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Árboles ciudadanos en la memoria y en el paisaje cultural de Bogotá

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Por Juan Manuel Baquero

Este bello libro que enseguida reseñamos es el resultado de una investigación que la Alcaldía Mayor de Bogotá, a través de la Secretaría de Cultura, Recreación y Deporte y el Instituto Distrital de Patrimonio Cultural, encargó a un grupo encabezado por el antropólogo y magíster en historia, Germán Ferro Medina, para establecer el impacto y copresencia de la flora bogotana en la cultura de sus habitantes.

El plan de la obra se reparte en cuatro partes. La primera es una selección de textos con significaciones del árbol en distintas civilizaciones. Luego sigue una pedagogía sencilla que no tiene otro objeto que preparar la mirada del espectador, para que su contemplación del paisaje bogotano se enriquezca con algunas nociones sobre las plantas. La tercera parte contiene el inventario de aproximadamente 200 árboles distribuidos en once sectores de Bogotá, ofrecidos en 32 rutas para recorrerlo, según los órdenes temáticos que el equipo de investigación propone a quienes gusten de su patrimonio medioambiental.

Es, de entrada, un proyecto interesante. Porque la asociación entre ciudades y árboles no concurre a la imaginación de un modo necesario o, al menos, no sin ciertos filtros, cortapisas e interrogantes. Tanto más cuando se trata de una megalópolis como Bogotá, cuyo carácter desarrollado, centro del quehacer económico de todo un país, parecería rechazar una mirada atenta sobre su potencial ecológico. Es una afirmación insostenible, claro está. Bogotá goza de una variadísima flora que va desde sus colosales eucaliptos hasta algunas de las orquídeas más sutiles. Disfruta de unos cerros que conmueven siempre el ánimo, por mucho que uno se haya acostumbrado.

Pero se me concederá que no es lo mismo hablar de Bogotá en términos ‘verdes’ que de una ciudad como Valledupar, donde el follaje esconde prácticamente el pavimento y casi todas las calles se prolongan al abrigo de una sombra. Quizá por esta razón, Árboles ciudadanos en la memoria y en el paisaje cultural de Bogotá es un libro tan interesante. Tiene tanto de guía turística como de tomo enciclopédico. En estas páginas, el lector encontrará un conjunto de definiciones útiles para el conocimiento iniciático del árbol, con nociones elementales acerca de sus partes y funciones, además de numerosas fotografías que acompañan textos agradables, construidos sobriamente.

Gilles Deleuze se divertía en grande cada vez que hallaba separados, como por el capricho de un autor, los conceptos ‘naturaleza’ y ‘cultura’, como si fueran dos distritos blindados por aparte. Gracias a sus sondeos filosóficos llegó a formular un contenido tan revolucionario, que puso de patas para arriba toda la antropología en su momento: naturaleza e industria son simultáneos. No existe semejante diferencia: la naturaleza es inmediatamente industria. Pero es gracioso que debamos dar tantos rodeos para descubrirlo. Ya sea en ciudades o en el campo, la presencia de los árboles resulta familiar.

Árboles ciudadanos en la memoria y en el paisaje cultural de Bogotá es un texto ajeno a cualquier fundamentalismo ecologista. No se trata de un manual para el fin del mundo ni de una preceptiva acerca de cuán importante debería ser proteger la flora bogotana. Tal vez sea esto lo que hace de su lectura algo agradable. Lejos de buscar adoctrinar o encender alarmas, se trata simplemente de un mirador al patrimonio ambiental de la ciudad. Está hecho para quienes somos profanos en la materia. Un libro lleno de nogales, amarrabollos, falsos pimientos, sietecueros, palmas bobas, etc.

Razón de más para sentirse orgulloso de ser bogotano. Ciudad Viva celebra la aparición de un libro que inaugura un nuevo vínculo de solidaridad entre quienes compartimos este rico paisaje aún por explorar.