En mi remota agenda infantil figura-ban dos propósitos irrenunciables: conocer el mar y conseguir plata en Bogotá. Conocí el mar a los 16 años. Me pareció un prosaico aguacero acostado. El mar me lo pueden dar en plata. Hoy los niños nacen y en cuestión de meses están haciendo el cursillo de Orinoterapia I en alguna playa. Una niñita antioqueña, Catalina Aristizábal Humar —Berenjena, para su entorno familiar— presentadora, actriz y modelo bogoteña o roleña, dijo cuando descubrió el mar de Cartagena desde el avión: “Mami, se cayó el cielo.”
A Bogotá llegué a los 24 abriles con cara de retrato hablado, sin más palancas que un costalado de ilusiones. La ciudad me pareció un eterno aguacero de pie. Entonces no era tan mockusianamente coqueta como la del alcalde Lucho. Me flechó pronto en un caso de amor a primera vista.
Los piernipeludos antioqueños (hoy somos “apenas” medio millón en la gran ciudad) oíamos hablar de La Capital y se nos ponía la carne de gallina. ¿Visitar la ciudad donde vive el Presidente? ¿Darnos un septimazo? ¿Conocer Monserrate, el troley, el edificio Avianca? ¿Tropezarnos con algún artista que habíamos visto en el televisor en blanco y negro del rico de la cuadra? ¿Y, de paso, montársele a la vida? Si eso no era la felicidad, entonces que nos devolvieran la plata del pasaje en bus. Después de consultarlo con la almohada renunciábamos al hotel mamá y dábamos el grito de independencia doméstico. Irse de la casa era algo tan importante como alargarse los pantalones, dar el primer beso, perder la virginidad.
El desembarco fue difícil: cambiar de atardeceres, de clima, de rostros, de acentos, de amores y desamores, de amigos y enemigos, de certezas y zozobras, era demasiado. Pero “la fortuna ayuda a los audaces”.
Desde el primer aguacero escuché esta bienvenida: “Antioqueño ni grande ni pequeño”. (A propósito, el poetaBelisario Betancur —decano de la diáspora desde 1947 cuando llegó—suele recordar un diálogo entre dos bogas del alto San Juan. Uno de ellos pregunta: “¿Pa'onde va esa gente?” La respuesta es certera: “Esa no es gente.... estos son unos paisas”).
[click en la imagen para ampliar]
Claro que el sueño bogotano era un insomnio de nunca acabar. Había que empezar desde la llanura, con una muda de ropa, colonizar la banca de algún parque, repetir calzonillos, camisa, oler “y no a ámbar”, como diría Don Quijote. Arrancábamos urgidos de huir de las cornadas que da el hambre. Se aconsejaba sacar un rápido master en el arte de saludar paisanos, ojalá a la hora del almuerzo o la comida. Rotábamos anfitriones para no aburrirlos. Con una especie de chip ubicábamos pronto dónde se reunían los coterráneos. Era imperativo vivir acompañados para que la nostalgia no pasara incómodas facturas. El rostro del paisano que había compartido los mismos frisoles, igual o diferente equipo de fútbol, idéntico sonsonete, nos hacía sentir en casa. Y, como la nostalgia entra por el estómago, buscábamos la comida de la tierra. Al marrano, con lo que lo crían.
Lentamente, la ciudad fría y retre-chera pero acogedora, “la casa de todos”, nos iba seduciendo, adoptando; abría puertas sentimentales, ventanas laborales. A muchos nos ha ido tan bien que nunca conseguimos plata. No nos equivocamos: en la “plaza” bogotana para todos hay. En mínima reciprocidad con la ciudad y su gente bella que nos acogió, procuramos respetar el semáforo, siguiendo la enseñanza del cantante español Joaquín Sabina.
Aprovecharé cualquier momento para sacar a bailar a Bogotá un amacizado bolero, ese “corruptor de mayores” como lo denominó otro de la diáspora, César Pagano, filósofo de la rumba. Como dicen los borrachitos perratas que niegan la cuenta: Bogotá: estoy tan agradecido con vos que no tengo con qué pagarte.
Cortesía del autor (Publicado previamente en El Tiempo)