Sobre la evolución y otras yerbas
Mario me llamo / soy mordisco al aire /
soy un husmea-cosas / soy un cuenta-cosas
El otro Mario Rivero
Por Juan Gustavo Cobo Borda
«Y así mientras escribes unos versos.
Que es todo lo que tienes para rescate»
María Mercedes Carranza y Mario Rivero, bajo la
mirada de Silva. Foto cortesía de la Casa de Poesía Silva.
Esto es lo que decía Mario Rivero en el 2007, cuando ya la turbulencia desatada de los años juveniles le había dado paso a una larga introspección melancólica, muy cercana a la elegía. Me refiero a sus libros Los poemas del invierno (1996), Flor de pena (1998), V salmos penitenciales (1999) y Balada de la Gran Señora (2004), en donde el dolor era explícito desde el título mismo.
Era como el lado oscuro, el reverso de sus cantos a las muchachas de pollera-pronta, cuya fácil sensualidad y baratos perfumes lo impregnaron como una ola de luminosos deseos. Ahora diría: «Soy la famosa cosechadora con su guadaña / La Dama- Muerte».
Ya no más el jazz, el tango o el bolero. Ahora leía el Eclesiastés y no vacilaba en terminar un poema con el secular: Misere Nobis.
En su libro de entrevistas con Guido Tamayo, Porque soy un poeta (2000), Mario Rivero había recordado, como una herida aún ardiente, sus duros orígenes en un Medellín de blancos, que despreciaba a los «negritos» sin plata, como él. Y cuya agresiva venganza sería seducir muchachitas burguesas o intentar hacerse rico en oficios inverosímiles: discursos de coronación de reinas de belleza o semblanzas de los toreros de moda. Pero le quedaba también un arma secreta: la perdurable longevidad de la poesía, zahiriendo a esas burguesitas caprichosas e inconstantes:
Te santifico y te pongo una corona helada,
¡una corona yerta! Es el castigo que te inflijo,
madona de la desmemoria,
nuestra señora del Santo Olvido,
Virgen de la Amnesia.
Cerrada la etapa de Medellín su bronca humanidad emigró a Bogotá, donde comenzaría a publicar poemas en El Tiempo y notas sobre arte en El Espectador;a ser crítico de pintura de la revista Diners y a dirigir durante 15 años el celebre programa «Monitor», de Caracol. Como lo recordaba Marco Palacios, le gustaba ir a las casas de citas con los amigos a beber, y era ya un personaje ineludible de la carrera 7, despachando desde la cafetería árabe El Califa, revisando sus varias cuentas de ahorros en los bancos de la Avenida 19, e intentando un nuevo, genial, efímero negocio.
Ilustración de Gastone Bettelli para el poema de Mario Rivero, La Esperanza
En 1977 escribió el primer libro sobre Fernando Botero; en 1973 adquirió una casa en La Candelaria; y volvía una y otra vez, con reiteración obsesiva, a la música de las calles, a la historia del ambicioso joven de provincia dispuesto a conquistar la capital, dispersa su energía entre tantas tentaciones (una mujer, un cine, un bar, una pieza de hotel) y finalmente solo en el insomnio frente al televisor. O se volvía un desocupado mirón en los domingos del Parque Nacional.
Había aprendido en el exteriorismo de Ernesto Cardenal a ser concreto; a dar en el poema nombre y profesión de su protagonista; y, curiosamente, a contrastar esos cuadros de inquilinato y madrugada fría, con innumerables elegías a personajes de la historia o la literatura: Simón Bolívar, José Asunción Silva, Vincent van Gogh, François Villon, Ho-Chi-Minh, T. E. Lawrence. Y también son interesantes sus propias recreaciones de la famosa Antología de Spoon River, de Edgar Lee Masters. El poeta que se quería urbano caía tentado por los grandes hombres siempre más humanos en el fracaso. Y el que pretendía inaugurar una nueva tradición volvía al final, quién lo creyera, a la iglesia de la infancia y al ruego atribulado a la Virgen María. De esas contradicciones estaban hechas su poesía y su figura, tratando de enumerar ciertas cosas que aún no se hubieran nombrado y que, como lo refrendan sus últimos poemas, eran las mismas de siempre: la golondrina y la rosa, la mujer que espera la última unión para cargar, «de noche y de día», con su pena. Tal el poeta generoso que sostuvo desde 1973 la revista de poesía Golpe de dados, y que nos ha dejado, saturados sus versos de las calles bogotanas, sin haber sido aún leído a cabalidad.
Mario Rivero, ( 1935 - 2009) Antología mínima
Señor K
Franz Kafka
novelista checo
vendedor de seguros de vida
—Compañía de Accidentes de Trabajo
del Reino de Bohemia—
al cruzar los pasillos
de una notaría
y ver legajos empolvados
pensé en usted
Sentí que los días trabajan
discreta y taciturnamente
sobre nosotros
imaginé un espejo
y vi una arruga en mi frente
y una mosca
en la nariz del notario
Poemita
Tuve un pequeño pájaro
que cantaba para mí cada día
cuando el alma se estaba entumeciendo
y descarrió su vuelo.
Tuve una pequeña moneda de oro
hecha en los siglos anteriores
—y sin equivalente—
y la perdí en la arena.
En un lejano viaje
encontré una pequeña rosa —no corriente—
—sin con qué comparar—
pero otro peregrino la quebró de su tallo
y la prendió en su ojal.
¡Ah pequeña rosa
pequeño pájaro
pequeña moneda!
¡Qué fácil para alguien como yo morir!
Un habitante
Este hombre no tiene nada qué hacer
sabe decir pocas palabras
lleva en sus ojos colinas
y siestas en la hierba
Va hacia algún lugar
con un paquete bajo el brazo
en busca de alguien que le diga
«entre usted»
después de haber bebido el polvo
y el pito largo de los trenes
después de haber mirado en los periódicos
la lista de empleos
No desea más que dónde descansar
uno-por-uno-sus-poros
Hay tanta soledad a bordo de un hombre
cuando palpa sus bolsillos
o cuenta los pollos asados en los escaparates
o en la calle los caballitos
que fabrica la lluvia feliz
Y dentro en la tibieza
las bocas sonríen a la medianoche
algunos se besan y atesoran deseos
otros mastican chicles y juegan con sus llaves
crecen los bosques de ídolos
y el cazador cobra su mejor pieza
Motivos del día
Mario me llamo
soy mordisco al aire
soy un husmea-cosas
soy un cuenta-cosas
Todas las mañanas
siento la hoja de barba
y la caricia del agua
cuando en el piso de arriba
posiblemente
un hombre y una mujer
yacen abrazados
Él la tiene en sus brazos
medio adormilada
mientras oriento mis pasos
hacia el día
Digo mentiras inútiles
y verdades inútiles
Converso con los ancianos
que descansan en la hierba
o sobre los pedestales
de los héroes
Con el buhonero
que vende transistores
o lentes para que alguien se esconda
Con las nucas
que en los colectivos
se apoyan sobre el hombro
del vecino
Con los huéspedes de las buhardillas
y las de los cuartos
de las casas coloradas
con rendijas
que miran a los árboles
Llego hasta el apartado
esa ventanita al mundo
abro una carta
que tiene una estampilla
de los mares del sur
donde los pescadores
tiran varios días sus arpones
hasta dar caza al tiburón
entre espumas de sangre
Voy al parque
y violo una naranja
para no mirar a una colegiala
que hace su colección
de hojas de otoño
Soy bachiller en lentos
amaneceres en los puentes
Todos mis recuerdos
tienen el leve brillo
de una joya perdida
aunque hay momentos
que merecen repetirse
Soy un husmea-cosas
soy un cuenta-cosas
un cero grita bajo mis zapatos
La Esperanza
La muchacha de verde, la putita vestida de verde,
brillante como el verde de una pradera en el sol del verano,
la del antifaz. La muy solicitada bailarina.
La más acariciada bailarina de las que bailan en esta mascarada,
pidiendo oídos dónde verter palabras…
Y yo sentado en un rincón mirando. Mirándola
bailar primero con un hombre, y luego con el otro.
Bailar con miles de hombres. Hasta que me pregunto:
¿No oís ese sonido estruendoso y desolador, de lo que acontece afuera,
que también forma parte de la música?
Bailarines: parad de bailar con La Esperanza.