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Nicolás Suescún: versátil artista y poeta bogotano

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Por Juan Gustavo Cobo Borda


Nicolás Suescún, retrato de Mariela Agudelo

La Universidad Nacional publicó, en 530 paginas, la totalidad de la obra poética de Nicolás Suescún [el autor ha dicho: «Es un libro que quiero que se olvide, porque tiene montones de problemas »], un destacado cuentista y traductor bogotano nacido en 1937, autor además de sarcásticos y versátiles collages. Suescún, quien no ha tenido miedo de traducir a Rimbaud y a Yeats, los cuentos de Ambrose Bierce (Aceite de perro, en 1994) y el varias veces reeditado y fascinante El río, de Edmund Wade Davis, llama ahora a su obra reunida con un titulo que lo define: Este realmente no es el momento.

Títulos anteriores suyos, como La voz de nadie o Empezar de cero (2007) apuntan hacia esa elusión, borramiento, despojo y marginalidad del sujeto de sus textos. Por ello, la sensación inicial es de distancia e incomunicación: la de los hijos con los padres, la de la familia entre sí —«igual cada uno en sí mismo, día tras día»—. Soledad asumida que cada cual protege con tics y manías, con una erizada cortina de sarcasmos, toscas bromas y desamparada indefensión. Ser de ciudad, inalterable en sus rutinas, cuyo espacio sólo puede ser aquel donde la historia envejece y se degrada. Sueños laxos e inconsistentes y la inutilidad misma de intentar otra vez lo requetedicho: la poesía.

Pero en ese intersticio entre el anhelo y la caída previsible, la gran liberación del absurdo. Una rendija a través de la cual puede asomarse a gratificantes espectáculos inconcebibles. Por ejemplo, seres que pueden pisarse a si mismos, caminando por el techo, o tomando vitaminas para el pelo. Seres de la estirpe de Samuel Beckett que, en lo anodino de la acción diaria, pueden colarse en el teatro de la historia, y vivir un momento vicario, de frágil esplendor. De irrisoria grandeza. «El vacío de siempre entre la gente y yo» lo irán llenando esas acciones tan maquinales como disparatadas, tan compartidas como solitarias. El traductor que ha sido Suescún retoma la energía polémica de un Blake para fortalecer una mirada visionaria aplicada a su apatía y desgana. A la cual bien puede aplicarse el certero (y breve) poema de W.H. Auden, Contra Blake:

La Vía del Exceso
conduce, las más de las veces,
al Cenegal del Desconsuelo.

Nada vale la pena, salvo soñar con la fuga, perderse en la evasión del incomodo recuerdo. Nada vale la pena sino volver a ser César Vallejo en las líneas leídas de un poema suyo.

La voz de nadie es la voz de todos y la flora y la fauna de la imaginación apenas un pretexto para adormecerse y no sentir la acometida de los años. Seres crepusculares, que envejecen en cafés o parques; que vuelven a medir el saldo negativo de toda existencia y que de dicho fracaso extraen aun fuerzas para soñar con doradas playas o apetecibles sirenas. Las mismas que aún exultan cantando la canción feliz del tedio y la pereza. De una ensoñación sin consecuencias, apenas si acaso las frágiles líneas del poema:

me agobia esta diaria zozobra
[…]
este querer cantar siempre
y no poder cantar nunca.

Pero, en verdad, aún conserva la capacidad de ser otro, el otro: el viejo en el café, el vagabundo en la acera, la beata que se arrastra hasta la iglesia. Su padre o su abuelo ya son su rostro. Los rituales de la gente, delante del espejo, para conjurar el aullido del miedo. Para volver a soñar como bello un pasado que no existe y un futuro que no se alcanzara a tocar ni a moldear de ningún modo. Por ello, este presente de objetos uniformes y profetas que desvarían sólo se concede una pausa: la de quien contempla crepúsculos, la conflagración sangrienta con que las sombras alivian el esplendor dramático de un cese de luz. Ese frío consuelo de compartir la helada, sí, pero certidumbre al fin, de la luna como fiel, insomne compañera en estos poemas que avanzan tranquilos hacia La dulce levedad final. Hacia su exhortación, tan bogotana, tan de estas calles, cerros y miseria: «Paciencia pulgas que la noche es larga».

 




Premio Vida y Obra: Reconocimiento a artistas mayores de 65 años

Enmarcado en el portafolio de convocatorias Bogotá tiene talento, de la Alcaldía Mayor de Bogotá y la Secretaría de Cultura, Recreación y Deporte, el Premio Vida y Obra busca destacar la trayectoria y obra de los artistas creadores mayores de 65 años, para destacar a quienes demuestren una amplia experiencia en las áreas de música, literatura, danza, arte dramático, artes plásticas y audiovisuales, y concederle al elegido un estímulo económico de 50 millones de pesos, más la publicación de un libro en donde se exalte y reseñe tanto su vida como sus aportes a la cultura. La primera edición del Premio se realizó en el año 2008, y el ganador fue el talentoso dramaturgo Carlos José Reyes Posada.

En la edición de este año, el turno le correspondió al escritor, traductor, artista plástico y poeta Nicolás Suescún, quien desde los años 60 ha desarrollado una intensa actividad en el campo cultural: trabajó en la librería Buchholz, dirigió la importante revista cultural Eco, y es autor de cuentos como El retorno a casa (1971). Gracias a su trabajo como traductor del francés y del inglés, sus traducciones del español al inglés han permitido que se conozcan en ese idioma autores nuestros como Raúl Gómez Jattin, Mario Rivero, Porfirio Barba Jacob y Jota Mario Arbeláez.

El jurado estuvo compuesto por la periodista cultural María Cristina Pignalosa, el editor Moisés Melo y el director de Ciudad Viva, Guillermo Angulo.