Mural en el centro de Bosa | Fotos de Marcela Osorio Lys
Si hubiese que definir en una sola palabra a Bosa, esa sería «hospitalaria». De ser una aldea de 20.000 habitantes en apenas cinco barrios, hace sesenta años, pasó a tener una población de más de 500.000 en 330 barrios, con un crecimiento vertiginoso, a través de tres oleadas migratorias. La primera oleada sucedió cuando la violencia sacudió los campos colombianos después del asesinato de Gaitán y obligó a miles de familias campesinas a refugiarse en Bogotá y otras ciudades. La segunda oleada, alrededor de los años sesenta, se produjo por la instalación de industrias en el borde de la autopista sur, que atrajo a mucha gente necesitada de trabajo y su consiguiente instalación en las cercanías de esas fábricas.
La tercera oleada de migración ocurrió por el desplazamiento forzado de la reciente violencia. Esto ha hecho de Bosa una localidad multicultural, un mosaico de costumbres de todas las regiones del país que empezaron a convivir en un territorio cada vez más denso, donde la tolerancia y la solidaridad permitieron que la gente que la habita no se dejase derrotar por la pobreza.
Vivero en el cabildo indígena de Bosa.
Pero el carácter hospitalario de Bosa fue desbordado por el aluvión migratorio. El empobrecimiento y el deterioro de la calidad de vida fueron evidentes en los comienzos del nuevo milenio. A partir de 2004 la administración distrital decidió atender los problemas sociales más urgentes: un ambicioso plan urbanístico, que abarca 25.000 nuevas viviendas, fue proyectado desde entonces; tres grandes colegios públicos fueron construidos; se incrementaron los comedores comunitarios, siendo hoy la localidad con más número de ellos en el Distrito Capital.
Originalmente, Bosa fue un poblado indígena. Su nombre significa «segundo día de la semana». Todavía existen vestigios de la civilización muisca; entre ellos, un cabildo en San Bernardino. Allá fuimos el sábado 10 de octubre, con dos colegas del Observatorio: Giovanna Torres y Jeffrey. También nos acompañaron Alirio Montaña y Rafael Tavera, gestores culturales de Bosa. La gente de la comunidad estaba preparando en grandes ollas la mazamorra chiquita. Les pedimos permiso para sacar fotos, pero nos dijeron que el único que podía dárnoslo era el gobernador, quien no estaba; hablamos entonces con el vicegobernador, John Orobajo, quien nos permitió tomar las fotos y nos solicitó que contáramos cómo «el territorio del cabildo está siendo atropellado por urbanizadores que mandan, de manera permanente, camiones, volquetas, zorras llenas de escombros... Y cuando el territorio está por encima de la cota del río Tunjuelito, vienen a urbanizarlo, se lo quitan al cabildo o al humedal, y luego legalizan el despojo».
Cuando todavía era una aldea, Bosa fue escogida como sede de colegios para la élite bogotana. Esto cambió cuando los procesos de migración la convirtieron en un llegadero de población pobre y los colegios de la élite migraron para el norte de la capital. En la década de los 70, con los procesos de industrialización, Bosa se convirtió en sitio de encuentro de las organizaciones estudiantiles, indígenas, culturales y obreras, no sólo para el ámbito local, sino distrital y nacional. Esta tradición cultural fue la base de nuevas organizaciones tan pujantes como la Fundación Cultural Chiminigagua, que cuenta con la única sala concertada y un festival artístico nacional e internacional de cultura popular, «Invasión Cultural a Bosa», que comienza a mediados de noviembre y finaliza a mediados de diciembre, declarado patrimonio cultural vivo de la nación en la Ley 1.040 del 2006 (esta fundación posee además la patente a nivel mundial de los zancos en patines).
Alcal día local de Bosa
En la actualidad la cultura y las expresiones artísticas se han posesionado a nivel local y distrital; es así como las organizaciones Teatro del Sur, Odeón, Summum Draco, Recordando el Ayer, Viento y Libertad, Red Ata, Candombeo y Color, Mascarada, Andrómeda, entre otras (son 301 organizaciones, entre agentes y ONG culturales), han sido beneficiarias de programas distritales como Lugares Comunes, Apoyos Concertados, Estímulos a la Creación, Carnaval de Niños y Niñas... y en convocatorias de las entidades adscritas de la SCRD. Así, a finales de octubre, en el marco de Lugares Comunes, se hará un mural en contra de los panfletos que fueron repartidos por grupos al margen de la ley, amenazando a los jóvenes; también se publicará una revista colectiva, en forma de historieta, con énfasis en la defensa de los derechos humanos.
De la historia de la localidad quedan hermosos sitios de interés cultural, como la Capilla Doctrinera Bernardino, la Plaza Fundacional, la Antigua Estación del Tren, el Humilladero de Cruz Verde, la Escuela Pública Francisco de Paula Santander, el Humedal de la Tibanica, el Cementerio Central de Bosa y la Cruz de Piedra. La pujanza cultural de la localidad —la de los indígenas que aman y defienden su territorio, la de los discapacitados que llegaron con las migraciones y que hoy son más dinámicos que otros sin limitaciones físicas, la de los jóvenes que hicieron de la cultura una forma de vida—, junto con el esfuerzo de una administración casada con el propósito de una ciudad real de derechos, es lo que va a permitir que en Bosa la solidaridad continúe siendo su mayor riqueza.