El desocupado y desprevenido lector —ojalá todos lo fueran, y entiendo por desocupado al lector que carece de ocupaciones, ya sean críticas o instructivas, que no está relleno por dentro de teorías y prejuicios, y goza de tiempo y sensibilidad— encontrará en Ursúa, la primera novela del poeta y ensayista William Ospina, el relato, la historia de la vida de Pedro de Ursúa, un soñador, un aventurero, un hombre de guerra nacido en Navarra, España, que viajó a tierras de América siendo muy joven y fue gobernador de Santa Fe de Bogotá, conquistador de muchos territorios de la Nueva Granada y emancipador de muchas tribus; fundador de Pamplona, cuya obsesión fue encontrar el oro muisca, el gran tesoro de Eldorado, y encontró a cambio la muerte al mando de la segunda expedición al río Amazonas.
Encontrará, también, la historia de una época, la de la segunda mitad del siglo XVI, y el retrato del paisaje de las nuevas tierras del continente americano, y el de muchos hombres que vivían aquí, ya fueran de las tribus nativas o de conquistadores y hombres de guerra, como Sebastián de Belalcázar, Pedro de Heredia, los hermanos Pizarro, el mariscal Jorge Robledo, entre muchos otros, y el relato de innumerables aventuras que ellos tuvieron, pero sobre todo encontrará el Horror, con mayúscula, de lo que aquí sucedió en aquellos tiempos: la crueldad de los conquistadores, el exterminio de muchas tribus, las matanzas, las guerras para apoderarse de los territorios y de los tesoros, las carnicerías con perros, las envidias, los odios, las traiciones y los engaños entre los mismos conquistadores, los asesinatos cometidos con crueldad. En suma, encontrará una historia desmesurada, monstruosa, de sangre y fuego, contada de una manera soberbia y fascinante que nos hace sentir el mismo corazón del horror.
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La novela —hay que subrayar el hecho de que es una novela— tiene una virtud rara: nos hace ver el siglo XVI de nuestra historia con los ojos de un hombre del siglo XVI, y por eso nos hace ver la historia con ojos distintos a los que estamos acostumbrados cuando de estudiar o aprender historia se trata y, más aún, cuando nos la enseñan desde la cátedra del colegio o desde los tradicionales textos de historia.
Los héroes que nos han vendido, esos hermosos y recios conquistadores que fundaron a Santa Fe de Bogotá y a Cali y a Santa Fe de Antioquia y a Cartagena y a Santa Marta, y que nos trajeron la lengua castellana y la cruz de Cristo, fueron sí, hombres audaces y valientes, pero ante todo fueron hombres crueles y ambiciosos que no sabían que estaban fundando un país, ni una leyenda, sino que estaban obsesionados por el poder y por el afán de encontrar o amasar una riqueza prodigiosa. Pocos fueron los hombres justos y virtuosos que aquí llegaron, y Ursúa no se contaba entre ellos.
Discutir si la novela es real o no carece de sentido. Las novelas no son reales en el sentido objetivo y sustantivo del término: son obra de invención, de imaginación, aunque es evidente que novelas históricas como Ursúa, o Las memorias de Adriano de Marguerite Yourcenar, o El muchacho persa de Mary Renault (la vida de Alejandro Magno, narrada en primera persona por el eunuco Bagoas, su criado y amante) tienen al fin y al cabo una rigurosa investigación que le da piso a la historia y veracidad a los detalles de la época. Lo importante aquí es la forma en que la voz de un poeta nos va contando una historia trágica y hermosa, y nos hace sentir, gracias al lenguaje, realidades que escapan a los historiadores y se convierten en esenciales y vivas en la agradecida y hospitalaria imaginación del lector.
Para fortuna nuestra, Ursúa es una historia contada por un poeta, cantada por un poeta.
Fragmento de Ursúa
[A Ursúa] “le hervía la sangre por guerrear, y llegó a una región donde se preparaban grandes combates, pero aquellas no eran guerras contra los indios, en busca de los tesoros ocultos de la montaña, sino enfrentamientos entre los propios españoles, y él había venido a buscar otra cosa. Para combatir con hombres blancos habría podido quedarse en su tierra, donde por esos días el emperador llevaba sin tregua sus tropas a repintar con sangre y ceniza las fronteras. Ursúa buscaba adversarios distintos, guerras asombrosas, y todavía me revuelve las entrañas pensar que las armas que lo mataron no fueron flechas con veneno de hierba en la punta, ni lanzas con embrujos y cascabeles, sino aceros templados en Toledo y en Ávila. En los umbrales de su aventura, no presentía que unos años después sería juzgado bajo el rigor de las Nuevas Leyes por sus crueldades con los indios ni que sería su propio tío materno, tan devoto de leyes y de reyes, quien lo iba a empujar a esas campañas de exterminio que aquí se llaman siempre de pacificación.”