes, los políticos poderosos, no dudo que los mismos escritores... A lo anterior habrá que hacer una salvedad: si la vida de Gardeazábal ha sido una provocación constante a los poderes establecidos, nada extraño es que él mismo esté buscando su crucifixión, y tal vez... su beatificación (y en verdad hay quien lo quiere como si fuera un santo). ¡Larga vida a quien vive toreando a la muerte!