Antes con Laura, ahora Sin Amparo Por Mauricio Laurens
VICKY HERNÁNDEZ Y EL DIRECTOR, JAIME OSORIO, DURANTE LA FILMACIÓN DE CONFESIÓN DE LAURA
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Al director y productor pereirano Jaime Osorio Gómez se le reconoce la autoría del largometraje argumental que muchos entendidos califican como el ejemplo más pulcro de nuestro cine: Confesión a Laura, coproducción colombo–cubana, estrenada en 1993. Ejercicio intimista, que evoca momentos difíciles e involucra en decisiones trascendentales a tres maduros personajes bogotanos (Santiago, Josefina y Laura).
Transparente anécdota sentimental y dramático contexto histórico (el día siguiente del 9 de abril de 1948), en donde se destacan la economía de recursos y su ambientación hecha en La Habana de una céntrica calle santa-fereña y un discreto apartamento de clase media. Hubo que trastear sombreros y ruanas, cucharas de palo y empaques de productos nacionales de la época, para enriquecer nuestra cotidiana atmósfera hogareña.
Doce años después, y con resultados desiguales, llega Sin Amparo (segunda película del Mono Osorio como director). Su historia es muy sencilla y podría resumirse así: un choque automovilístico, producto de discusiones conyugales, acaba con la vida de una distinguida dama. Entonces el viudo investiga quién le lleva flores de enamorado (no–me–olvides) a la tumba de su señora y descubre que podría tratarse de un joven amante de extracción popular.
Este curioso triángulo póstumo (Rodrigo–Amparo–Armando) se desenvuelve en calles y locaciones del centro y suroriente de la capital. Al confrontar dos clases sociales y dos estilos consecutivos de vida, los resultados no convencen y sus argumentos se quedan cortos o a mitad de camino. A partir de una hipótesis poco creíble (amistad de supuestos rivales que desafían el mundo de quien ha muerto), se manifiesta el rotundo desconocimiento que tuvo Rodrigo de su cónyuge.
Si en la delicada cinta anterior un hombre casado rompía casualmente los lazos matrimoniales y se enredaba con su vecina, Laura, ahora dos individuos antagónicos rastrean el pasado de la misma mujer para volverse compinches y cómplices de sus evidentes secretos. La enigmática Amparo —contradictoria e imprevisible— encarnada por la hermosa venezolana Ruddy Rodríguez, no luce creíble tras de su pretendida frialdad.
RUDDY RODRÍGUEZ Y GERMÁN JARAMILLO EN UNA ESCENA DE SIN AMPARO
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Rodrigo, empresario de clase alta, naufraga en recorridos improbables por zonas peligrosas e incómodas, que el veterano actor Germán Jaramillo no define cabalmente. Armando, individuo que sin más condiciones le entregó su corazón a la finada, tampoco redondea tales rasgos bohemios y se limita a una depresiva representación asumida por Luis Fernando Hoyos. Es que… “fines de semana en Miami, vacaciones en Europa y comidas con el Presidente” no sirven para delinear los alcances de Amparo.
La dirección fotográfica (Raúl Pérez Ureta) presenta desenfoques en los objetos de fondo y bajos contrastes luminosos o de color. Sus imágenes son muy poco atractivas y por más que uno trate de seguir el relato siempre nos tropezaremos con desajustes inexplicables. La dirección de arte como tal no existe y el resultado final se ve algo postizo, aunque se pretendan recrear múltiples ambientes.
Algunas locaciones utilizadas pecan por artificiales. Veámoslas: frío salón de recepciones, jardín cementerio sin perspectiva, desabrido restaurante de lujo, comedero típico de gallina, sala de juntas descrita someramente, fábrica anodina, prostíbulo que cae en lugares comunes, refugio de desplazados (¿o de indigentes?), tienda de barrio no precisada, bar artificioso de Lila, etcétera.
Queda, pues, el recurso de añorar a Laura, interpretada por Vicky Hernández, con sus cinco primeros minutos que son realmente de antología. Selección de archivos noticiosos en sepia sobre el bogotazo, que se fundía progresivamente con la puesta en escena callejera de visos coloridos y al servicio de su función narrativa central —el protagonista se confunde con la multitud enardecida pero logra ingresar a su casa—. Sin prestarse para recorridos gratuitos, la acción se concentraba en un solo espacio.
Eran tres personajes en dos escenarios reducidos y episodios lineales durante unas cuantas horas de vigilia. Tal economía de medios obedecía al postulado de “revelar la trascendencia de los detalles invisibles”. Ahora, Sin Amparo abarca demasiados capítulos sin que brote la esencia del conflicto sentimental. Como afirma el triste amante: “lo necesito a usted ya que de lo contrario me quedaría sin (A)am-paro”.
No sobra decir que Osorio se ha desempeñado como un exitoso copro-ductor internacional gracias a su compañía Tucán. Primero fue La virgen de los sicarios; después María, llena eres de gracia y hace poco La sombra del caminante. Si cualquier persona puede tener un tropezón, y más tratándose de un artista, el buen ojo del Mono al ejecutar proyectos de valía coexiste con su empeño en manejar actores —que ha sido extraordinario, como en el mencionado caso de Vicky Hernández—.