Jon Lee Anderson, uno de los periodistas estrella del The New Yorker, estuvo en Bogotá por el premio Simón Bolívar.
Foto Manuel H. cortesía de Seguros Bolívar
El periodista norteamericano Jon Lee Anderson recuerda muy bien su primera experiencia en Colombia. Fue trágica. Trataba de rescatar a Omaira del terrible fangal de Armero en que finalmente pereció, en 1985. Anderson hizo lo posible por salvarla pero todo fue en vano. Entonces era corresponsal de una revista estadinense y le tocó ver a la niña de 13 años sumida hasta el cuello en lodo y lava, quien se convirtió en un símbolo de la tragedia de Armero en todo el mundo. Anderson ha vivido muchos momentos amargos en su vida, pero dice que esta tragedia fue para él la más terrible.
Estuvo en Colombia hace poco para hacer la presentación de los Premios Simón Bolívar, el 3 de octubre en el Auditorio de la nueva biblioteca de la Universidad Jorge Tadeo Lozano. El Premio a la Vida y Obra de un Periodista fue para el ex presidente, Alfonso López Michelsen, quien observó con su elegante ironía que su nombre había recibido objeciones en postulaciones anteriores pero que un hijo suyo, Felipe, lo había recibido cuando apenas tenía 20 años. Jon Lee Anderson dividió su presentación, dicha en perfecto español, en dos partes. En la primera observó los peligros de la intimidad de los medios con el poder y puso como ejemplo el caso de Bob Woodwald, el célebre periodista norteamericano, quien descubrió el caso Watergate y prácticamente fue el autor de la renuncia del presidente Nixon. Y cómo ahora, después de tantas décadas de triunfo, ha puesto en peligro su credibilidad por su cercanía al presidente Bush y la extraña justificación que ofrece de su política.
La segunda parte fue una relación fantástica sobre la vida de un bufón en ciertos sectores de rebeldes afganos, que parecía como una especie de crónica fantástica de García Márquez. Jon Lee Anderson es célebre en el periodismo mundial por sus perfiles para le revista The New Yorker, con la cual escribe desde 1998. Cinco de ellos son piezas simplemente magistrales, donde combina la observación humana con la descripción biográfica y del medio donde se mueve el personaje. Esos perfiles son los del rey Juan Carlos, el dictador Pinochet, el Presidente Hugo Chavez, Gabriel García Márquez y Fidel Castro. A este cronista le confesó que le tenía pereza al perfil del rey de España, pero resultó una semblanza admirable que pinta a don Juan Carlos como el monarca más querido, más respetado y que mayor simpatía genera en el mundo contemporáneo. Las corresponsalías de guerra de Anderson son piezas dramáticas y objetivas que combinan la visión cercana de los conflictos más atroces con la repercusión en seres humanos que cobran una presencia simbólica en la mente del . Muchos de ellos están recogidos en el libro La batalla de Bagdad.
Anderson hizo un excelente perfil
de García Márquez donde retrata la
pavorosa inseguridad en la que
vive el país.
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Una reciente portada de la Revista The New Yorker, donde colabora Jon Lee Anderson
Lee Anderson hace honor a una larga tradición del corresponsal de guerra que se convierte en historiador, y que comienza en las crónicas del Anábasis, de Henofonte y en los Anales de Tácito, que produjo uno de los ensayos más notables del escritor francés Roland Barthes, La muerte en Tácito. Froissart es el gran cronista convertido en corresponsal de la acción bélica medieval. El London illustrated Times, en realidad, es la primera revista que envía corresponsales de guerra como tal al frente de Crimea, en 1855, y a los primeros fotógrafos que registran las acciones en el campo de batalla. El siglo XX hace del corresponsal de guerra un escritor muy especializado y, en la tradición de Anderson, están en el New Yorker, Jon Hersey, con su célebre reportaje sobre el bombardeo de Hiroshima, que se publicó en una entrega total de la revista; con Andy Logan, en la guerra del Vietnam y Arturo Pérez Reverte —el célebre escritor español— en la guerra de los balkanes. Los medios y la tecnología de hoy hacen más fácil el envío de los despachos y también la tarea editorial que supone la confrontación entre el escritor reportero y el editor de la revista. Anderson nos dice que el New Yorker sigue siendo un modelo de escrúpulo en la comprobación de datos, es decir, el ajuste minucioso de la descripción de los sucesos o de los personajes a la verdad.
Jon Lee Anderson conoce bien a Colombia, porque vivió en Bogotá cuando tenía 4 años, y aquí aprendió su español. Viene con frecuencia y es un observador inteligente y objetivo de la realidad política del país y también de sus inmensas reservas de cultura, o sea que no es tan solo un testigo de excepción del campo de batalla, sino de la vida del espíritu. Volverá a Colombia el año entrante, para el Hay Festival. La mitad de su año se pasa en los escenarios de la guerra y el resto, si las circunstancias lo permiten, en el idílico escenario de Devon, al sur de Inglaterra, donde comparte su casa con su esposa Erika y sus tres hijos.