Dos recientes estrenos nacionales nos permiten trazar un paralelo de sus particulares enfoques delictivos, que también pueden sonar a confrontación en campo abierto de géneros y estilos más o menos parecidos. Son ellos: Soñar no cuesta nada (Rodrigo Triana, 2006) y Karmma, el peso de tus actos (Orlando Pardo, 2006). Si el primero desborda exitosamente una taquilla que se aproxima al millón y medio de espectadores, el segundo se mantiene en desventaja por cuanto poco o nada le dice al simple espectador.
Mientras que Soñar… es una comedia del absurdo a la colombiana, basada en del sonado caso militar de la vida real acaecido hace tres años y llamado popularmente la guaca, Karmma se desprende del episodio trágico menos conocido que, según su director sucedió algunos años atrás en los Llanos Orientales. Tal como se interroga su publicidad (¿Qué haría usted si se encontrara 46 millones de dólares?), el contraste dramático se da por obra y gracia de las letras de la canción del Cholo Valderrama cuando afirma que “yo no nací pa’ violento, nací para ser llanero.” En el segundo largometraje dirigido por Triana, la guaca encontrada en plena selva del sur del país constituye el eje central de su particular narración. Se trata, en efecto, de un pelotón antiguerrilla que soporta las inclemencias del lugar y hostilidades de los grupos alzados en armas para terminar disfrutando, en almacenes y prostíbulos de Neiva, de la lluvia millonaria caída del cielo. Aunque los insurgentes como tales nunca dan la cara en la mencionada ficción, los dineros repartidos presuntamente provenían de secuestros extorsivos, boleteos y del gramaje, o impuestos a la droga.
Siendo ésta la versión libre del tan difundido episodio, su interés principal radica en lo insólito o desproporcionado de situaciones extremas que coincidieron en su estreno con el juicio público efectuado a quienes le sacaron provecho a tal avalancha de verdes. Más aun, la reciente sentencia dictada contra soldados rasos y dos o tres oficiales fugitivos. Con evidente picardía se ha retratado una de las tantas vergüenzas nacionales que pusieron a prueba la lealtad de sus implicados no civiles ante las autoridades castrenses. En la ópera prima de Pardo, una banda de jóvenes forajidos se dedica a extorsionar a ricos llaneros que víctimas del secuestro posteriormente serán negociados y entregados a la guerrilla.
Suficiente anotar que el líder de la organización delictiva termina siendo víctima de su propio invento, por cuanto un grupo disidente tomará como rehén a su mismísimo padre —hacendado que goza del aprecio general entre sus vecinos y trabajadores—. En esta cinta, la fuerza pública brilla por su ausencia y el secuestrado en cuestión sufre los rigores y vaivenes de un país enfermo. Cuando se vislumbra la tragedia, el extraño comportamiento de sus ejecutores le resta peso dramático a los hechos “basados en una historia real.” Karmma lleva consigo una maldición, cierto convencimiento de la muerte inminente que acompaña a sus protagonistas y la presencia inevitable de una violencia que se ensaña en la ficción —y también en la realidad— particularmente sobre los llaneros. Así se suceden tiroteos al aire libre, asaltos a mano armada, manipulación de dineros mal habidos y maniobras negativas que destrozan una célula familiar.
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Una escena de Soñar no cuesta nada, de Rodrigo triana
Cuatro son los personajes principales de Soñar…: un soldado raso, que fantasea con tener casa propia para su familia y esconde a tiempo esa parte considerable del botín, el profesional que provoca un accidente para efectos de precipitar el rescate aéreo y gastar tal suma lo antes posible, otro soldadito obsesionado con una prostituta, a la que sólo piensa en conquistar con harta plata para hacerla su esposa; y el único honesto del pelotón, quien no quiere ser partícipe del operativo y lucha por corregir el nivel moral de sus lanzas.
Y… otros tantos, los perfiles centrales del susodicho karma: el bondadoso terrateniente y cabeza de familia que desata un intríngulis sentimental y comercial el día mismo de su cumpleaños; el hijo descarriado u oveja negra que posee una doble identidad y lucha por desviar las trampas que le depara el destino; una esposa aparentemente desolada, por acontecimientos absurdos e imprevisibles, y una muchacha inmadura que se siente mal en su propio pellejo y encuentra el único escape en la droga.
Si la exitosa producción de Clara María Ochoa — filmada en Nilo (Cundinamarca) y editada durante el primer semestre del presente año— contó con la colaboración de las fuerzas militares, el producto número uno del igualmente escritor y productor de El peso de tus actos fue rodado en el departamento del Meta de forma ostensiblemente independiente y sin contar con los probados recursos financieros o humanos de la primera de las cintas mencionadas. En conclusión, dos recientes películas colombianas que, alejadas de habituales tratamientos sensacionalistas, incursionan en capítulos de aventuras desatados directa e indirectamente por un país en guerra frente al trance fatídico. Otro punto coincidente es el de haber superado los complejos técnicos derivados de la fotografía, el sonido y la musicalización cuando desaparecieron frenos que, por tradición y limitaciones presupuestales, solían entorpecer la creatividad —o viceversa—.