Desde muy joven y recién llegado a Bogotá de la distante Manizales, donde había nacido, Fernando Arbe-láez gozó de una aureola de niño prodigio entre los contertulios de los cafés que frecuentaban los poetas de los años cuarenta. Tanto así, como para que la revista Semana , dirigida por Hernando Téllez, le colocara en la carátula de uno de sus números dedicados a los jóvenes poetas, a quienes llamaban Cuadernícolas, por el formato con que habían publicado algunos de sus libros. En esa edición, y en las páginas interiores, aparecían los otros entrevistados: Charry Lara, Mutis, Andrés Holguín, Gaitán Durán, Maruja Viera, Omer Miranda, Guillermo Payán Archer y Jaime Ibáñez.
Arbeláez, al parecer de origen muy humilde, había estudiado latines y griego en el seminario de su pueblo y, antes de hacer una carrera de abogado que nunca ejerció, fungió de maes tro de escuela, trabajó en un laboratorio de productos farmacéuticos y vendió tractores en municipios del bajo Magdalena. Una vez en Bogotá, su destino literario quedó cifrado. Su amistad con los Nuevos y su vínculo con los de Mito , en cuyo primer número publicó la traducción de un poema de Perse, le llevaron a la poesía de Pound y Eliot, a quienes admiró con fervor. Más adelante ocuparía diversos cargos burocráticos, uno de ellos como director de Extensión cultural del ministerio de Educación, bajo el gobierno de Valencia, y el ministerio de Pedro Gómez Valderrama, cuando publi-caron la obra de Arturo, la de Charry Lara y el Canto llano del propio Arbeláez. Otra de sus empresas memorables fue traer por primera vez a Colombia a Jorge Luis Borges, a quien acompañó en Bogotá, Medellín y Cartagena. Arbeláez sería después diplomático en Suecia y viajaría, gracias a varias becas y bolsas de estudio, por el oriente, hasta que terminó viviendo en un suburbio de Washington y desempeñándose como bibliotecario del Banco Interamericano de desarrollo. A finales de los años ochenta regresó a Colombia, donde gozó de la amistad y del afecto tanto de sus compañeros supervivientes como de la nueva generación.
La obra poética de Arbeláez está reunida en unos pocos volúmenes y responde, tanto por sus intereses como por sus maneras expresivas, a las supersticiones y credos literarios de su tiempo. Creía Arbeláez, con los idea-listas ingleses, con Berkeley, Hume y Locke, que la realidad solo existía en el lenguaje, en su dimensión metafórica. La realidad no se podría aprehender, ni las ideas ni los sucesos podrían ser fijados, almacenados, clasificados, como los objetos del comercio o las producciones industriales o agrícolas. Ideas, hechos, memorias, historia, la cultura sería como el dinero, algo que no existe y sin embargo nos oprime y apabulla.
Cercano a Eliot y a Joyce, a quienes hay que agregar, a medida que crecía como poeta, una incontenible fascinación por las tesis del taoísmo y otras doctrinas orientales. Escribir, para Arbeláez, era una suerte de trance y rito mágico mediante el cual estamos ante la inminencia de una secreta revelación que nunca aparece, una búsqueda zen hacia lo arcano y distante. Lo que nos conduce a una segunda premisa de su temática: el poema como un acto de mendicidad incesante por lo absoluto. Etc., etc. Elementos que quizás estén resueltos en uno de sus poemas capitales, El viejo de la ciudad , que recrea la parábola vital de Kavafis, el poeta de Alejandría, de quien Arbeláez fue —si no nos engaña la historia— su primer traductor al español.
Quien se relaciona con el cielo imita el Tao Lao Tzu, Tao-Te-King
XVI. De la interrogación
Tseu Lu respondió:
“Si no sabéis qué es la vida
¿cómo podéis reconoce la muerte?
Si no sabéis servir a los hombres
¿cómo serviríais a los dioses?”
La prudencia del sabio
alcanza los extremos
del gran cuadrado
sin ángulos.
De Serie China
XXI. La lección
Un pez no sabía
qué era el agua
al preguntar
el pez más sabio
le respondió
si quieres saber
qué es el agua
sal de ella.
De Serie China
XXVI. Li Po
Mejor es el vino
que el renombre
dijo Li Po
quien conoció todo
salvo
la disciplina
y rechazó al mundo
como inútil y complicado.
La negra miseria lo hizo perseguir
la luna
en un estanque.
Se le llamó
armonía-jamás-igualada.
De Serie China
XV
La mañana
surcada de chispas nos lleva
al hospital donde muere
el gangrenado por la serpiente.
Una garza con su pico
arrastra toda la blancura del día.
De Colombia, latitud sur
VIII
Lo que yo tengo
son unos cuantos recuerdos:
un tren entre la niebla y un barco, sí,
un barco en una tarde de hielo.
Cosas amargas, sueños
siempre olvidados, ecos,
caminos, sombras, lechos
en todas las esquinas del mundo,
noches —siempre las noches del invierno—
versos —versos sobre las calles del insomnio—
libros, poemas nunca hechos,
el viejo corazón, sus amigos,
el mar, las canciones del viento,
y una montaña, sí, una montaña
con su dorado marco de misterio.
Es todo lo que sé, es todo lo que puedo
decir, es todo lo que tengo:
memorias… Vagas memorias
que apenas si me esperan en el sueño.
De Canto llano
Soneto de la pena
Oh corazón que intuyes la lejana
claridad de la aurora y la alegría,
¿habrá otra pena cual la pena mía
bajo el diáfano azul de la mañana?
¿Herido corazón de la cercana
luz del amanecer y la armonía
de los dulces cantares, todavía
este sufrir de la esperanza vana?
¿Y este silencio de la voz amada?
¿Y este dolor callado y escondido
del inútil clamor de mi llamada?
¡Tanto me duele, corazón, la herida
que en este grito de ansiedad transido
siento que se me va toda la vida!