Fue en viejos testamentos donde José Domingo Garzón encontró la inspiración para su obra La Procesión va por dentro, por la cual acaba de ser distinguido con el Premio Nacional de Dramaturgia a Montaje Teatral, otorgado por el Ministerio de Cultura. Este montaje, que se desarrolla en una vieja casa de Bogotá y que explora la historia desde la cotidianidad de puertas para adentro, exalta lo auténtico y ofrece otros enfoques para entender, desde un punto de vista más cotidiano, la historia de Colombia e indoamérica.
Fue hojeando un libro editado por el Instituto Distrital de Cultura y Turismo, titulado Testamentos indígenas de Santa Fe de los siglos XVI y XVII, del historiador Pablo Rodríguez, cuando a Garzón se le ocurrió la primera idea. “Me llamó la atención darle voces a nuestros antepasados, entender cómo vivían y el carácter genuino de los documentos.” La idea de recrear lo que decían los testamentos se transformó en un montaje que, desde tres siglos diferentes, busca mostrar el tránsito entre el misticismo, la duda, y la confirmación de la misma.
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Según Garzón, “la obra transcurre en una gran casa arruinada de diez o quince habitaciones. En cinco de ellas se desarrollan historias de diversos siglos y son contadas por igual número de mujeres. Cuando los espectadores llegan, se les entregan cinco cintas de un color distintivo y, cada grupo, en una procesión de veinte personas, hace su recorrido por las diferentes escenas que arrancan simultáneamente.”
Para el jurado, conformado por Renata Petroni, Fernando de Ita y Carlos Duplat, “La obra de Garzón cumple lo que anuncia el título: un viaje al interior del universo femenino tocando un tema profundamente colombiano, expresado con el lenguaje del teatro contemporáneo. Vale destacar la capacidad dramática de las actrices y la utilización del espacio realista transformado en un espacio poético y teatral.”
La obra, que se seguirá presentando, y en el 2006 estará unos cinco meses en exhibición, no puede encasillarse en un género en particular. Su montaje es un encuentro íntimo entre espectadores y actores o, mejor, entre sujetos contemporáneos y sus antepasados. Es un viaje por distintas mentalidades, por distintas preocupaciones. El dicho popular acerta que la historia la escriben los vencedores, y por eso es tan sesgada. Esta obra es la oportunidad de escuchar, casi al oído, la otra historia, la historia cotidiana, la vulgar.