El gancho de venta más atractivo y fuerte del conjunto cerrado era, naturalmente, su seguridad. Desde luego, había bellas casas, jardines, zonas de juegos, piscinas pero —sobre todo— había seguridad. Toda el área estaba cercada por un alto muro. Tenía un portón principal con guardias que controlaban todo con un circuito cerrado de televisión. Sólo entraban al conjunto cerrado los propietarios y los visitantes debidamente identificados y con su correspondiente escarapela con foto. Pero aún así comenzaron los robos. Los ladrones se brincaban los muros y asaltaban las casas.
Los habitantes del conjunto cerrado decidieron entonces instalar torres con guardianes a todo lo largo del alto muro. En los cuatro lados. Las requisas se volvieron más rigurosas en la reja de entrada. Ahora no sólo los visitantes estaban obligados a llevar visible la escarapela. Los propietarios y sus familiares, también. Nadie pasaba por el portón sin ser identificado por el guardia: ni las niñeras ni los bebés.
Pero los robos continuaron.
Decidieron entonces electrificar los muros. Hubo protestas, pero finalmente todos se pusieron de acuerdo: la seguridad era lo más importante. Si alguien llegara a tocar los cables de alta tensión que iban por la parte superior del muro moriría electrocutado. Y si no caía fulminado, atraería a todo un batallón de guardias con claras instrucciones de tirar a matar.
Pero los robos continuaron.
Pusieron rejas en las ventanas de todas las casas. Era lo indicado. En caso de que los ladrones lograran traspasar los altos muros y evitar los cables de alta tensión y las patrullas y los perros y la segunda cerca de alambre de púas levantada dentro del perímetro, no conseguirían entrar en las casas. Pero a pesar de que todas las ventanas habían sido enrejadas, los asaltos continuaron.
Se hizo un llamado para que las personas salieran lo menos posible. Dos asaltantes habían entrado al conjunto cerrado en el asiento trasero de un carro, mientras con un revólver le apuntaban a la nuca del propietario. Robaron la casa y luego salieron, en el carro robado, con identificaciones robadas. Entonces, además del control de las entradas, se pasó a hacer un riguroso control de las salidas. Se podía salir sólo después de un prolongado examen de la escarapela y, previa autorización expresa del guardia, que no quería conversación ni aceptaba soborno.
Pero los robos continuaron. Fue reforzada la guardia. Se construyó una tercera cerca. Las familias más pudientes, con más cosas para ser robadas, se mudaron a una llamada “área de máxima seguridad.” Y se tomó una medida extrema: nadie podría entrar al conjunto cerrado. Nadie. ¿Visitas? Sólo en un lugar predeterminado por la guardia, bajo severa vigilancia y por cortos períodos.
Y nadie podría salir.
Finalmente, la seguridad fue completa. No ha habido más robos. Nadie tiene por qué temer por su patrimonio. Los ladrones que pasan por la calle sólo logran espiar a través del gran portón de hierro y tal vez ver a uno que otro habitante del conjunto cerrado, agarrado a las rejas de su casa, mirando melancólicamente hacia la calle.
Pero surgió otro problema: las tentativas de fuga. Y los motines constantes de los habitantes del conjunto cerrado tratando, de cualquier manera, de alcanzar la libertad.
Los guardias han sido obligados a actuar con energía.