Maestro
Guillermo Angulo
Director Ciudad Viva
Instituto Distrital de Cultura y Turismo
Estimado señor director:
Sus consideraciones sobre las transformaciones del lenguaje, siempre presentes en la historia de la comunicación humana, son provocadoras. Pone usted en escena el debate sobre el papel desempeñado por la palabra y por los signos verbales o escritos que le dan un sentido determinado a lo que nombran. Sabe bien usted que el delicioso oficio de nombrar, siempre de la mano con el de conferir sentido desempeña un papel determinante en la compleja dinámica del mantenimiento y el cambio. Sabe también usted que el lenguaje es la manifestación concreta de la conciencia sobre la existencia del ser, del mundo y de sus relaciones y vehículo por excelencia de la reproducción o la transformación de las condiciones que concurren en la vida de mujeres y hombres, en el abordaje humano de la naturaleza y en la dinámica de la organización social.
Al calificar como “guerra [gramatical] de los sexos” y traer como ejemplo el “delicioso artículo” del “filósofo católico Julián Marías,” en el que su autor utiliza formas gramaticales que ridiculizan el difícil ejercicio de construir un lenguaje incluyente de las mujeres, se ponen en evidencia algunas de las ancestrales y profundas resistencias a los necesarios cambios que contribuyen a asignar valor a las diferencias de género. Nada menos apropiado que llamar “guerra de sexos” a un propósito de incidir en el universo de los símbolos que, a diferencia de las guerras que siempre destruyen, construye nuevas realidades. Y nada más oportuno para demostrar la obsolescencia de dicho escrito, que traer como ejemplo la ironía de Marías, cuyos planteamientos están investidos de la misoginia de una institución que como la iglesia católica niega a las mujeres, entre muchos otros derechos, el del ejercicio el sacerdocio.
Crear nuevos lenguajes, transformar las palabras cotidianas, realizar ejercicios gramaticales que hagan visible lo que durante milenios permaneció oculto; ejercer el derecho de ser nombradas, es abrir caminos para la realización práctica y cotidiana de los valores de justicia social y para reconocer que la igualdad sólo es posible si se reconocen y resignifican, individual y colectivamente, las diferencias.
El uso de un lenguaje incluyente y visibilizante de las diferencias entre mujeres y hombres compromete activamente al 53% de la población que habita el Distrito Capital, que pertenece por nacimiento al sexo femenino, e invita a que en todos los espacios en los cuales concurren mujeres y hombres, las ideas se encarnen en los cuerpos.
Las necesarias transformaciones en las relaciones entre mujeres y hombres, que obligan hoy a reconocer como legítima la presencia de las mujeres en el ámbito público, encuentran en las resistencias a transformar el lenguaje barreras que hacen mas largos y lentos los caminos de la inclusión, el reconocimiento y la democratización de las mentes, más lenta aún que la democratización de las organizaciones y las estructuras sociales, económicas, políticas y culturales.
Tenga usted la certeza de que la hermandad entre mujeres no es ningún complot contra los hombres.
Atentamente,
Juanita Barreto Gama
Asesora Política Pública de Mujer y Géneros
Alcaldía Mayor de Bogotá
Por Guillermo Angulo
Juanita, mi culta vecina de al lado, defiende con fanatismo sus puntos de vista. Mientras que mi nota —que no es respuesta a su amable carta— quiere ser sólamente lingüística, sin desdeñar lo político.
El intento de tratar de imponer de arriba hacia abajo un nuevo lenguaje (el de las niñas y los niños; las mujeres y los hombres; las muchachas y los muchachos) me parece, además de aburridor y repetitivo, clasista. El idioma viene de abajo: los neologismos y las nuevas formas las inventa y las aporta el pueblo. Si no fuera así, todos estaríamos aún hablando latín, que era el idioma del imperio. Por la misma razón que el nuevo imperio nos está imponiendo su lengua, llevándonos ineluctablemente al abismo del espanglish . Fue el vulgo el que perratió el latín, dando de paso nacimiento a las lenguas romances: portugués, francés, catalán, español, ladino, rumano e italiano. Éste último tuvo la suerte de que el más grande poeta de la humanidad, Dante Alighieri, escribiera La Commedia , su obra maestra, en ese idioma vulgar. Nos falta un Dante portorriqueño —decía el poeta Fernando Arbeláez— que escriba un gran poema en espanglish para que queden aceptados los lobbies, cloches, marketings, manes y guachimanes y demás expresiones que se han venido colando al idioma por la puerta falsa del patio trasero , que es lo que somos nosotros para los gringos.
Las niñas y los niños empezarán a tener valor lingüístico cuando los ex habitantes del Cartucho, hoy vecinos del Bronx (¿si ven la influencia?), empiecen a decir las ñeras y los ñeros . Lo que más tarde aceptarán los escritores y, cincuenta años después, aprobará la Academia. (¡No nos va a tocar!).
Lo de que el cambio idiomático viene del pueblo no es invención mía (no soy tan inteligente). Entre otros, esa idea la ha expuesto magistralmente Alfonso Reyes, a quien Jorge Luis Borges consideraba el mejor prosista contemporáneo en español. En su ensayo De la lengua vulgar , en un supuesto diálogo con su maestro, Reyes dice:
[…] “Afirma usted que el lenguaje es cosa viva y mudable por consecuencia; que los letrados, en su anhelo de fijar las formas, matan el lenguaje; y que donde propiamente se engendra el lenguaje es entre la gente anónima del populacho.” […] “El vulgo, hijo del azar y mejor testigo que nadie del instinto humano, sabe hablar y formar sus voces según el capricho de la vida y bajo la sugestión de su instinto étnico. Compara las palabras áncora y ancla, aurícula y oreja y tantas otras de que hallarás copia en las gramáticas. […]” “El vulgo es dueño de la realidad. Los cultos lo son de la irrealidad.” […]
Y agregaría yo: proceder de otra manera, tratando de imponerle el lenguaje al pueblo, es elitista y abiertamente antidemocrático.
Para terminar, me queda una duda —en caso de que haya insistencia en nivelar idiomáticamente los sexos—: ¿Qué vamos a hacer con la humanidad (arbitrariamente femenina) y con Dios (injustamente masculino)?