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Jorge Mario Múnera: el país vuelto imagen

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Por Juan Gustavo Cobo Borda

   
Foto © J.M. Múnera.
Músico con arco sonoro, Pueblo Bujo, Córdoba (1984).
 
   

Fotos que tienen algo de fijeza milenaria, de oscuras tierras en sombra: así comenzamos el recorrido con que Jorge Mario Múnera nos lleva, desde los indígenas guambianos, por todos los ejes culturales de la geografía colombiana. Las imágenes y los bellos y a la vez precisos textos que ha escrito para acompañarlas, nos remiten a un punto de partida milenario: «No somos invasores, fuimos invadidos», para dar paso así a un teatro de vertiginosas transformaciones. Los rostros pintados, ornados, camuflados, representan un teatro que exorciza y quema al depredador, y que luego, al recobrar la cara escueta de todos los días, nos recuerda su sentido comunitario al comer todos juntos, y al mantener la memoria de los antiguos, de los primeros pobladores, en una secuencia que enlaza tiempos pero no desdibuja ni etnias ni rostros: las individualiza, las personifica, con la agudeza de su mirada, y la profunda sobriedad expresiva de su cámara.

Pero los indígenas no son nuestra única raíz, develada en los libros de Gerardo Reichel Dolmatoff o en los poemas de Ernesto Cardenal, Homenaje a los indios americanos. El aporte negro, a través de la banda municipal de Quibdó, redobla en sus platillos y tambores música de Candelario Obeso, de Jorge Artel, de Helcías Martán Góngora, pero qué pulcritud burocrática en estos funcionarios del arte, que no gritan, se contorsionan o emborrachan en el proverbial carnaval, sino que cumplen una función artística, de desfile en plaza pública, de celebración, bautizo, boda o entierro, en recinto privado, de transustanciación de lluvia y pobreza, desfalco municipal e inseguridad laboral, en el oro de esa música que no se disuelve en el ritmo de los pies ni en la alegría del corazón, sino que la fotografía ha esclarecido, mostrándonos cómo un hábil burócrata, un cargador de puerto, un pescador del azar, se funden en la armonía colectiva de una banda, un ritmo donde lo individual se ha hecho redoble colectivo.

“Fotos que tienen algo de fijeza milenaria, de oscuras tierras en sombra: así comenzamos el recorrido con que Jorge Mario Múnera nos lleva, desde los indígenas guambianos, por todos los ejes culturales de la geografía colombiana”.

   
Foto © J.M. Múnera.
Sofía Román de Zureyk, Cartagena , Bolívar (2006).
 
   
Pero donde esta señal reiterada de rechazo a la individualidad egoísta se mantiene, desde lustros anteriores a la llegada de los conquistadores, es en los danzantes de Males, en Nariño. Allí, labriegos y remendadores de ollas abandonan sus ruanas en aras de la confirmación ritual de las tradiciones de su pueblo, y crecen y se duplican ante nuestros ojos pues sus espejos, coronas, collares y gorgueras, hechos con papel e ingenio, los transforman en Caciques, en Altos Señores de la Danza y el Mito. Así sucede con esta secuencia admirable de imágenes que nos desplaza en la renovación secular de un legado, que bien puede parecer tan anodino como un rostro esmirriado y una gorra de mecánico, como convertirse en una dignidad altiva e imbuida de poder y sentido: eso es lo que estos retratos del País Invisible nos traen como rescate, pero también como vivencia humana. Y, sobre todo, la astucia para enlazarnos con la humanidad integra: ¿son máscaras de África, son máscaras de Oceanía, son máscaras griegas, en la tragedia o la comedia, sobre altos coturnos? Son máscaras colombianas, para decir que somos otros, que la, a veces, doméstica miseria de las rutinas puede adquirir una risa muy grandilocuente o un llanto estrepitoso.

El niño que se pinta con hollín y el anciano que se camufla tras una vieja corteza de árbol, para asustar al niño que es y a la muchacha que huye asustada. O también trocados en mujeres traviesas, que brindan y rehúyen sus favores. O quienes hacen fiesta en el Putumayo, para resolver disputas y encarnar seres inmemoriales.

Debería remitir a mi página web: www.coboborda. org y hacer referencia a la conferencia que leí en Beirut, Líbano, sobre ‘La presencia árabe en la cultura colombiana’. Pero las obras de Meira del Mar, Giovanni Quessep, Raúl Gómez Jattin, Jorge García Usta, Luis Fayad, Juan Gossaín y Yamid Amat, con sangre árabe en sus venas colombianas, sólo ha adquirido sentido al mirar, y repasar, una y otra vez, las fotos de Múnera. Sus escenas árabes, en Maicao o Cartagena; sus mezquitas e interiores de mosaico, para fijar así en la sensibilidad de la memoria el país diverso que nos enriquece, en la admiración contemplativa de estas fusiones y contrastes, de estos diálogos y mestizajes, captados de forma inolvidable. La Universidad de Harvard tuvo toda la razón en publicar este libro excepcional. Será muy pronto parte de nuestra vida misma.

«El ojo que ves no es ojo porque tú lo veas; es ojo porque te ve».
Don Antonio Machado.
Citado por Juan Manuel Roca en la presentación del libro de Jorge Mario Múnera.

Estas fotos forman parte del libro Retratos de un país invisible Las fotografías de Jorge Mario Múnera publicado por el Centro David Rockefeller de Estudios Latinoamericanos de la Universidad de Harvard y editado por José Luis Falconi, investigador del Departamento de Historia de Arte y Arquitectura y curador del programa Art Forum de la Universidad de Harvard.