Por Alejandro Arciniegas Alzate
Cuando te volvías pop,
ya nunca podías ver nada
de la misma manera.
Andy Warhol
La Alcaldía Mayor de Bogotá, la Secretaría Distrital de Cultura, Recreación y Deporte y Casa Malpensante pidieron a veinte artistas, en su mayoría ilustradores, reelaborar en diversas técnicas las figuras de veinte protagonistas de las independencias de América. El reto: hacerlo en clave pop. La exposición, inaugurada el pasado 13 de agosto en la Feria del Libro, será dispuesta en gigantografías y tendrá lugar en espacios y fachadas de edificios públicos, primero en cuatro localidades de Bogotá y después en otras ciudades. Se trata de veinte obras plásticas ejecutadas libremente por un grupo de artistas latinoamericanos.
Arte Pop
Quizá fue Marcel Duchamp quien primero esbozó el horizonte estético donde aparecerían más tarde los trabajos del pop. Ready made fue el nombre que recibieron propuestas suyas como el porta-botellas o aquel hermoso orinal, llamado eufemísticamente Fuente, que profanaron la esfera semisacra de los salones newyorkinos: transcripción despiadada del objeto cotidiano en el museo. Duchamp, en 1915, preguntaba: «¿Cómo hacer obras de arte que no sean de arte?».
A esta pregunta, Andy Warhol respondió llanamente: reproduciendo en formatos corrientes las cosas de todo nuestro agrado: botellas de Coca- Cola, billetes de dólares, estrellas del rock, etc. En 1962 exhibió por primera vez sus pinturas en serie de treinta y dos latas de sopa Campbell. Audacia de Warhol que habría significado muy poco si al tiempo que introducía en la obra de arte la marca de algún detergente, no hubiera dado con un soporte distinto del lienzo: revolución al nivel del tema, pero también de la técnica.
El óleo no servía a sus fines. Los medios tradicionales de representación objetiva le habrían supuesto un derroche de horas y esfuerzos. El arte de Warhol es de una asepsia tremenda. Tenía necesidad de un registro más pulcro. Después de aquel 1962 en la Ferus Gallery de Los Ángeles, Warhol trabajaría con una Polaroid, pintaría por números a partir de serigrafías y esténciles, y compondría algunos de los más célebres cuadros del arte moderno. Famosas son sus versiones de Mao, Nixon y toda la farándula estadounidense.
El pop no era la más transgresora de las vanguardias; de hecho, fue en cierto modo reaccionario. La aventura pictórica que había terminado por abandonar el elemento figurativo en el arte, luego de siglos, se veía obligada a reproducir otra vez ‘lo real’. Y en qué forma. Jasper Johns y Bob Rauschenberg lo hicieron antes que Warhol. La diferencia estribaba en que, para estos pintores, el contagio del arte por la publicidad y la cultura de masas era un recurso para sobrevivir y hacer plata, demasiado ‘comercial’ para considerarse de veras auténtico. En cambio, para Andy Warhol, ilustrador, publicista, el pop fue un tiquete de ida para salir del encierro de las formas abstractas.
Bicentenario
El trabajo, en parte, ya estaba hecho. Esas estampas de los próceres tomados en su empaque más grave fueron modificadas por dos siglos de especulaciones históricas. Sabemos más de estos personajes que sus contemporáneos. El período fue tan pródigo en crónicas, que si esas pinturas debieran transformarse cada vez que un estudio arroja otra luz sobre la vida del prócer, el anecdotario de las independencias está lleno de chismes que harían las delicias de Dorian Gray.
Pensemos, por ejemplo, en Bolívar. ¿Cuántas versiones no existen? Bolívar refugiado en Jamaica, Bolívar derrotado en San Juan de los Morros, Bolívar delirante en la cumbre del Chimborazo, Bolívar libertador de seis repúblicas, ¡Bolívar dictador de los Andes! Son tantas facetas que no parecería que nos hablaban de un mismo hombre. Uno es Bolívar según Caro, otro según Óscar Hernández. Todas las biografías nos han regalado un nuevo rasgo del héroe.
Pablo Bernasconi, el artista encargado de transformar a Bolívar según el cuadro de José Gil de Castro, nos lo presenta incendiado, con la cabeza hecha un horno. Los resultados son sorprendentes. José Martí queda en la versión de Javier Olivares como un ciudadano muy cool; es Martí exiliado en Nueva York, el periodista que escribió sobre Buffalo Bill y Jesse James; que comparaba los árboles del invierno con manojos de látigo, enterrados a la salida de los salones de arte. Aquel Martí de quien se dijo más tarde que «hacía periodismo desde las nubes».
Sabemos que Manuelita Sáenz fue una mujer importante. García Márquez nos la describe paliando la angustia de Bolívar en su último viaje. Años después intentó suicidarse con una serpiente. El presidente Rafael Correa la acaba de nombrar generala de la República. Y leemos en otra parte que el Libertador hablaba de ella como de su «amable loca». Hoy, María Paula Dufour, en una hermosa obra tejida con hilos, reinterpreta la imagen de Pedro Durante y nos la devuelve casi una niña.
Son sólo algunos ejemplos. Bicentenario pop será una muestra admirable.









