OPINIONES Los caminos del turismo Por Gonzalo Medina
FOTO: GERMÁN MONTES
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El debate sobre ventajas y desventajas del turis
mo parece haberse superado: puede ser sexual, depredador de áreas de conservación ambiental y propagador de epidemias; pero es también ocasión para entender culturas diferentes, mecanismo para debilitar prejuicios, y, cuando es doméstico, fórmula para integración nacional. Entre nosotros esa discusión ha sido escasa. La más señalada se dio a mediados de los setenta, y con ella se evitó la urbanización del Parque Tayrona. A pesar de esa actitud complaciente, el turismo no despega. La situación se ha tratado de explicar por la inseguridad creada; antes, por el raponazo callejero, y ahora por el narcotráfico y la guerrilla.
Según últimos datos publicados por la Organización Mundial del Turismo, OMT, 615 000 personas cruzaron nuestras fronteras en el 2001 y nos dejaron mil doscientos millones de dólares. Por comparación, Francia recibió más de 75 millones de visitantes y casi treinta mil millones de dólares. El camino recorrido por Francia para convertirse en la primera potencia turística del mundo revela que, a más de la inseguridad, explican nuestro retraso concepciones equivocadas. Sólo acertadas políticas explican el éxito. No hay destinos fatales ni ventajas naturales. En los orígenes, la nobleza inglesa iba a Roma y Grecia. Francia era desdeñado paso obligado; convertir en atracciones sus catedrales y castillos supuso un trabajo prolongado. Entre 1872 y 1875 termina la prehistoria y se inicia la historia del turismo. Los ferrocarriles, ya desarrollados, rebajaron las tarifas y llenaron los trenes con peregrinos. Desde esa época Lourdes atrae multitudes, y aún hoy es el segundo destino turístico de Francia. La peregrinación religiosa existió desde la Edad Media y en algún sentido puede considerarse como antecedente del turismo actual. Los historiadores no van tan allá y encuentran que el primer turismo se dio cuando se extendió la costumbre de buscar salud en fuentes de agua medicinales o en el aire puro de las montanas. El turismo de playa se desarrolló mucho más tarde.
FOTO: CARLOS MARIO LEMA
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FOTO: GERMÁN MONTES
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Para facilitar el alojamiento, sindicatos y asociaciones construyeron refugios elementales en los sitios de atracción. Como siempre, se buscó masificar; la hotelería de lujo —y la misma hotelería formal— siempre ha sido marginal. Se calcula que toda Francia tiene capacidad para alojar 25 millones de turistas, pero sólo 1,2 millones de camas son manejadas por hoteleros registrados. Como en Colombia, el 35% de los franceses pasan vacaciones en casas de parientes o amigos.
La preferencia por el turismo popular se mantiene. París produce el 32% del ingreso turístico francés, recibe más de quince millones de visitantes al año y, al contrario de lo que pueda pensarse, la mayoría de sus hoteles no son de lujo: sobre 2 398 registrados, el 7% son de lujo, el 19% son baratos, y el 45% son de dos estrellas con precio cercano a sesenta euros la noche, equivalente a diez horas de trabajo con el salario mínimo de los franceses.
Esta tendencia se mantiene: hoy se propone a los parisinos con cuartos libres en sus apartamentos recibir visitantes para aumentar el numero de alojamientos y darle a la ciudad un nuevo atractivo: la posibilidad de conocer a sus habitantes de forma cercana. Y la cadena Accor —administradora del Santa Clara, en Cartagena— se propone vender hoteles de lujo para incrementar su capacidad de alojamiento de bajo precio.
Sitios de interés, transporte adecuado y facilidades de alojamiento, no bastan para conformar la industria turística. Hacen falta los turistas, esto es, personas con tiempo para viajar. Francia no los importó: los produjo dentro de su fronteras. A esto equivalen todas las políticas del tiempo libre: siguiendo a Austria, donde las vacaciones pagadas se introdujeron en 1910, Francia las implantó en 1936. Veinte años después se aumentaron a tres semanas anuales. En 1969, siguiendo el acuerdo de Renault con sus trabajadores, conseguido seis años antes, las vacaciones se elevaron a cuatro semanas. A partir de 1981, las vacaciones pagadas son de cinco semanas cada año. En ese mismo año se crea el Ministerio del Tiempo Libre, y en el 2001 se implanta la semana laboral de 35 horas. Esto explica que, para sorpresa de muchos, el turismo de los franceses en Francia duplique en importancia el turismo de extranjeros.
Colombia no ha seguido el mismo camino y el resultado es poco alentador. Esperando extranjeros de lugares distantes, montamos hoteles costosos (según la OMT, en promedio, un turista en Francia gasta 400 dólares y en Colombia 1 951 dólares) con ocupación del 40%, mientras en Francia es del 60%. Esto aconsejaría cambiar de objetivo. Promover el turismo doméstico y, más aún, el de vecindad. Bogotá, en lugar de buscar japoneses o australianos, buscaría que sus habitantes conocieran la propia ciudad; en París, día y noche, grupos esco- lares recorren la ciudad para descubrir aspectos que luego serán atracciones: gracias a ellos el Centro Pompidou, inaugurado en 1985, hoy tiene seis millones de visitantes anuales.