Toda la epistemología de una época se elabora a partir de modelos espaciales. Al hablar entonces de “descentralización” hay una imagen irrevocable: la de un centro que está perdiendo su protagonismo o que está trasladándose hacia otro hemisferio. Las construcciones e ideas basadas en una noción de centro me recuerdan irremediablemente a los humanistas del Renacimiento, con su platónica revolución espacial que retornaba a lo clásico. De repente, de una Edad Media donde el centro de la vida era Dios, se migra a una donde el hombre era la medida de todas las cosas. En esa época del Renacimiento, la centralidad del hombre se refleja en la reforma espacial de Copérnico y el círculo perfecto de Galileo Galilei. Estos modelos espaciales encuentran un correlato en la representación simbólica del espacio mediante la perspectiva de punto central.
Grandes exponentes de la maestría de la perspectiva eran Piero de la Francesca, Paolo Ucello y Rafael Sanzio. La gente se queda atónita ante sus obras, no por la estupenda idealización del espacio en una cuadrícula geométrica (si esto se entendiera así, se entendería perfectamente por qué Pablo Picasso es heredero indiscutible de Ucello y los primeros renacentistas). Pero no, la gente ante sus obras asombrada por otras razones y exclama: “¡Wow! Este sí que dibujó la realidad tal cual es.”
No obstante, las obras construidas con la perspectiva de punto central, aunque se parezcan mucho a la realidad, son lo más lejano que hay de ella. Los espacios que se diseñan en torno a un punto central y que, como tela de araña, se expanden hacia otros puntos. Son espacios matemáticamente homogéneos y la visualización de la homogeneidad del espacio es una vivencia que nuestra retina desconoce. Primero, porque vemos con dos ojos, y luego, porque nuestros ojos siempre están en movimiento.
La percepción psicofisiológica desconoce lo infinito, ya que nuestra facultad perceptiva está siempre determinada por límites.
La idea de centro en un mismo plano figurativo se sustenta en la premisa de que todos los puntos son señaladores de posición, en donde se refieren los unos a los otros en igualdad de condiciones, empero, ninguno de ellos es autónomo ni tiene contenido en sí mismo. Lo que tienen en común todos esos puntos es que están sujetos a un centro, y ese centro es el que les da sentido. Desde esta perspectiva central los puntos periféricos lo que hacen, justamente, es afirmar la primacía de ese centro. Si hacemos la traslación de esta metáfora espacial al plano de trabajo en el campo cultural, valdría la pena que nos preguntáramos si la perspectiva con la que estamos trazando nuestras relaciones entre gobiernos locales y gobierno central tiene una gráfica similar a la de la perspectiva del punto central. Definitivamente, si tal fuera el caso, nuestra idea de descentro es puramente teórica, pues un centro así es un espejismo, porque ni en nuestra percepción espacial ni en nuestras relaciones sociales existe tal inmovilidad. Si es imposible que un ojo se quede quieto, ¿cómo podríamos pensar que un cuerpo social con diferentes actores estuviera tan inmóvil como para tener un mismo centro en igualdad de condiciones?
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Baco, Obra de Caravaggio
Pasemos a otra alegoría visual, la de la muerte del círculo como imagen cósmica renacentista. En términos de representación simbólica del espacio es bien difícil saber qué fue primero, si el huevo o la gallina. No se sabe qué estuvo primero, si los modelos cosmológicos o su representación artística, que quizás eclosionan en el mismo instante por una suerte de lo que Hegel dio en llamar elespíritu de la época.
El círculo tiene un centro único ,y por eso mismo es la figura geométrica que retrata al Renacimiento. Pero la imagen cosmológica kepleriana es la elipse, y la elipse es la imagen por excelencia del descentramiento. Esto, en términos artísticos, supone que ya no hay una zona áurea que ordene y controle la gravitación de todas las formas en el espacio. Con la elipse entramos al espacio ilimitado, el horror vacui del Barroco, cuyas formas son una orgía irrefrenable. La ciudad barroca no tiene un centro, es una escenografía de trama abierta, llena de formas insólitas; una urbe todo menos lítica, pues allí todo es movimiento, todo fluye. De hecho, por esa época otro científico hace otro importante descubrimiento: ¡la sangre fluye! Y Caravaggio pinta personajes que se agolpan estrepitosamente contra las esquinas de sus cuadros.
La elipse es la alegoría de la descentralización, pues su forma surge de la imagen que dibujan dos círculos, dos centros juntos ¿Puede existir tal paradoja, como que haya dos centros? Pues esa fue la figura que más radicalmente cambió nuestra imagen del universo, hasta la llegada de Einstein. Dos centros, sí, pero uno es un centro eclipsado, dormido, callado. Y este centro no menos importante que el lumínico, despierto y ruidoso, es algo muy típico del Barroco. Pero posiblemente lo más sabio del Barroco es que sabe que existe un centro, pero nunca sabe a ciencia cierta dónde está, ni cuál de los dos es el regente, porque ambos dominan: domina la noche como domina el día, domina lo femenino como lo masculino.
Por lo demás, no se entiende la imagen de la elipsis como un rebajamiento de la forma perfecta del círculo sino que, como en la división celular, se podría creer que el centro se deriva de la contracción de una elipse.
*Directora de Cultura
Ministerio de Cultura, Juventud y Deportes de Costa Rica.