El erotismo como género, que implica posesión corporal y complejidad de sentimientos o actitudes en torno a las manifestaciones sexuales, ha sido una temática ignorada y desperdiciada por los largometrajes nacionales. Atrás se asoma aquel esperpento costumbrista bautizado Erotikón (de Ramiro Meléndez, 1984), que contenía un perverso catálogo «de Boyacá en los campos»: abusos carnales a una pastorcita por su propio padre, ninfómana proveniente de la capital, inducción al lesbianismo y algo parecido a zoofilia en medio de las ovejas. Alguien habló de... «horrotikón».
La película
Según Nieto Roa, director y productor, se trata de un tema que toca a todo el mundo, «con el que la gente se identifica, pues quién no ha sentido amor a primera vista y ha deseado poderlo vivir plenamente de inmediato». Éstos son los hechos: un hombre maduro y una mujer atractiva se conocen en cualquier noche de rumba y amanecen juntos en las tentadoras instalaciones de un hotel, sin desperdiciar cuantas oportunidades haya para demostrar que se gustan plenamente y pueden hacer varias veces el amor.
El título, muy sugestivo, obliga a hablar también de los problemas personales que aquejan a esta pareja, y a indagar sobre quiénes son ellos. Aunque sus nombres no importan —dicen llamarse Roberto y Paula—, los estados civiles o sentimentales se prestan para divagaciones, pues él sostiene ser casado y ella dice estar en vísperas de hacerlo. En medio de frases recurrentes, mentiras y lugares comunes, hay que abonarles a Nieto Roa y a su guionista René Belmonte el hecho de no preocuparse por juzgar si tales conductas placenteras constituyen impedimentos morales.
¿De qué hablan en los interludios pasionales? La respuesta viene con más preguntas. ¿Sueles hacer esto con frecuencia? ¿Cargas preservativos por si... las moscas? ¿Gozas de verdad o... finges? Entonces se abordan temas banales referidos al ritmo e intensidad de semejantes encuentros íntimos, la frecuencia de las masturbaciones, el machismo imperante en una sociedad latina y la debilidad de ellas al presumir de no ser muy fáciles. Se evidencian las respuestas prefabricadas por parte de la actriz mexicana invitada y cierta espontaneidad o directa picardía que despliega nuestro compatriota.
Siendo difícil mantener un hilo conductor en la cama y su entorno durante hora y media de proyección, la cámara de Miguel Urrutia busca uno que otro ángulo facial en primeros planos, así como tenues aproximaciones de conjunto a los cuerpos semidesnudos o en trance de destaparse... La iluminación puede parecer plana, al igual que escueta la decoración, pero concuerda con las circunstancias y el sitio descrito. Fastidia la metáfora del fuego, obvia por efectos de una llama acrecentada o menguada en los momentos del clímax o del consecutivo apaciguamiento.
Mientras la debutante mexicana Karina Mora delata en poses y parlamentos sus precarias condiciones dramáticas, el caleño Marlon Moreno sale bien librado de cada una de sus faenas —me refiero a las verbales. Frente al juego de señuelos y simulaciones, uno como espectador cree ingenuamente que gracias al celular o al suero de la verdad habrá giros sorpresivos en la intencionalidad de estos amantes tan casuales como efímeros.
Sin referirse en ningún momento al país ni a la posible ciudad donde viven sus protagonistas, el tiempo lineal tampoco nos informa de la fecha calendario en que ocurrieron tales devaneos —quizás tampoco viene al caso lo que sucedió en el transcurso de la noche y la mañana. En conclusión: una película inclasificable de aventuras amorosas, que por momentos pierde calor e interés al desviarse injustificadamente de las tendencias propias atribuidas al medio latinoamericano.
El director, Gustavo Nieto Roa
Es el director más prolífico de la pantalla nacional. Lleva en efecto nueve largometrajes en cuarenta años de vida profesional, además de un sinnúmero de cortometrajes institucionales y más de cincuenta documentales del llamado «sobreprecio» en la década de los setenta, gracias al empeño empresarial demostrado primero por Mundo Moderno Ltda. y, a partir de 1978, por su compañía Centauro Films de Colombia.
Cultivador del melodrama provinciano, adaptó en 1973 la otrora escandalosa novela de Vargas Vila, Aura o las violetas, para convertirla en un pobre y desteñido romance. Vino cinco años después la picaresca derivada de Esposos en vacaciones, con las estrellas televisivas de aquel entonces y los estereotipos atribuidos a Cali y las caleñas. En la misma tónica, Amor ciego recreó los contactos de una gringa díscola con un cuate invidente en Cartagena.
Su fama como productor se remonta al período 1978-1981, cuando logró estrenar las comedias del Gordo Benjumea, Colombia Connection, El taxista millonario y El inmigrante latino, durante tres navidades consecutivas y haciendo de la segunda un hito en la taquilla nacional. No podemos dejar por fuera de esta lista los logros en música y edición, al situar Caín, de Eduardo Caballero Calderón, en sus escenarios originales.
Según información de El Tiempo, hay polémica por «similitudes entre cinta colombiana Entre sábanas y la chilena En la cama»:
Ambas películas transcurren en un motel y se concentran en una pareja de desconocidos que no sólo tienen sexo sino que se revelan detalles íntimos.
El cineasta y productor colombiano se había comunicado, a finales de 2006, con el director de En la cama, Matías Bize, para decirle que le había gustado la película y que quería hacer una versión en México.
Al conocer que la película ya se había rodado, Solar [el productor], le escribió a Nieto Roa: «Por diversos contactos me he enterado de que finalmente has producido y dirigido el remake de En la cama. Quisiera que nos pusiéramos de acuerdo en el monto de los derechos».
Los chilenos aún no han visto Entre sábanas, pero dice Solar que tiene opiniones de terceros acerca de que se trata de «una mala copia».