Durante la Primera Guerra Mundial, Bogotá
quedó perdida en el tiempo. Mientras en Rusia
era asesinado el último de los zares y Estados
Unidos entraba oficialmente en la confrontación
luego del hundimiento del barco inglés RMS Lusitania,
aquí, en una ciudad fría y plomiza como los trajes
de sus habitantes, no pasaba nada. Se vivía una vida
bucólica, inventando historias para condimentar una
monótona realidad; se hacían pasteles de arracacha,
tamales, suflés de zanahoria, postres de papayuela. Las
mujeres cosían y tejían en los más complicados estilos:
todo para matar los días que pasaban como arrastrándose.
En plena guerra la ciudad vivía en un mundito
pintoresco, informándose a medias en los papeles
de noticias que transportaban primero los transatlánticos,
luego los vapores del Magdalena y finalmente
las mulas.
En 1915, narra Eduardo Caballero en su libro Memorias
infantiles, no llegaba casi nada a Bogotá: «Los
intelectuales colombianos dejaban de recibir libros [...].
En materia de modas las señoras perdían sus puntos
de referencia». Lejos de las bombas y las metrallas
estaba esa Bogotá que pronto entraría en los años
veinte, cuando en las revistas europeas se revelaría la
vanguardista moda de la posguerra: los vestidos ajustados
y largos en las damas, el sombrero panamá, que
desplazaría definitivamente al bombín. Y las cremas
Kosmeo y los maquillajes Max Factor, las plumas Parker,
las gabardinas camel, los zapatos Crossets, «El
crosset domina en Broadway», decía un anuncio publicado
en Cromos en 1925, en cuya portada aparecen
Inés Nieto Umaña, Leonor Ángel Montoya y otras
señoritas bogotanas en un reinado en el Teatro Colon;
todas salen con los ojos cerrados, encandelilladas
por el flash de la cámara.
La llegada de los judíos polacos en esta época fue
fundamental para el cambio comercial. En los años
veinte, anota Alberto Lleras, los comerciantes judíos
establecieron el que a la postre se llamó «crédito polaco
», un sistema de pago a plazos para los pobres,
con el que muchos se lucraron ejerciendo la usura.
No obstante, cuenta Lleras: «Las sirvientas, la inmensa
y dispersa clase ancilar cuya situación no se diferenciaba
mucho de la esclavitud anterior, de origen
indígena, pudieron vestirse con algo más que los trajes
abandonados por las señoras».
En los años treinta, la otra Bogotá, la que compraba
a crédito polaco, vivía en barrios como La Perseverancia,
Las Cruces o San Fernando. Los habitantes
de estos sectores tomaban chicha y jugaban turmequé.
Eran loteros, tranviarios, zapateros, hombres que
trabajaban como obreros de construcción, en alpargates
y largas ruanas, que llevaban arrugados sombreros
altos de ala corta. Y mujeres de manos fuertes que,
sin los guantes de piel que usaban las patronas, bajaban
con los brazos temblorosos por el peso de las
grandes vasijas en las que traían el agua desde el Chorro
de Padilla.
Los hombres y mujeres imitaban en todo a los
actores que veían en las películas del Teatro Faenza
o en las páginas de las revistas donde se publicaban,
acompañados por fotos, anuncios como el siguiente:
«Mary Doran, encantadora actriz cinematográfica,
luce un bello ensamble». Los sastres, el ondulado
permanente del salón de belleza Biarritz y la brillantina
disfrazaban a los bogotanos de estrellas de Hollywood,
estrellas lejanas que nunca conocerían porque
Bogotá era un punto insignificante y apartado
en el mapa.
Vuelve la sotana
Rafael Ángel Otálora, como su padre y como su abuelo,
es sastre especializado en trajes eclesiásticos. «Éste es un oficio difícil. Los precios de los vestidos chinos
están acabando con el negocio. Y el contrabando. Aquí
al frente, por la calle, pasan hombres vendiendo trajes
que llevan al hombro». Luego de una pausa en la
que respira medio agitado, pregunta: «Dígame usted
qué significa eso?». Otálora cuenta que después de
muchos años ha vuelto la sotana, como en la Bogotá
de blanco y negro: «Los sacerdotes han vuelto a usarla
porque el papa Benedicto la ha recomendado».
En la calle once con carrera octava, cerca del taller
de Otálora, quedan hoy las últimas sombrererías
de la ciudad. El sombrero, que hasta los años cincuenta
fue una prenda casi obligatoria, ha sido relegado
desde entonces. Ernesto Ayarza es dueño de cuatro
sombrererías en la calle once, y hace más de sesenta
años se dedica a este negocio. Su esposa, Rosa Bermúdez,
recuerda las faenas de costura de su familia
en los años cuarenta: «En mi casa se confeccionaba la
ropa de toda la familia. Los viernes santos mis tías
caían rendidas, después de hacer ropa nueva para todos,
porque ese día siempre había que estrenar».
Pensar hoy en hacer la ropa de toda la familia resulta
difícil de creer. Con los años Bogotá dejó de ser
la ciudad de un puñado de familias ricas y de montones
de analfabetos enruanados. Aquí el tiempo ya no
pasa como arrastrándose, sino vertiginosamente.
Bogotá se ha convertido en una gran capital, caótica
como las grandes ciudades, pero tan diversa y cambiante
que resulta difícil aburrirse. Quizás porque, casi
siempre, existe la posibilidad de escoger.