Jorge Zalamea nació en Bogotá, en el año de 1905. Su padre, don Benito Zalamea, era una de esas figuras tan características del siglo XIX colombiano, que aunaban una gran cultura, una sensibilidad agudísima y un ponderado y justo sentido de las cosas prácticas de cada día, en el caso de don Benito manifiesto en su calidad de experto contabilista y entendido en asuntos mercantiles. De una honestidad teñida de un cierto quijotismo entrañable, don Benito educó una numerosa familia dentro de esa espartana sobriedad a que obligaba la pésima situación económica del país, asolado por guerras civiles, y el más que módico sueldo que devengaba por sus servicios a la compañía que suministró por más de medio siglo la luz eléctrica a Bogotá.
Sus hijos fueron gentes todas dotadas de un talento peculiar y brillantísimo y de un carácter por entero divorciado con la reservada llaneza y la melosa impersonalidad en uso por esos tiempos entre las gentes bogotanas. Toda la vida iba a acompañar a Jorge Zalamea la fama de su genio arisco y de su palabra directa y tajante. Lo era, sí, cuando sentía que se estaba buscando de él el consabido compromiso o la resbalosa ñoñería; con sus amigos, quienes supieron siempre que este hombre no era de los que gustaban dorar píldoras, que para bien de la salud mental y social de los países y las gentes, es mejor que se traguen sin miramientos, fue hombre de una bondad, de una fidelidad y de un calor cordial, sumamente raros.
Estudió Zalamea en los más diversos planteles educativos de entonces, desde una Escuela de Agronomía hasta la Escuela Militar, pasando por colegios de la atildada burguesía santafereña. En ninguno de ellos pasó mucho tiempo, ninguno de ellos logró modelarlo en las costumbres y servidumbres de un agobiante y rancio criollismo. Fue lector de una voracidad asombrosa y desde muy joven era ya dueño de un estilo personalísimo, de una prosa eficaz y generosa. A los dieciséis años se sentaba en las tertulias de café, en donde gentes que le llevaban diez años —el poeta León de Greiff, entre ellos, y quien iba a ser uno de sus más entrañables y fieles amigos— soportaban difícilmente la seguridad engallada de sus juicios o la prematura furia de sus intransigencias. Físicamente, Jorge recordaba en su juventud a un altanero Dorian Gray. La imponencia de sus rasgos regulares y aristocráticos, la belleza de sus manos elocuentes y el timbre sonoro, lleno, profundo, cálido y varonil de su voz, se hicieron muy pronto más conocidos en Bogotá que sus dotes de escritor, como sucedía siempre en el ambiente «municipal y espeso» de nuestras soñolientas capitales. Su figura lo ayuda a lanzarse por el mundo de la farándula y la aventura, y parte por tierras de América como actor en una compañía hispanoamericana de comedias. Muy poco habló él de esta experiencia y, sin embargo, pienso que debió ser definitiva en la determinación de su futuro destino. Se familiarizó con países como México y España, a los que estuvo siempre ligado por lazos muy sólidos y muy profundos y con los cuales lo unieron siempre secretas y caudalosas corrientes de una solidaridad perdurable y sin tacha. Esto sirvió para arrancarlo, en una edad formativa y crucial, del reducido y manido ambiente bogotano. Zalamea fue a parar a Madrid, al Madrid de los primeros años treinta, el de la Residencia de Estudiantes, el de la Revista de Occidente, el de Cruz y Raya, el de Lorca y Salinas, el de Neruda Alfonso Reyes y Torres Bodet, el Madrid en donde ya había abierto brecha generosa y cálida para los indoamericanos recién venidos. Éste era el gran momento de España; caída la monarquía, la república se lanzaba, con una generosidad ilusoria, al experimento, al ejercicio y al goce de la libertad recién ganada sin mayor esfuerzo, caída del cielo casi.
Zalamea hizo amistad con los principales poetas y escritores jóvenes que en ese momento iniciaban la última gran empresa literaria de España, la generación conocida como de 1930 o Generación Universitaria, y que integraban Jorge Gui-llén, Federico García Lorca, Rafael Alberti, Luís Cernuda, Gerardo Diego, Vicente Aleixandre, Dámaso Alonso, Juan Larrea y, superándolos un poco en edad y con el entusiasmo ya más temperado, Pedro Salinas. De la amistad de Zalamea con Federico García Lorca se conservan tres hermosas cartas de éste que son una emocionante cascada de ingenio, de ternura, de fe absoluta en la poesía, un testimonio humano de amistad y esperanza. También conoció entonces Zalamea a Ricardo Baeza, quien lo iniciara en los secretos de la traducción. Por cierto que, publicadas con el nombre de Baeza, corren por ahí las magistrales traducciones hechas por Jorge Zalamea de El negro del Narcisus y La línea de sombra de Joseph Conrad.
CARTA DEL POETA FEDERICO GARCÍA LORCA A JORGE ZALAMEA. [COLECCIÓN PARTICULAR]
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De Madrid pasa Zalamea a Londres para ocupar un modesto cargo consular. Su estadía en Inglaterra afirma y agudiza sus conocimientos del inglés y lo familiariza con una tradición literaria que será de las más caras de su madurez de escritor. Regresó a Colombia para laborar al lado de Alfonso López en su primera administración. Un viento de renovación, de optimismo, de gran liquidación de valores rancios y obsoletos, corría por Colombia. El espíritu lúcido e inconforme del nuevo presidente se ajustaba exactamente a la manera de pensar y de sentir de Zalamea. Una de las preocupaciones mayores de López fue la educación. A él se debe la construcción de la Ciudad Universitaria de Bogotá y la primera reforma básica y positiva de la educación pública en Colombia. Fue en este campo en donde Zalamea colaboró al lado de López con un fervor y una lealtad fecundísimos.
Al finalizar el gobierno de López, Zalamea abandona sus funciones públicas y se lanza de lleno a la política, al periodismo y a la elaboración de su obra más sustantiva y valiosa de divulgador, que da a conocer en forma de ensayos leídos por los micrófonos de la Radiodifusora Nacional, reunidos después en un volumen publicado por primera vez en México bajo el título de La vida maravillosa de los libros. Zalamea creía, con sobrada razón además, que el retorno de Alfonso López Pumarejo a la presidencia de la República le permitiría a éste continuar la vasta labor revolucionaria que había quedado trunca en su primer gobierno. Su participación en la campaña para la segunda elección de López fue decisiva para el triunfo de éste y lo que dijera entonces Zalamea en las plazas de los más remotos y humildes municipios de Colombia, o en las de las grandes ciudades que convocaron un entusiasmo popular y un fervor liberal como nunca más volviera a verse en Colombia, pertenece a la más noble tradición política del continente. Palabras de una claridad, de un valor, de un sincero entusiasmo nacionalista y constructivo, como son raras de oír en la gris rutina electoral indoamericana. Elegido López por segunda vez presidente de Colombia, Zalamea es designado Embajador en México. En su visita a la India, Jorge Zalamea recoge y desarrolla en un poema acusador de un verbo inagotable, toda su furia ante la servidumbre absurda del hombre a los más oscuros y necios poderes de nuestra época. Escucharle decir este largo salmo de ira y de acusación, ha sido una experiencia sobrecogedora e inolvidable. Durante su largo exilio Zalamea se entrega por entero a la poesía, a una poesía muy suya en donde la sombra permanente de Perse no oscurece para nada una visión del mundo y del hombre que lo habita con tanto dolor, tanta miseria y tanta absurda abundancia repartida con tan mañosa malicia. Cuando Jorge Zalamea regresa a su patria ésta no tiene oídos para escuchar el testimonio universal y clamoroso de su exilio. Su voz se ha hecho demasiado vasta, demasiado incómoda para quienes se han ido hundiendo en una penosa anécdota de violencia y de tenebrosa venganza. Esta soledad de su voz, esta inutilidad de su juicio en las escalinatas, lo llevaron lentamente a la desesperanza y, por ende, a la muerte. El día de su entierro en Bogotá, sus compañeros de generación, poetas, periodistas y políticos y todos los que luego le precedieron en las mismas lides y aficiones, estábamos allí presentes, confundidos en un dolor común y en una común conciencia de culpa por no haber sabido cumplir con esa solitaria y perpetua condición de protesta, que él tratara de inculcarnos a través de una vida ejemplar y de un destino inconforme y soberbio. Mi amistad con Jorge Zalamea siempre estuvo felizmente marcada por esa clase de encuentros, cordiales complicidades, esquinas que guarda el azar y conspiraciones internacionales de la amistad, que se manifiestan en forma tan patente como entrañable.
Ese era Jorge Zalamea, cuya ausencia no acabo de entender y que cada día me duele con mayor hondura. Porque la vida me recuerda a cada instante, con menos ternura y más de frente y sin piedad, cosas que él trataba de transmitirme amorosamente.