Por Ismael Ortiz Medina
No es suficiente con ganar la batalla: también es necesario celebrarla, porque el poder necesita tomar la forma de la gloria. Es que el poder no es sólo capacidad de gestión y acciones del gobierno: en ocasiones asume la forma de ceremonias, fiestas, rituales, declamaciones y protocolos.
Junto con himnos, símbolos, estatuas, desfiles, discursos y monumentos, el juego y la fiesta han sido parte del ritual de la celebración y han estado asociados con las efemérides, y aunque buena parte de la historia registra los grandes discursos, actos militares y episodios heroicos de guerra, desconoce elementos fundamentales ligados profundamente con la celebración de los triunfos, referentes de identidad nacional y actos de victoria como juego y fiesta. 
Corrida de toros en la celebración del prim er centenario de la Independencia
«Tan sólo nueve días después del 20 de julio de 1810 se celebró la primera corrida de toros republicana. Efectivamente, ese 29 de julio hubo solemne misa de gracias en la mañana y corrida de toros en una tarde llena de regocijo. Con motivo de la instalación del Congreso, en la tarde del 23, 24 y 25 también hubo toros, y en la noche iluminación», señala Fernando Tavera Aya. Hasta finales del siglo XIX, las corridas de toros, junto con los bailes y los juegos pirotécnicos, eran parte esencial de la ceremonia y la celebración de la fiesta patria. Al respecto, dice Cordovez Moure que «desde 1846, cuando el entonces presidente general Tomás Cipriano de Mosquera inauguró la estatua del Libertador en la plaza principal, se adoptó la costumbre —apoyada en el mandato oficial— de celebrar el 20 de julio (…) con espectáculos más o menos rumbosos y variados, entre los cuales figuraban (…) las fiestas».
Así, la celebración solemne del aniversario patrio tomó forma de fiesta popular y, agrega Cordovez Moure que «a medida que se aproximaba el 20 de julio, aumentaba la desazón y movimiento febril de la ciudad: se hablaba de fiestas, se comentaban y se preparaban las diversiones que tendrían lugar en las fiestas. Pululaban las mesas de juego en las que se ostentaban sin rubor las cachimonas, las blancas y coloradas, el bisbís, el pasadiez, las ruletas, el gallito, el monte dado, la popular lotería de figuras y otros juegos afines en que el 99% de probabilidad están a favor del impudente tallador».
Toros, comida, baile, pólvora y juegos de azar hacen parte de las celebraciones patrias en el siglo XIX y ponen a la ciudad en función de la fiesta; sin embargo, estos elementos empiezan a ser paulatinamente erradicados por las élites que confunden la expresividad y la corporalidad no codificada en la urbanidad de Carreño como algo grosero y pecaminoso. Así, se institucionaliza la misa solemne, la izada de bandera, la entonación del himno y el discurso central como elementos básicos de la celebración.
Con la profesionalización de las corridas de toros a finales del siglo XIX, se empieza a desligar uno de los elementos claves de las celebraciones patrias, como lo es la calle y la plaza pública. Se satanizan los juegos de azar y las reuniones en clubes privados por parte de las élites bogotanas, tal y como hacían los europeos y norteamericanos.
Las fiestas patrias toman un carácter formal y protocolario (bandera, himno, discurso). En el Primer Centenario (1910) solemnidad, orden, tedeum y discurso pomposo prevalecen sobre la total ausencia del juego y la fiesta. Alejandro Garay señala que esta celebración estuvo en manos de una junta integrada por élites bogotanas, según lo cita un periódico de la época: «Se calcula en 40.000 el número de personas que asistieron a las fiestas. La mayor parte son gentes del pueblo que buscaban espectáculos populares, al alcance de su bolsillo y de su entendimiento, y no discursos académicos ni complicaciones de la laya (...). De acuerdo con el periodista —se desconoce el nombre—, muchas personas pronto se fueron de la capital decepcionadas al encontrar sólo discursos, estatuas, procesiones y hoteles costosos. El autor de los textos apela a los organizadores para que no se olviden de aquellas personas, que son la mayoría y a quienes nada les dicen los festejos».
Es a través del juego y la fiesta como se daba la única posibilidad de articulación de lo popular y en general de los grupos excluidos del poder en el siglo XIX, en las fiestas patrias y las efemérides. Las corridas de toros, los toldos de comida y los juegos de azar y de calle: casi todos desaparecidos.





