Estremecedor testimonio de 84 minutos, grabado en 2003, con imágenes crudas pero espontáneas que captan la cotidianidad violenta y apasionada de la comuna 8 de Medellín. Contiene varios dramas humanos de quienes sobrevivieron o no desde un barrio dominado en aquel entonces por comandos juveniles de las autodefensas y milicianos del ELN. Revela cierto malestar arraigado dentro de lo más oscuro y quizás triste e inexplicable de nuestra vulnerable realidad. “Estamos en manos de muchachos armados” —dice en la película un tendero—.
Si hay regiones del país rural que siempre han vivido en medio del conflicto armado, con una población civil atrincherada entre dos o tres fuegos cruzados, confusos enfrentamientos entre guerrilleros y paramilitares, éstos también suelen presentarse en los perímetros urbanos . Al sumar las presiones del narcotráfico y uno que otro golpe bajo de la delincuencia común, La Sierra presenta facciones de las autodefensas que se disputaban el control de territorios anteriormente en manos del Ejército de Liberación.
DOCUMENTALISTAS
Scott Dalton y Margarita Martínez, camarógrafo norteamericano y periodista colombiana, han realizado el documental de mayor impacto social del cine colombiano de los últimos años. ¿Cómo lo lograron? Frecuentes visitas con cámara y micrófono, convivencia o familiaridad de varios meses y notas directas principalmente proporcionadas por tres jóvenes que permanecían al margen de la ley o desamparados por las instituciones.
Desde las empinadas laderas del centro oriental de la capital antio-queña, bajo las riendas del Bloque Metro absorbido más tarde por el Cacique Nutibara, este barrio se preciaba de haber expulsado a los movimientos subversivos. De no ser por tan valientes cineastas, jamás hubiéramos sabido del infierno qué allí se vivió ni de los detalles humanos percibidos como radiografías de muchas, pero muchas existencias truncadas a lo largo y ancho del mapa nacional.
Un fenómeno muy complejo que afecta a toda la sociedad y deja secuelas sobre adolescentes martirizados por la guerra y sin futuro. Niños indefensos y testigos presenciales que se familiarizan con los cadáveres; madres solteras de quince años que vuelven a quedar embarazadas; desempleo generalizado y rebusque al por mayor; más ausencia de la fuerza pública, impunidad, prostitución juvenil, vandalismo, drogadicción, carencia de escuelas y centros de salud, etcétera, etc.
Su efecto trágico no es gratuito ni sensacionalista sino cine puro. Capta desde sus comienzos el dolor de sus habitantes frente a la muerte que ronda diariamente como síntoma manifiesto de su enloquecedor entorno. Dos ejemplos: chiquitos que impávidos observan escenas bien macabras y mujeres-niñas que lloran al novio o hermano cuyo cuerpo desgonzado yace a orillas de un caño. “Esta guerra está muy dura” —advierte uno de ellos—.
TESTIMONIOS
Edison, 22 años, alias La Muñeca. Armado desde los quince, abandonó sus estudios puesto que siempre sintió fascinación por el tote . Cultor de la violencia, pasó algún tiempo en la cárcel de Bellavista, por cargos de homicidios y extorsiones en los cuales, según él, no participó. Comandante paramili-tar, autoridad y juez, soñaba con ser ingeniero civil para construir centros de salud en los lugares donde “había estado echando plomo”. Fue asesinado por azar en una visita sorpresiva de las fuerzas armadas —he aquí el giro más imprevisible y dramático del documental dos veces exitosamente emitido por el Canal Caracol—.
Jesús, 19 años, miliciano que perdió una mano y al no poseer documento de identidad se quedó por fuera del programa departamental de reinser-ción —legalismo absurdo para quienes siempre han estado por fuera del establecimiento—. Llevado por la droga, permaneció bajo el liderazgo de Muñeca. Sus comentarios son muy dicien-tes: “es que me volví así de acelerado… de loco. Sueño con saber que mañana estaré vivo,” y agrega: “el futuro nunca nos llegó, y… hemos sobrevivido a otras guerras, ¿por qué no a ésta?”
Cielo, 17 años, perdió al padre de su hijo en combate; visita a su novio patrullero encarcelado en Bellavista y despechada decide probar suerte en bares nocturnos. Aparece, llena de gracia, pintándose los dedos de los pies y pelando una naranja o recibiendo un masaje sentada al borde de un caño. Cabe recordar cómo varias adolescentes le dieron ocho hijos a Muñeca, el comandante Flórez, apenas un poco mayor que aquellas que asistieron embarazadas a su entierro.
CONCLUSIONES
No queda claro en el documental (aun- que sí en la imaginación del espectador colombiano) de dónde provenían los dineros de semejantes organizaciones delictivas. Preocupante resulta cons- tatar la espiral de una violencia incubada como venganza en aquel niño de apenas tres años que afirma querer ser grande para matar a los asesinos de su papá. ¿Cómo puede uno explicarse que, no lejos del centro de Medellín, hayan sucedido tantos desmanes sin presencia de las autoridades legítimamente constituidas? “El asentamiento de guerrillas y paramili-tares en las comunas de la ciudad fue posible gracias a la no presencia del Estado” dijo Sergio Fajardo, actual alcalde metropolitano de Medellín, después de ver la película.
¿De qué manera se están preparando las demás ciudades del país para evitar que zonas deprimidas se conviertan en campos de batalla? Si hubo el anunciado desarme y las partes en conflicto firmaron la desmo-vilización, quedaremos esperando una paz definitiva y que no surjan asuntos inmanejables que se salgan de su cauce. ¡Amanecerá y veremos!