La expedición Gritos que cambiaron la Historia fue una convocatoria de la Fundación Gilberto Alzate Avendaño, entidad adscrita a la Secretaría de Cultura, Recreación y Deporte, en la que 16 proyectos de literatura, artes plásticas, audiovisuales y escénicas resultaron beneficiados para participar de un laboratorio creativo que recorrió el río Magdalena por nueve departamentos. Fue una travesía mágica y fascinante que recogió los gritos y pregones que modelaron la Independencia del país, y que se inició en el puerto fluvial del municipio de Honda (Tolima) y concluyó en la desembocadura del Magdalena en el mar Caribe, en Barranquilla (Atlántico).
La travesía se hizo en el barco Florentino Ariza, que acogió a los 16 expedicionarios que viajaron para hacer realidad sus proyectos, a algunos funcionarios de la Fundación Gilberto Alzate Avendaño —como su directora Ana María Alzate, la subdirectora Pilar Gordillo y los gerentes de cada área— y a un equipo asesor de la Orquesta Filarmónica de Bogotá. Después de 10 días a bordo, ellos regresaron a sus labores cotidianas con la satisfacción de haber sentido cómo la Expedición cambió, de manera esencial, el rumbo de sus vidas.
El final fue precipitado, vale decirlo, cuando nos vimos en medio de la fría noche de Bogotá en el aeropuerto El Dorado, antes de abordar los taxis que nos devolvieron a nuestros hogares. Setenta y dos horas atrás, en Mompox (Bolívar), a nadie se le ocurría imaginar el futuro más allá del Magdalena: tal fue la convivencia, el diálogo y el silencio necesarios para comprender la riqueza de los testimonios que exigían un espacio para ser escuchados.
Así, en este vaivén creativo, trascendió el olvido que pregonan las cartillas oficiales de historia y el barullo constante de los medios de comunicación que hablan de una ciudad, perdida en las brumas de Los Andes, y que hegemoniza el discurso de una nación aún por conformar.
A una velocidad de 13 kilómetros por hora, a bordo del Florentino Ariza, ninguno de los viajeros pensó más allá del café matutino, de la larga toma a las corrientes que impulsaban el planchón, de los personajes literarios que surgían en la soledad, de las recetas tomadas en cada cocina, de los procesos sociales aún por estudiar, o de las amistades que nacían espontáneamente. Y digo ninguno, porque cuando nos hemos reencontrado, no los ciudadanos, artistas e intelectuales que habitamos esta Babel, sino esos hombres y mujeres vulnerables —hombres y mujeres de dolores, como nos lo mostró un performance que vimos en Barranquilla—, nos quedamos perplejos, silenciosos, aunque el alboroto en medio del cual nos abrazamos demostrara lo contrario.
Y es que llegó el momento de preguntarnos no sobre el mañana sino sobre el presente. Nunca antes en nuestras vidas un interés que naciera desde nuestras expectativas como cultores y creadores de las disciplinas que amamos, había devenido de forma tan especial en los aspectos social y político como ahora. Porque, por primera vez, cada uno de las y los habitantes de esos pueblos y esas ciudades ribereñas nos está demandando respuestas y acciones directas, a nosotros, las y los expedicionarios, dado que el arte provee esperanza ante el olvido técnico de la economía, la mezquindad de la política y la incapacidad operativa que la educación ha sembrado en mentes y espacios desde hace alrededor de dos siglos de Independencia sin concluir. Esta es la oportunidad. Este es el instante. Lo hemos vislumbrado y comenzamos a trabajar, humildemente, sobre ello. En este momento, mientras usted lee esta nota, Miguel Ángel Pulido está escribiendo una novela sobre un inmigrante alemán que hace el recorrido río arriba; Mery Yolanda y Germán Díaz concluyen sus libros de poemas; César Mariño avanza en su crónica; María Buenaventura cura un recetario de la cocina ancestral que recogió a lo largo del río; Harry Marín pone a prueba su repertorio oral en bares y universidades; María José Isaza prepara una expedición con sus fotos de cámara oscura; Carlos Mogollón, Nelson Restrepo y Elkin Calderón se ponen de acuerdo en los términos de la postproducción de sus respectivos documentales; Diana Carolina contempla infinitamente el gesto agónico de Antonio Nariño en la mazmorra de la cárcel de Bocachica, nuestra última estancia, antes de regresarnos en una tarde de sábado, por alta mar, a Cartagena; y Angélica arma la maleta que regresará a los pueblos y a las ciudades con algo que es un fragmento, pero que, en realidad, es un llamado a la acción por parte de todos y cada uno ante el olvido masivo y mediado en el que vivimos como nación de una sola ciudad.
Y yo… Yo dejé de escribir en Barranquilla. No pude más. Algo que no era yo se rompió. Me ocurrió lo que siempre esperé: que el destino de Arturo Cova se hiciera realidad en mi propia vida: le aposté mi corazón al azar y me lo ganó la violencia. Y debo confesarlo ante ustedes, nunca antes como ahora me sentí tan feliz.
*Escritor. Uno de los ganadores de esta convocatoria, con el proyecto Historias de puerto. Pescadores de memoria. Tiene un blog literario: http://hijodelamaquina.blogspot.com