Mediodía. Millares de bogotanos aprovechan la
feliz coincidencia de que las manecillas del reloj
hacen el amor sobre las 12, y salen disparados a
buscar ese maná meridiano llamado el corrientazo.
El Diccionario que nos rige sólo acepta corrientazo
en su significado de «descarga eléctrica en el cuerpo de
una persona o animal». No importa. Paleontólogos del
idioma del Caro y Cuervo y de la Academia Colombiana
ya lo tienen clasificado, sin comillas. El corrientazo
es el mismo almuerzo popular. Se hermana con comida
casera, ésa que parece hecha por la mamá.
Esta costumbre gastronómica tiene un pariente rico,
el almuerzo ejecutivo, un tris más aristocrático. En Colombia
todo tiene su estatus, hasta la forma de calmar
el hambre. Gajes del oficio de ser colombianos.
Sonatas, periodismo, corrientazo
Así como la sonata, el juego de ajedrez o una noticia
periodística tienen apertura, medio juego o desarrollo,
y final, el rito del corrientazo incluye sopa, seco y
postre.
En estas tres fases, los restauranteros —mamás del
mediodía— procuran lucirse. De allí depende la viabilidad
del negocio. En tales instancias podrán balancear
dietéticamente tan fundamental componente de
la cotidianidad.
Así como el sábado se hizo para el hombre y el
puntico para la i, muchos restaurantes están imaginados
para satisfacer a la aristocracia del corrientazo.
Allí nace y muere su parábola vital.
Al mediodía, la ciudad se vuelve un solo corrientazo
largo en todas direcciones. A nadie se le ocurriría
iniciar una revolución a las 12 del día. Correría el
peligro de quedarse íngrimo. El almuerzo primero, las
revoluciones después.
El corrientazo tiene mucho de oasis en el desierto
laboral del mediodía. Su oficio es desestresar. Los
empleados, claro, aprovechan la coyuntura para despotricar
del jefe, de sus camaradas más prósperos, o
de la bella que les niega una canita al aire.
Una derrota social
Tratadistas gastronómicos como el mexicano Juan
Villoro sostienen que almorzar solos es una derrota
social. No es cierto. La soledad de uno, en compañía
de su vianda meridiana, sirve para replantear lo hecho
en la mañana y definir la estrategia para el resto
de la velada.
Los robinsoncrusoes del mediodía también son
bienvenidos. Comprador es comprador, reflexionan
los dueños desde su pragmatismo de todas las horas.
Por inercia, a los solitarios les tocará compartir
mesa con personas que sólo verán una vez en la
vida. En esa charla, el solitario será estruendosamente
ignorado. No importa, nuestro personaje sabe que
la charla ajena será la salsa o el picante de su propio
almuerzo.
En ese lapso se enterará de cómo marchan las cosas
en una oficina que no es la suya. Sabrá que mengano se
extrovierte con fulana, perencejo con perengano. Conocerá
las debilidades sexuales del jefe y se enterará de
que zutanito ha logrado trepar en la nómina gracias a su
capacidad de lagartería, intriga o arribismo.
Mapa gastronómico
Todo activista del corrientazo tiene diseñado un mapa
mental de los sitios donde almorzará. Los hay que le
guardan fidelidad a una sazón. En otros casos, la fidelidad está dada por los cinco o seis mil pesos que cuesta
el golpe.
La plata para el diario está rigurosamente repartida.
Cualquier exceso puede comprometer el parsimonioso
regreso a casa, convertido en racimo humano,
en la claustrofobia del bus o del transmilenio, donde
rateros que también comen harán todo lo posible por
redistribuir forzosamente el ingreso del otro.
En los días de quincena es otro el cantar. Como
ese día somos millonarios fugaces, aprovechamos
para salirnos del libreto y probar bocados más pantagruélicos,
cuyos precios oscilan entre los diez y quince
mil pesos. Adiós monótono menú diario.
Al final de la quincena tocará buscar menús de tres
o cuatro mil pesitos. En estos casos nos espera una
servilleta partida en cuatro, atravesada por un anoréxico
palillo, con el cual saldremos a la llanura a proclamar,
mientras nos hurgamos entre los dientes, que
este pecho acaba de almorzar.
Los indiscutidos y anónimos héroes de estas jornadas
gastronómicas son los propietarios, cocineras y
meseros que lo han dispuesto todo para su prominente
cliente, generalmente enemigo personal de la propina.
La burocracia del restaurante ha madrugado a la
plaza de mercado y a la cocina para que no escape
detalle alguno.
Todos han hecho un máster en atención
al cliente, lo que les permitirá cambiarles la sopa
por el huevo, la carne por pollo, el patacón por superávit
de papas.
De esa atención dependerá que se agoten las existencias.
El resto habrá que reciclarlo para el día siguiente,
o consumirlo. La burocracia restauranteril
también tiene derecho a su corrientazo. Loor a estos
seres que mueven, y de qué forma, la economía
de la ciudad: dando de comer al hambriento del mediodía.