[…]la pena de perderse en el olvido”
Helena Iriarte
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Irlanda, 1972, Fotografía de Josef Koudelka
Entre la nostalgia y tener una “memoria inconsolable,” como dijo una vez el maestro Alejandro Obregón, hay una personalidad de por medio. Es decir, no se parecen en nada: las separa la poesía.
Hace tres años, el fotógrafo Josef Koudelka (1938) expuso parte de su obra en el Palacio de Bellas Artes de Ciudad de México. Él es un fotógrafo clásico, penetrante, pero conocido en el mundo entero principalmente por su trabajo periodístico contra la invasión rusa (1968) a su patria perdida: Checoslovaquia. Nada en común parece tener Koudelka con el resto de los mortales, crueles y vanidosos, pues desde joven declaró —y lo cumplió— que no quería ser centro de atracción. Cuenta Koudelka:
“Conocí una vez a un gran tipo, un gitano yugoslavo. Nos hicimos amigos. Un día me dijo:
—Josef, tú has viajado durante muchos años; nunca te detienes; has visto multitud de pueblos y países, todo tipo de lugares. Dime cuál es el mejor... ¿Dónde te quedarías?
No dije nada. En el momento en que me iba, me preguntó de nuevo. No quería contestarle, pero siguió insistiendo. Finalmente me dijo:
—Sabes, ¡esto es lo que pensé! No quieres contestarme porque todavía no has encontrado el mejor lugar. Viajas porque aún tratas de encontrarlo.
—Amigo mío —le contesté— lo has entendido todo mal. Trato con desesperación de no encontrar nunca un lugar así. Esta es la diferencia entre la humana nostalgia y el tener una memoria inconsolable, que es de lo que aquí se trata.
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Obra de Luis Fernando Peláez
En aquella exposición de México había una serie titulada Caos, y en ella una fotografía borrosa, con sólo dos enormes torres de alta tensión y un trecho de la carrilera del tren. La fotografía parecía muy vieja, ya casi olvidada, manchada por tantos adioses, como lamida por el tiempo. No había nada en ella. Sólo toda esa niebla, ese vaho de cosa ida, esa imagen de nada que se está desvaneciendo, como el reflejo del invierno de algún lugar que tal vez nadie recuerda o que quiere abandonar, un lugar de todos y de nadie, como el paisaje que se refleja en la ventana de un tren que se ha detenido a recoger a nadie, en una silenciosa estación en la bruma.
Por todo esto me sorprendió encontrarme en la reciente exposición del poeta Luis Fernando Peláez en la Galería Sextante de Bogotá con la misma imagen de esa fotografía, bella y trágica, como todo clásico, ajena a vaguedades, modas, experimentos caprichos. Es una imagen recurrente en la historia de la fotografía, un ícono del oficio, una brumosa metáfora del paso de la vida y de la civilización, un espejo de niebla donde se ve alejarse el mundo, hundirse lentamente en el tiempo.
Obras de Luis
Fernando Peláez
expuestas en la Galería Sextante
Esta realidad, en donde el tiempo penetra el mundo, no sólo es la metáfora de la memoria humana, su imagen, sino también su umbral, su peligrosa e inevitable entrada a los corredores del tiempo. Y es esta imagen la que desde hace mucho acompaña a Peláez, una bellísima imagen desleída por las despedidas, o por la eternidad, que en ella ha restregado su lomo animal. Peláez repite esta imagen en los cristales empañados de sus urnas, sobre la oscuridad del bronce, en una raída maleta de viajero, en una ventana rota, en el interior de una cámara oscura, en la neblina del pecho de todo espectador sin prisa. Hoy Peláez me hace recordar una exposición en la estación de trenes de Zurich, una instalación, para la cual el artista recogió en las estaciones de tren de su país los objetos olvidados, extraviados, definitivamente perdidos, no reclamados, y con ellos montó esa espera —orfandad y belleza— que fue su exposición, llena de sombreros, paraguas, maletines, pintalabios, anteojos, pipas, cartas, periódicos, tiquetes de viajero, libros, bolsos, abrigos, muñecas, bufandas, anillos de compromiso... sin nadie, solitarios, huérfanos; objetos dejados en las manos del tiempo, que ronronea con ellos como un gato.
Tal vez se trate de la voz de la muerte llamando a los suyos, nombrando a sus criaturas, reclamando lo que le pertenece; o del vaho de la intemperie, de la ausencia, o del vacío de Dios oxidando los metales, descarrilando de su destino a los trenes, los viajeros, las ciudades, la vida; o simplemente es ella que va pasando, pasando...