Llegaron en el siglo XVI. Su tierra quedaba al otro lado del mundo, en las desérticas tierras de Sudán occidental, en la costa de Guinea, en el enorme territorio del Congo, en las selvas y desiertos de Angola. Hablaban lenguas como el carabalí, el biáfara, el nalu, el arda y el mandinga. Arribaban al puerto de Cartagena, apretujados en barcos repletos. Para evitar que se rebelaran, los mezclaban indiscriminadamente unos con otros: yolofos, fulos, ararás, berbesíes, bantúes. Llegaban preguntándose dónde estaba el grueso tronco del baobab, dónde las enormes bestias y las fieras que habitaban la tierra donde cultivaban, pastoreaban su ganado y explotaban las minas. Vinieron como esclavos a trabajar en agricultura y ganadería, como mineros, e incluso como vendedores. Las mujeres eran explotadas para ejercer la prostitución. Lejos, muy lejos, habían quedado su tierra y sus dominios.
Hace ya quinientos años que llegaron como esclavos los primeros negros a Colombia y a Bogotá. Hasta el 21 de mayo de 1851, día en que José Hilario López decretó una ley que abolía la esclavitud. Este mes, cuando se celebra en Colombia el Día de la Afrocolombianidad, reconocemos los enormes aportes de una raza que trajo consigo sus conocimientos médicos, sus creencias, sus bailes y sus cantos. Hoy en día, más de un millón de negros, raizales, habitan la ciudad y son el vestigio de aquellos que llegaron desde África hace cientos de años al puerto de Cartagena.
Isabel, Gaspar, Antón... son algunos de los nombres que les dieron a los primeros esclavos negros que llegaron a Santa Fe. Los hombres vestían sombrero de junco y pantalones de raso; no llevaban camisa. Las mujeres una suerte de mameluco que usaban enrollado al cuerpo. Estos primeros habitantes negros de la ciudad trajeron conocimientos médicos, basados en su conocimiento de las plantas y los animales. Sus ungüentos, pomadas y demás remedios curaron a mucha gente durante la Colonia. Trajeron también su habilidad musical. Así, por ejemplo, en el siglo XVII, en la Catedral Primada había coros de negros que cantaban unas piezas en las que se mezclaban los ritmos españoles con los lenguajes africanos. Una de ellas decía: «Di guinea salimo, zambacate, zambacate, y a buscale venimo que la vira de, ay, ay, ay, que vilanos, ay». La raza negra estaba divulgando su cultura en la por entonces pequeña Santa Fe.
En su minucioso libro, titulado Negros, mulatos y zambos en Santa Fe de Bogotá, la historiadora Carmen Ortega rememora la celebración que tuvo lugar en la capital meses después de declarar el fin de la esclavitud, y que el cronista Cordovez Moure describió así: «Veintiún salvas de cañón en la Plaza de Bolívar, y las campanas de las torres echadas a vuelo, saludaron la aurora del primero de enero de 1852 en homenaje a la ley que libertó a los esclavos».
Pero la lucha por el reconocimiento y la igualdad no terminó cuando se consiguió la libertad. Aún hoy, la raza negra sigue siendo discriminada. A Bogotá los negros no llegan ya desde la lejana África, sino de Quibdó, Buenaventura, Cartagena, el Valle del Cauca... La violencia y la pobreza los han obligado a dejar sus tierras. El desplazamiento forzado ha afectado mucho a los afrocolombianos. La Constitución de 1991 contribuyó a que las comunidades negras se agruparan y tuvieran un poder de representación con el cual pudieran participar activamente de las decisiones políticas. Se estima que actualmente 10.5 millones de personas en todo el país son afrocolombianos. El uno por ciento vive en Bogotá. Lastimosamente, el racismo, la desigualdad, es la sombra que sigue cubriendo a la raza negra.
El aporte de la raza negra a Bogotá ha sido muy grande y ha tocado todos los campos: desde las imágenes urbanas de la ciudad que describió con mano maestra Manuel Zapata Olivella en su novela La calle 10, hasta en la gastronomía que se sirve tanto en los almorzaderos como en los más exclusivos restaurantes de la ciudad, los bailes y la música contagiosa. Mención especial exige el hecho de que los afrocolombianos han favorecido el desarrollo del deporte de la capital, con la participación de atletas y entrenadores que han contribuido a hacer de Bogotá una potencia en este campo.
La Secretaría Distrital de Cultura, Recreación y Deporte, y su Subdirección de Prácticas Culturales, ha asumido la implementación del enfoque poblacional como una herramienta que facilita el ejercicio de los derechos culturales para las diferentes etnias y poblaciones que habitan la ciudad, dentro de las que se cuentan los afrocolombianos, mediante apoyos concertados que promueven la diversidad, el pluralismo en valores y la autonomía, así como mediante procesos de sensibilización con un impacto público y privado, que contribuyan a disminuir las brechas de desigualdad. Además, se planea implementar un Sistema Distrital de Arte, Cultura y Patrimonio que represente la diversidad cultural de los diferentes grupos y comunidades de Bogotá, creando Subsistemas en donde estos sectores tengan voz y voto para hablar de sus intereses y significaciones culturales.