Gastone Bettelli, un italiano platanizado al que le dieron
la nacionalidad honoris causa, habla de Gastone Bettelli
Retrato de Gastone Bettelli por Indira Restrepo
Cuando niño, mis padres acostumbraban vestirme de dos maneras: una para los días de la semana y otra para los domingos. Era el traje dominguero, pero a mí nunca me fue muy bien con él. Cada vez que me lo ponía me sucedía algo: una caída, un desgarre en el pantalón, un resbalón con la cicla, todo. Y esto siempre en domingo, al contrario de la famosa película de mis tiempos. Una verdadera fatalidad. Por eso quisiera que esta autopresentación tuviera la «pinta » y el sabor de cualquier día de la semana, ojalá de viernes o sábado, menos de domingo. A ver si me va mejor con este cuento.
Cuando yo nací —en Módena, Italia— mandaban dos tipos en la Europa de esa época, tan poco recomendable para los pacifistas; dos personajes execrables: en mi país uno de mentón protuberante, que hizo que los trenes llegaran a tiempo, pero también las bombas. El otro, de ridículo bigotito bávaro y chaplinesco, se hacía llamar con furor führer.
Europa vuelta nada, y yo pasando mi infancia entre ruinas. Ruinas antiguas, de las que abundan en Italia, más las recientes —nuevas— producidas por modernos bombarderos, originados en circunstancias históricas conocidas. Un edificio que se mantuvo en pie fue el venerable Instituto de Arte Adolfo Venturi de mi ciudad, fundado por uno de los duques d´Este de Módena, allá por el año 1600, en donde no sólo estudié arte sino que también, díscolo como era, hice sudar y sufrir a mis profesores, y aun así, gracias a algún misterioso sortilegio, me gradué con méritos. Atribuyo el milagro a mi amado Mandrake, un verdadero mago, del cual era yo asiduo lector en esa época. Sin subestimar las ayudas colaterales de san Damián, milagroso patrono de Módena.
También milagrosamente me encontré estudiando en la Academia de Bellas Artes de Roma, entre otro cúmulo de ruinas antiguas, y logré abrir la puerta y poner un pie en el Studio Grafico Favalli, el mejor de la capital italiana para la publicidad de cine, donde no sólo conocí a actores y actrices de la época sino que también produje algunos afiches y materiales gráficos para algunas películas de entonces. Luego —también, como por arte de magia— me vi navegando sobre una cáscara de nuez llamada Marco Polo, en su ruta de Génova a Cartagena de Indias, de donde salté a Bogotá, ciudad que confunde al visitante ya que, a pesar de encontrarse en pleno trópico, tiene temperaturas a prueba de ruana, un adminículo que encontré en abundancia a mi llegada, en 1958. Metido en una de ellas, empecé a infiltrarme en el medio del arte de la capital colombiana, donde hice algunas cosas que sacudieron un poco el ambiente ya que, además de Mandrake, traía conmigo a ese otro gran mago llamado Marcel Duchamp. En la recién estrenada biblioteca Luis Ángel Arango hice una exposición titulada el Ojo táctil, un truquito visual comparado con los fenomenales de mi mago, pero lo suficientemente impactante para ser admitido en tan respetable institución cultural. La muestra fue admirada por Marta Traba y Alejandro Obregón.
Pero ya por esa época me había vuelto una especie de renegado bipolar e ingresé al mundo maldito de la publicidad. Mi mago, Mandrake, me abandonó a mi propio destino en el embrionario mundo del mercadeo. Pero la publicidad también tiene sus ventajas, entre otras, los viajes. En uno de ellos asistí en Amsterdam a la primera gran retrospectiva de la posguerra de Rembrandt, y fue impactante toparme cara a cara con uno de los retratos del maestro holandés y, a partir de ese momento, emprendí de nuevo mi incierto camino hacia el mundo del arte, siempre comprometido alrededor de un principio útil para mí e inseguro para mis resultados.
Aprendí que la creatividad es probar y errar. Si se acierta, ¡eureka!, y si no, pues a arrancar de nuevo. Que no hay fórmulas que valgan; como acertadamente lo decía el poeta Machado: «se hace camino al andar». Las cáscaras rotas denuncian al pollito recién nacido, pero no muestran de qué gallina viene el huevo, y es bueno saber, mientras elaboro esta tortilla memoriosa, que mi visión del arte fue empollada por algunos artistas que aquí cito al azar, dejando por fuera tantos otros que también bien merecerían estar en la short list: Luigi Spazzapan, Giorgio Morandi, Franco Gentilini y un gran ilustrador llamado Giorgio de Gaspari, todos artistas del pincel que hoy en día, dados los cambios y las modas recientes, estarían recluidos a la nostálgica pintura de caballete, enviada a principios del siglo pasado al cuarto de san Alejo por el mago Marcel Duchamp.
Pero la pintura es resistente, y no podría negar que, de este lado del mundo, dos artistas locales han estado muy presentes, si no en mi obra sí en mi pensamiento. Dos estrellas supernovas que cruzaron el cielo colombiano en un germinar pródigo en talentos. Me refiero a Alejandro Obregón y a Fernando Botero, pertenecientes a una generación admirable, anterior a la mía. Con Marcel Duchamp a la cabeza, el arte ha querido acercarse más a la vida que al lienzo, y no protestamos, ya que no es de descartar tampoco un precepto válido para todas las artes y que el escritor francés Jean Giraudoux definió de manera precisa: «El arte es lo que no se ha hecho todavía».
Colombia es un país sorprendente y en 2002 me sorprendió, a través de la Canciller Barco, otorgándome la nacionalidad. Agradecí mucho, pero pensé: ya era colombiano desde hacía 50 años.
A principios del siglo pasado la pintura de caballete fue relegada al cuarto de san Alejo por el mago Marcel Duchamp.