Ya pasaron 70 años desde que García Lorca fue asesinado: la muerte fue en Granada, en su Granada…
Por Fernando Toledo
Para Álvaro Castaño Castillo,
mi amigo de siempre, que hubiera
podido ser amigo de Federico.
F.T.
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Retrato (plumilla) de Federico García Lorca
La historia que viene a continuación, delirante como las conjeturas que llevan consigo un mohín de tristeza, pudo haber ocurrido en una noche de abril o de mayo del año de 1938 en esta Bogotá implantada por un andaluz, granadino por más señas, a quien un abanico de declives entre escabrosos y dóciles, proyectados desde la cordillera de los Andes sobre una sabana de verde intrépido, debió de traerle a la memoria la Santa Fe de donde era oriundo, que se agazapa en la vega que se extiende a los pies de Granada.
Para darle cuerpo y algo de atmósfera a lo que de entrada es una entelequia, hay que situarse unos meses antes del cuarto centenario de la fundación de la ciudad, hace 68 años, y observar, con los ojos de la quimera, la llegada vespertina de varios poetas al café Windsor, al Asturias, al Gato Negro o a otro cualquiera de los que abundaban a lo largo de una carrera 7ª a la que, por esas fechas, solía llamársele todavía la Calle Real. Es cosa de prestarles atención a cuantos van irrumpiendo por los senderos de la evocación: casi todos van enfundados en sendos gabanes para sacarle el quite a este viento andino tan parecido a los hálitos congelados que bajan, al despuntar la primavera, de Sierra Nevada; algunos llevan bufanda, otros sombrero encocado y los mayores se tapan la boca con un pañuelo perfumado con agua de Colonia.
La escena no es nueva: se repite todas las noches una o dos horas después de la caída del sol. Es el prólogo de una tertulia casi idéntica a las que suceden en la madrileña Botillería de Pombo o en los castizos cafés de Levante, de las Salesas o del Riesgo. Esta noche, sin embargo, se nota un ardor que no es común. Quizás guarda relación con la presencia en el recinto de un poeta, de un poeta inmenso a pesar de la fragilidad romántica que envuelve su estampa agitanada, que llegó hace poco a la ciudad con la compañía de comedias de Margarita Xirgu. No tardará en asomarse al Asturias o al Windsor como invitado especial.
El personaje, con facha todavía de adolescente, nació al lado de esa Granada, como dice Rosita la Soltera, de la “calle de Elvira donde viven las manolas, las que se van a la Alambra, las tres y las cuatro solas,” y vine precedido de un renombre que, de a pocos, ha ido encandilando a todo el mundo hispánico. Dicen que cuando estuvo en Buenos Aires la ciudad quedó prendada; en La Habana dejó una huella indeleble y ni hablar de lo que ocurrirá en Bogotá. Es una especie de iluminado, un ser bañado por una sensibilidad henchida de toda suerte de aristas que van surgiendo a medida que se desarrolla con él cualquier conversación por nimia que sea.
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Pintura de García Lorca
Es, además, una cabeza de inteligencia desbordante que a lo largo de la velada a punto de comenzar establecerá un coloquio, como sólo puede darse en los contornos de la poesía, con el talento de Rafael Maya, con los imaginarios de una Europa que vive en las añoranzas de Alberto Ángel Montoya y con la sagacidad gramatical de León de Greiff, de inquietantes ecos y de retintines llenos de ingenio.
El festín fue suculento. Atraída por la nombradía de Federico García Lorca, en esa noche se hicieron presentes en el café, donde se agazapaban todas las noches los poetas, muchos parroquianos que no tardaron en ocupar más de veinte mesas. Al filo de las once al joven Fernando Charry, quien a menudo se dejaba ver con los pidracielistas, con los surrealistas y con los simbolistas, se le ocurrió agrupar los armazones hasta formar una ele inmensa; luego, apretujó los taburetes en torno de la improvisada geometría para darle al local el aire de una sesión de cante jondo en esa casona de la huerta del Tamarit que fue tan colindante con la niñez del convidado. Este último, o más bien Federico como desde el principio comenzó a llamarlo todo el mundo con un desparpajo de afecto, a quien muchos reconocían desde antes por sus arcanos de hondura excepcional y por los versos con sabor de romance y con olor a membrillo recién cortado, resultó ser un seductor en toda la extensión de la palabra; un Bradomín de piel aceituna, como hubiera dicho el viejo Valle Inclán, cuya sutil timidez le daba paso por momentos a una agudeza deslumbrante y, enseguida, a un duende telúrico, lleno de eses en cambio de ces y de zetas, que mantuvo embelesada a la concurrencia hasta la madrugada.
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Dibujo de vestuario por Federico García Lorca
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Ilustracion de Sergio Trujillo, Revista de indias
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Plumilla de Garcíia Lorca
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Pintura de García Lorca
Los contertulios de la vigilia fueron los primeros colombianos en apropiarse de una cercanía con Federico que habría de extenderse como el agua de un surtidor, que daría origen a innumerables devotos y que se mantendría incólume a lo largo del tiempo. Fueron los primeros sin contar con Jorge Zalamea, cuya amistad produjo una correspondencia que figura en la primera edición de las obras completas del granadino, y sin mencionar al perpetuo Porfirio Barba, que tuvo con éste un rifirrafe en Cuba por un ataque de celos.
Con las primeras luces, quizás después de apurar un tazón de agua de panela con una de esas almojábanas esponjosas del altiplano a guisa de desayuno, el poeta “moreno de verde luna” se dirigió al hotel Regina, donde se albergaba la compañía de comedias con la que venía. Tenía en la frente la “luz de la aurora que lleva semillero de nostalgias” y se sentía como un niño por haber encontrado un sinfín de amigos entrañables y por lo acogedor de esta Nueva Granada que, a cada paso, le traía a la memoria la Granada donde “el Genil duerme a sus bueyes.” Caminó erguido por las calles adoquinadas que iban quedando en Bogotá entre cavilación y cavilación. Acaso ebrio todavía por los versos con acentos surrealistas de Luis Vidales o deslumbrado por las metáforas de Aurelio Arturo o fascinado por la pasión abulense y llanera de Eduardo Carranza, se cruzó con un tranvía madrugador que anegó de algarabía los remansos de una ciudad que apenas comenzaba a despertar.
La neblina de alborada le sugirió al poeta, una vez más, el parecido de la población que iba recorriendo despacio con la villa de atalayas de donde venía. Lo notó desde cuando se bajó del tren en la estación de la Sabana y subió por la calle 13 de ese entonces que, con sus puentes de ladrillo y escoria tendidos sobre el hilo casi imperceptible del río san Francisco, se obstinaba en evocar la cuesta del Darro que conduce hasta los umbrales del Albaicín. Con el recuerdo de un amanecer que, por desgra cia, nunca ocurrió, concluye está ficción inspirada por una doble melancolía: por un lado está la añoranza de una época; por el otro la congoja por una muerte temprana. No obstante, el cuento estuvo
a punto de ser cierto puesto que antes de salir de
España, a finales de 1935, Margarita Xirgú le pidió a Federico que la acompañase en la gira americana que iba a emprender.
Aunque varios compromisos lo retuvieron en un Madrid ya bastante enrarecido por la política, en la primera escala que hizo la compañía en La Habana, su amiga e inmejorable intérprete no cesó de insistirle que se le uniese cuanto antes. Lorca le prometió considerarlo y contempló la eventualidad de encontrase con ella en México; sin embargo pospuso la determinación definitiva hasta regresar a Madrid después del verano de ese aciago año de 1936s que resolvió pasar con su familia: salió para Granada tres días antes del alzamiento franquista. El resto de la historia es de sobra conocido: lo asesinaron el 19 de agosto, hace setenta años, una madrugada, cerca del pueblo de Viznar.
Casi dos años después de un homicidio que todavía duele, en el Teatro Colón de Bogotá, la Xirgu estrenó Mariana Pineda, Yerma y Bodas de sangre. Por más señas, en alguna de las puestas en escena debió de figurar una bogotana de alcurnia, Pepita Castelo, que hizo sus pinitos de dama joven con la compañía española.
En todo caso, la gran intérprete de los dramas lorquianos, la primera actriz de la España de su tiempo, no paró de hablarle a todo el mundo de ese Federico deslumbrante que pudo haber estado aquí con ella y cuya muerte todavía le desgarraba el alma. Desde entonces, es seguro que el espíritu de Lorca navega por el entramado del barrio de La Candelaria que, aún hoy en día, trae a la memoria ciertos rincones de Granada; si hubiese venido a Bogotá con esa compañía trashumante, con seguridad habría conversado en el Windsor o en el Asturias con Jorge Rojas, con Carlos Martín, con Arturo Camacho, con Álvaro Castaño y con tantos otros que formaban la urdimbre intelectual de una Bogotá con algo de castellana y mucho de andaluza. No pudo ser: como escribió Antonio Machado cuando se supo de la matanza, “el crimen fue en Granada, en su Granada”.