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Rodrigo García estrenó su película, Madre e hija

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Rodrigo G., sí futuro

Por Óscar Domínguez G.

Vino, vio y se desatrasó de nostalgias en la ciudad donde nació a temprana edad, hace 51 años. Conoció TransMilenio, sufrió trancones, padeció toda clase de invitaciones a comer. Presentó en el Andino su última película de 120 minutos, Madre e hija, no se dejó graduar de vedette, tampoco exigió tapete rojo ni hotel cinco estrellas, respondió mil veces las mismas peguntas y le tout Bogotá se retrató con él.

Luego regresó a su base en Los Ángeles, ciudad donde viven actrices que lo miman e interpretan sus lúcidos guiones. Allí lo esperaba también un harén integrado por su mujer, Adriana Seinbaum, y sus hijas Isabel e Inés. El inspirador trío le cuela el aire. No visitaba a Bogotá desde hacía 25 almanaques. Mi cachaquito, apodo que le puso su papá, nació en la capital en la misma fecha que Borges, un 24 agosto.

Ambos son virgo, el único signo representado por una mujer. Tal vez por este fenómeno, y por tener más o menos alborotado el complejo de Edipo gracias a mamá Mercedes Raquel, le fluyen las películas, nada rosas, sobre conflictos del eterno femenino. Si le vamos a creer a su signo zodiacal, el virgo Rodrigo García Barcha es modesto, inteligente, tímido, meticuloso, práctico, trabajador, analítico. Le dictan el orden y la higiene. También es frío, conservador, perfeccionista. Es duro con su prójimo.

Coalición de amor
Amén de nacer bajo el paraguas del feminista virgo, es fruto de una coalición-colisión de amor entre una dama enérgica hecha en Magangué — dueña de la «sigilosa belleza de una serpiente del Nilo»— y un ex vendedor de enciclopedias que desafinó cantando con el Cuarteto García. Interpretaba boleros de Daniel Santos, uno de sus preferidos, en sus mocedades en Barranquilla. El cantor fracasó en ambos oficios y entonces se dedicó a redactar ficciones. Le sonó la flauta como fabulista. Luego, ese papá, «el bigote que escribe», se convertiría en uno de sus principales fans.

Cuando la cigüeña lo depositó en tierra firme bogotana, el diario El Espectador informaba en primera página sobre la gestión del presidente Alberto Lleras, mientras el canciller Turbay Ayala regresaba de viaticar en el Perú y el severo maestro Darío Echandía se lucía como mandamás del liberalismo.

Un cura en su hoja debida
Por esos días, una mujer prohibida para todo católico, Brigitte Bardot, en La reina del bikini, y las mexicanas la Doña María Félix, en Tizoc, y Evangelina Elizondo, en Rapto al sol, le quitaban el sueño y el insomnio eróticos al varón domado de entonces. Los primeros teterados vitales que recibió en casa de los García Barcha tuvieron que ver con el cine y la música. Pocón de juegos, tíovivos, tardes de fútbol, helados y yerbas afines para niños.

Del García caribe heredó fino humor, mamagallismo y disciplina para trabajar. Por el Barcha egipcio, que hace que por sus venas corra el Nilo, es ordenado, cauteloso y con una memoria del borgiano Funes. El cura Camilo Torres, entonces alzado en almas, se encargó de administrarle el sacramento del bautizo al futuro guionista purasangre. El que sería fugaz activista del ELN dijo, durante el duchazo bautismal: «El que crea que sobre esta criatura desciende ahora el Espíritu Santo, debe arrodillarse». Todos permanecieron de pie, incluyendo el izquierdista Plinio Apuleyo Mendoza, su padrino.

El hombre Harvard
García, todo un adelantado en imágenes —también es fotógrafo—, creció en México «como un chico burgués». Por ello, su hermano Gonzalo le dice chilango (cachaco mexicano). Del dueto Rodrigo-Gonzalo comentó su padre para la revista Paris-Match: «Mantengo una relación excelente con mis dos hijos. Son lo que han querido ser, y lo que yo quería que fueran».

Después de algunas escaramuzas en Harvard, donde estudió historia medieval mientras definía qué diablos hacer con su vida, se hizo cineasta en Los Ángeles. Hizo la primaria cinematográfica primero en México, y luego en Colombia, cargando ladrillo en la versión televisiva dirigida por Jorge Alí Triana —a partir de un texto de un tal Gabriel García—, refrito de una película hecha antes para cine por Arturo Ripstein que se llamó Tiempo de morir. Así y todo, es poco lo que Rodrigo sabe del cine colombiano actual.

Crece audiencia femenina
En Los Ángeles, su base actual y donde escribe sus guiones en inglés, es donde las actrices —como hacen otras con Woody Allen— se pelean para trabajar con el bogotano García. Una que espera turno es América Ferrera, la Betty la fea gringa. De esta corte de fans hacen parte Glenn Close, Sissy Spacek, Elpidia Carrillo, Naomi Watts, Annette Benning, Kerry Washington. A todas las tienta interpretar historias insólitas y dejarse respirar en la nuca por el talento y el talante de García, quien confía en ellas. «No llegan al set a improvisar », advierte él.

Ahora, si entre sastres no se cobran las costuras, entre guionistas se leen sus textos. De esta cofradía, además de García Barcha, forman parte Guillermo del Toro, Alejandro González Iñárritu y Carlos Cuaron. El rolo-chilango está en las grandes ligas cinematográficas. Películas como la que estrenó en Bogotá no desvelan a los norteamericanos. Prefieren otras más prosaicas, tipo Rambo. En todo caso, cintas menos intimistas, menos psicológicas, menos exigentes, menos perturbadoras, sin sutiles diálogos que pongan a pensar pensamientos. Los desvelan filmes que cuesten millones de dólares que rindan jugosos dividendos. Primero hay que rendirle pleitesía al becerro de oro que encarna Wall Street. Pero el oficio es el oficio y mi cachaquito a veces saca plata de su trabajo en televisión (canal HBO; ahora proyecta hacer trabajos para Internet) con el fin de financiar las películas que tienen su guión y su dirección. Antes que llenar las salas haciendo concesiones a su trabajo, algo que no figura en su libreto, prefiere elogios como el de The New York Times, que le auguró un Oscar por Las cosas que diría con sólo mirarla.

Abrió plaza (año 2000) con Cosas que diría (premio Certain Regard en Cannes), siguió con Diez pequeñas historias de amor y Nueve vidas (premio Sundance). Tuvo un enriquecedor fracaso con Passengers.

Durante su visita de médico a su ciudad, un deslumbrado cronista de televisión lo graduó como «el mejor cineasta de Macondo ». García, mamador de gallo insigne, se declaró «sacudido» con la hipérbole y confesó, con ironía —una de sus armas— que tardaría dos días en asimilar el piropo.

Varias veces premiado por su trabajo en televisión y cine, García Barcha cortando oreja en Hollywood es César Rincón saliendo en hombros de la madrileña Plaza de las Ventas. Que vuelva por estos pagos.


Mercedes Barcha con su hijo, Rodrigo.
Fotografía de Hernán Díaz, cortesía de Rafael Moure