La vida colombiana dura lo que un cambio de luces en un semáforo. Allí aguardan el bailarín clásico con su muñeca de trapo, Maradonas picando con estilo un balón, jóvenes en inmensos zancos, tragafuegos, equilibristas, acróbatas y mimos. Inválidos en sus sillas de ruedas, ciegos y cojos con sus muletas. Desplazados con sus preciosas negritas de trenzas y una arrugada cartulina narrando sus orígenes. Y el mas heterogéneo mercado de flores, frutas, pomarrosas, mamoncillos, pitahayas, y artilugios de manos libres para conducir y escuchar a la vez. Sin olvidar arpista, tiplero y acordeonero que se suben por la puerta de atrás de los buses y cantan, claro, boleros de amor y despecho.
El colombiano, trabajador por naturaleza, se rebusca su pan, emigra a los Estados Unidos y España, burla las minas quiebrapatas (el país del mundo más afectado por ellas) y hasta en clima frío se quita la camisa para limpiar con ella las luces de los carros. Pero, en medio de esta furiosa, incancelable lucha para sobrevivir, la sorpresa: la Biblioteca Luis Ángel Arango, en Bogotá, recibe un promedio de 6 000 personas diarias que aumentan a 20 000 en Semana Santa. Y 600 000personas al año en su “Manzana cultural” enriquecida por la donación de Fernando Botero: 136 obras propias y 52 cuadros de su colección privada, que abarcan desde Renoir y Monet hasta Picasso y Miró. Pero las 28 áreas culturales del Banco de la República, en todo el país, y la creciente red de bibliotecas publicas que asciende a 1581 para los 1 098 municipios colombianos ¿qué libros pueden ofrecer?
Novelas como Satanás y Delirio —los títulos son ya harto elocuentes— donde Mario Mendoza y Laura Restrepo exploran psiquis tambaleantes: un asesino en serie y una mujer fracturada por la maraña de prejuicios sociales. O quizás, la reciente antología de poesía colombiana de Ramón Cote (Visor, 2006) donde un poema de Álvaro Mutis se titula El miedo, uno de Jaime Jaramillo Escobar: Aviso a los moribundos y José Manuel Arango constata con sobriedad: Matar debe ser fatigoso. Todo ello nos obliga a recordar lo que escribió Walter Benjamin: “No existe documento de cultura que no sea a la vez documento de barbarie.”
Pero también obras maestras de la arquitectura contemporánea, como la Biblioteca Virgilio Barco, fruto poético de la imaginación del gran arquitecto Rogelio Salmona, han alcanzado el destino natural de las obras de arte: no un espacio funcional para leer y aprender sino un lugar para mirar y contemplar. Desde sus terrazas, jardines, fuentes, espejos de agua, la gente mira las montañas o se recuesta en el pasto para ascender al cielo con los fuegos artificiales con que se clausuró el Festival de Verano.
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Quizás por ello nada me desasosiega más, en estos días, que las fosas comunes de las masacres paramilitares expuestas a la luz. Desenterrar huesos, apelar al ADN, revivir, en el presente un muy atroz ayer, en pos de reparación y justicia, quizás ayude a muchas madres a enterrar, por fin, a sus hijos. Pero ¿cómo lograr tal catarsis, en pos de la salud pública, sin apelar a la literatura? Sólo que la literatura requiere de la larga mediación entre impacto y olvido. Cuando García Márquez se iniciaba, hablaba de nuestras letras como un inventario de muertos. Y en un texto suyo de 1967, aparecido en Buenos Aires, y que he rescatado en el libro Lecturas Convergentes (Taurus, 2006), al hablar de La casa grande de su amigo Cepeda Samudio dirá lo esencial:
“Sin escamotear la realidad ni mistificar la gravedad política y humana del drama social, Cepeda Samudio lo ha sometido a una especie de purificación alquímica, y solamente nos ha entregado su esencia mítica, lo que quedó para siempre más allá de la moral y la justicia y la memoria efimera de los hombres.” Tristemente, hoy como ayer seguimos intentando “sortear honradamente la inmensa cantidad de basura retórica y demagógica que se interpone entre la indignación y la nostalgia,” como reitera García Márquez.
Libros repartidos gratuitamente en los transportes públicos, como hace la Alcaldía de Bogotá. Fomento de las tertulias literarias, como hace Fundalectura, donde se respalda con libros, paradoja última, una tertulia de ciegos en Cali, que piden a gente amiga les lea. Papel del Cerlalc, que publica una historia de la industria editorial en América Latina y convoca en el Parque Nacional un canje colectivo de libros. Y, como si fuera poco, XIV Juegos Florales en Manizales, con los inevitables talleres de poesía, sin olvidar, claro está, a Medellín, donde los chamanes indígenas y los poetas tasmanios cantan, danzan e increpan pidiendo la paz. ¿No es acaso este el paraíso que soñó el autor de un libro llamado Lector impenitente?
Tanto entusiasmo en pro de la lectura me hace sospechar si somos pioneros en una cruzada anacrónica, como lo mostró George Steiner al comienzo de su volumen Pasión intacta, al referirse a ciertos objetos y lugares ya casi museográficos como el libro y la biblioteca. O si intentamos, cuando los libros fundadores se tornan guerreros —trátese de la Biblia o el Corán— de retomar ese libro no escrito que Sócrates soñó y que Platón, genial amanuense, tituló El banquete, o del amor. Aunque nadie lo crea, así somos los colombianos, todavía dispuestos a celebrar en el 2007 a Bogotá como Capital Mundial del Libro, con todos los riesgos, emociones, júbilos y melancolías que la lectura encierra.