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Juan Manuel Roca: un poeta todoterreno

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Por Óscar Domínguez G.

Biógrafos de primer semestre aseguran que Juan Manuel Roca Vidales, hijo de Rubayata en doña Clarita, nació un 28 de diciembre. Falso. Para no hacer pasar por inocente a la poesía, el hombre que acaba de ganar el Premio Internacional de Poesía Zacatecas 2009 —antes el de Casa de las Américas con Biblia de pobres, y el cubanísimo José Lezama Lima por su vida y milagros literarios— dejó su nacimiento para el día siguiente, el 29.

Al año y medio de vida, Roca gateaba en Porte-Étienne, África occidental francesa, construyendo castillos de arena en la arena del Sáhara. O sea, que en vez de caballitos de madera hechizos jugó con camellos ‘de elásticas cervices’ y con dromedarios de carne y desierto. Allí se tuteó con beduinos en cuyos ojos veía retratados espejismos en el sitio donde suelen habitar las pupilas.




Su asombro más remoto es haber trepado de niño a las pirámides de Teotihuacán, en México. Jugaba a las escondidas en el patio del Palacio de Quetzalpapalotl y se alimentaba de atardeceres desde la Pirámide del Sol. Así es fácil ser poeta.

En París inició un doctorado —que no termina— como enfant terrible, gracias a la profesión de vagabundo ilustrado de su padre diplomático, godo librepensador (pa’ godos, los liberales de Ocaña, Norte de Santander, de donde era oriundo Rubayata). De la mano de Fabio, su hermano mayor, el ‘loco bajito’ de rizos dorados, jugaba con pequeños veleros en los estanques del parque de las Tullerías y les hacía competencia a los muñecos del itinerante teatro de guiñol. A su hermana Bolivia, compañera también de su eterno viaje a Ítaca en el que se ha formado más que en las aulas, Juan Manuel suele regalarle boleros de los que canta el chocoano Arista, también convertido en carne de eternidad.

En ese mismo París descubrió la risa —cédula de ciudadanía del humor— viendo sudar plusvalía a saltimbanquis y payasos. En el zoológico de la gala capital se hizo amigo personal de los Papagayos amazonensis traficados desde las selvas del Putumayo. Así los astros no lo descifren bien, Roca, el de la eterna bufanda al cuello y quien tiene cierto parecido con Rembrandt, nació capricornio, como Henry Miller y como el Niño Dios, quien pocón de poesía. Todo se le fue en religión. Roca pocón de religión. Se le fue la mano en poesía.

Finalista en un premio Rómulo Gallegos de literatura, es uno de los bardos de la parroquia más laureados, más publicados, más citados, más invitados, más traducidos (inglés, francés, alemán, griego, ruso, japonés, rumano, portugués, sueco), más envidiados, más reeditados, más criticados, más taquilleros y un largo etcétera.

Pero como nadie es perfecto —ni siquiera los versificadores— a los seis años era mascota del Independiente de Medellín. Fue su incapacidad para ser interior derecho del Poderoso DIM lo que lo obligó a volverse poeta. Lo mismo le pasó a su colega Darío Jaramillo. Como a su equipo, ama los trenes y los pomares de Medellín. También venera a Vallejo, Huidobro, Lezama, Rulfo.

Por espacio de diez años fue coordinador y luego director del Magazín Dominical de El Espectador; doctor Honoris Causa en Literatura de la Universidad del Valle, y tallerista de la Casa de Poesía Silva (propone que se les diga «tallerines, por tener un sentido casi gastronómico, de retroalimentación»). El explosivo escritor es modelo 46, como esos carros de latas eternas como una roca, voz homófona de su apellido que vino a lomo de carabela desde ‘Chapetonlandia’ (España).:

Es poeta por cooptación a dedo; su padre, Rubayata, inundó su niñez de ese esperanto de la imaginación llamado ajedrez, y tapizó su cuarto de ficciones convertidas en libros. Que no falten Las mil y una noches para sus mil y dos insomnios de lector voraz. Su coronel Aureliano Buendía fue su tío, el poeta Luis Vidales, quien le inoculó la inspiración. El estadístico de Suenan timbres le infiltraba obras de griegos y romanos. Que no falten Rimbaud, Verlaine, Poincaré, Baudelaire, García Lorca, Machado, Quevedo y Góngora, Cervantes y Espronceda.

A varios nos sucede que leemos sus poemas, cuentos, crónicas, reseñas, ensayos, entrevistas, novelas, lo que sea, y se nos alegra el semestre. Habla de «la vida, esa feliz bancarrota». Es el único que escribe «la palabra eternidad y una rosa se marchita». En el reloj de pared de Roca, «el tiempo pasa de puntillas, como un sueño». Según su ‘jurisprudencia’ poética, «[…] la música es la luz de los ciegos», de los que dice también que algunos «recorren como a un piano los libros».

En el extenso reportaje que le hizo su paisana y colega en las musas, Piedad Bonnett, y en otras charlas, el de la poesía on the rock, afirma que «dedicarse a la poesía es como dedicarse a hacer agujeros en el agua». A la hora de las confesiones revela también que «escribir poesía es como ser pastor de abismos». Otras reflexiones róquicas sobre su oficio de fabulista: la poesía es «una especie de luz en la nocturnidad », un «entrecomillado de la realidad».

No en vano el chileno Gonzalo Rojas, Premio Cervantes de Literatura, cuando habla de este poeta ‘pura sangre’, nacido en el Pabellón de Pensionados del Hospital San Vicente de Paúl, en Medellín, dice que leer a Roca «será siempre un placer, un frescor, una cruza casi animal de imaginación y de coraje». Y le ordena en el prólogo de Cantar de lejanía, una de sus antologías personales, editada por el Fondo de Cultura Económica: […] «escribe, hombre, escribe: No pares de escribir». No termina ahí: «Me habría gustado escribir muchos de sus textos», agrega Rojas, con envidia de la buena.

Y como entre algunos escritores no se pisan las metáforas, el laureado y fallecido Germán Espinosa, a quien el irreverente Roca prefiere al divino García Márquez, decía que Juan Manuel «posee la primavera perpetua de todo creador; es —entre nuestros poetas actuales— el Poeta». En uno de sus libros, Cristal de Roca, de la Editorial Domingo Atrasado, en la sección reservada a la presuntoteca, Roca aparece atarzanado por Gabo, en Cartagena, y posando para la posteridad con Espinosa en Berna, Suiza. En un principio quiso ser César Vallejo y fracasó en el intento. Se dedicó a ser Roca y le sonó la flauta.