Buscar


Omara Portuondo: el acontecimiento de un concierto mayor

Versión para impresora

Por Jorge Sossa Santos
Consejo Distrital de Arte, Cultura y Patrimonio



Es común anunciar los eventos musicales que sucederán en la ciudad. Casi siempre se habla con expectativa de un cantante que se presentará, de una banda que vendrá. Sin embargo, es muy poco lo que se dice del hecho musical que sucedió y muy poco o nada se analiza el contexto y las condiciones con que la presentación musical tomó cuerpo.

Y la de la reconocida cantante cubana Omara Portuondo, en el Teatro Mayor Julio Mario Santo Domingo, la noche del 1º de octubre, constituyó sin duda un gran acontecimiento. Fue la puesta en escena de una manera de cantar que sublima la fuerza de la cultura popular, con su libertad de frasear al cabalgar sobre la sonoridad de ritmos y acordes, con la capacidad de afectar al público con ese feeling, esa manera de jugar con una melodía ya conocida y sin embargo enunciada de maneras a veces impredecibles.

Un muy buen concierto en el que la excelencia del canto de Omara se trenzó con el afinque, precisión y expresividad instrumental de la banda que la acompañó, equilibrada y sin estridencias, cuidadosa de los matices: el contrabajo, el piano, la batería, la guitarra y la percusión cubana, virtuosos todos, complementados entre sí.

La fuerza de una tradición se expresó diciéndonos que, en músicas populares, la repetición siempre será distinta y que, quizá, por eso mismo será imposible cansarse de oír la tierna y expresiva versión de Drume negrita, un canto de cuna que conmovió; o La sitiera, de Portabales, recreada en un arreglo extraordinario, entremezclado con la tantas veces escuchada Guantanamera pero que ahora hacía sentirla como si fuera otra canción. O la versión de Oh qué será, de Chico Buarque, en donde la sonoridad de lo caribe-americano se pone en evidencia en un diálogo rítmico exultante y excitante.

En fin, concierto de sutiles contrastes y sin programa de mano donde la cantante fue proponiendo el repertorio en la medida en que el concierto se sucedía, según sentía la empatía con el público. Así, comenzó con Gracias —trabajo de su álbum del mismo nombre, Premio Grammy Latino 2010— y terminó con boleros ya conocidos pero traídos a colación sin que fuera posible seguirla, pues el feeling de la Portuondo va y viene, se detiene y comienza sin esperarlo. Como público apenas canturreábamos, sin poder cantar una melodía conocida, ante la cual Omara nos sorprendía.

Un ‘templo’ mayor
Es preciso hablar ahora del escenario donde acaeció esta maravilla. Y lo es, porque Bogotá aún no ha dimensionado la importancia de que exista un teatro de las condiciones y características del Teatro Mayor Julio Mario Santo Domingo.

Primero, porque constituye un modelo inédito donde lo privado y lo público tejen una apuesta común que, sin duda, se orienta al interés también común de quienes esperamos la emergencia y sostenibilidad de más y mejores salas para la ciudad. El concierto ‘mayor’ realizado por Omara Portuondo en el Teatro Mayor, me hace pensar en que es necesario encontrar nuevas maneras de entender lo común ya no como la antítesis de lo privado y lo público, ya no como la transacción de recursos que se suman para invertir en proyectos efímeros, sino ver en lo común aquello que encierra la multiplicidad de expresiones de una ciudadanía que espera y propone nuevos espacios para que fluyan y se expresen las mil voces de la diversidad, esto en condiciones dignas propias de las manifestaciones artísticas y musicales que visitan la ciudad.

Segundo, por lo interesante del modelo. La ciudad de Bogotá aporta un lote situado en un área geográfica donde no existen salas ni programación artística; un donante, Julio Mario Santo Domingo, aporta recursos importantes para construir un escenario dotado de las mejores condiciones técnicas y de la infraestructura para que se realicen conciertos y acciones de gran nivel y rigor artístico. Y para su funcionamiento —pues no bastarían lote y equipamiento— unos recursos privados del donante y unos recursos públicos a través del presupuesto de la Alcaldía Mayor de Bogotá y la Secretaría de Cultura, Recreación y Deporte. Pero eso no es todo: un proyecto de tal envergadura requiere de una gestión necesaria para hacer sostenible un reto que es imprescindible para la ciudad, para la ciudadanía cultural de Bogotá. Y así parece estar sucediendo por la calidad, cantidad y diversidad de su programación.

Hacía falta que aparecieran, en el contexto de la programación musical y artística de la ciudad, propuestas serias, rigurosas y abiertas a públicos múltiples. En cada boleta que se compre para asistir a esta sala común estará el aporte ciudadano de un público que, por lo vivido esa noche, pide que haya más de esas músicas que son de tanto arraigo popular y, a la vez, de tanta poesía, de tanta expresividad.